Hacia tiempo que no me emocionaba tanto leyendo un pasaje de un libro como con el relato de la muerte de la mastina Mora en uno de los diarios de Andrés Trapiello, Apenas sensitivo. Hay un poso de dignidad en la muerte de un perro que muy raramente está presente cuando se trata de una persona. Somos muchos los lectores de la Odisea que nos estremecemos con el breve pasaje en que aparece Argos, el perro cazador de Odiseo, que lo reconoce después de veinte años de ausencia agitando levemente su cola para inmediatamente entregar su alma. Porque sí, los perros tienen alma, y quien diga lo contrario nunca se ha sumergido en su mirada profunda.
Mora iba a nuestro lado, no se despegaba de mí, y levantaba su cabeza para mirarme. Si me preguntaran, juraría sobre la Biblia que el animal sabía perfectamente todo cuanto estaba sucediendo. Llegamos al pie del árbol. Allí, apoyados en el tronco, estaban los azadones, y entonces, sin que nadie le dijera nada, la perra buscó el hoyo y se tendió a su lado, como acostumbrada, como si ya hubiese ensayado su propia muerte otras veces, mantuvo un momento la cabeza erguida y finalmente la acostó sobre la tierra, como si se dispusiese a dormir.

