De nuevo, un domingo de Ramos más, asisto a una Pasión de Bach. La vida me concedió una prórroga el año pasado cuando estaba a punto de entrar a la sala donde se representaba la Pasión según San Juan en el día de mi cumpleaños, también domingo de Ramos y aniversario del día más emocionante de mi vida hace ya 29 años (¡parece mentira cuánto duele aún al recordarlo!). Me dio una prórroga la vida, decía, porque acabé en el hospital en vez de en el Teatro, y salí de allí con cuatro muelles de más y la promesa de que nada sería ya igual; nadie sabía hasta qué punto sonaban vacías esas palabras en mi corazón, nunca mejor dicho. Cansancio extremo, rehabilitación, precauciones con la dieta, nada del otro mundo en realidad… Me negué a seguir levantando y soltando pesas como si fuese un sísifo moderno que no tiene culpa ninguna. Me siento igual que antes del pequeño gran susto, y sigo aguardando la muerte, que espero me visite con todos mis seres queridos en paz y en estado de revista. En cuanto a mí, hace ya tiempo que no me asusta nada la visita de esa vieja señora, y como aún no ha venido a acompañarme aproveché hoy, un año después, para acudir a la Pasión según San Mateo, esta vez con Gonzalo.
Siempre me pasa: en cuanto empiezo a escuchar esta obra sublime me convierto en creyente por unas horas. Lamentablemente, ya se me está pasando el efecto, pero cuánto comprende uno la unción de los hijos de la Reforma, su confianza en la redención de todos los pecados y en la Salvación, así con mayúsculas, por no hablar de la resurrección de los muertos.
Yo a estas alturas del día, una vez vuelto a mí antiguo y escéptico ser, sé que no tengo nada de lo que salvarme, pero no estaría mal dejar de transitar este valle de lágrimas, o al menos encontrar algún sentido a los días que aún me quedan, que no sé si serán muchos o pocos, pero sí se antojan sin sustancia desde que desapareció la dicha.
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