
Redacto estos apuntes directamente en el ordenador, más por pereza que por otra cosa. Fuera el agua cae con rabia, golpeando el techo del patio como si estuviera llamando para entrar en casa, en esta casa nueva que es ahora mi refugio y mi prisión, penumbra entreabierta a ese mundo amable, incierto y cruel, insensible al paso trémulo de las ilusiones perdidas.
Hay dos tipos de personas: las que hablan mucho de sí mismas y las que escuchan a las que hablan mucho de sí mismas.
Madame Monet sostiene el parasol envuelta en la ventisca imaginada por su esposo, mientras su hijo emerge del verdor como un querubín de mejillas sonrosadas. Posan ambos para la gloria postrera de museos congelados en su asepsia, construidos con millones de monedas de oro, incapaces de conservar el arte enterrado en el jardín de Giverny.
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Resulta extraño y en cierto modo inquietante conocer en persona a aquéllos a los que se ha leído, y con los que únicamente se ha mantenido un breve contacto epistolar.
Imagen superior: Claude Monet. Mujer con sombrilla. 1875

