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sábado, 24 de enero de 2015

Otoño en la añoranza

Pour moi l'automne n'a jamais été une saison triste. Les feuilles mortes et les jours de plus en plus courts ne m'ont jamais évoqué la fin de quelque chose mais plutôt une attente de l'avenir [...] Je n'ai pas le cafard à cette heure-là, ni le sentiment de la fuite du temps. J'ai l'impression que tout est possible. L'année commence au mois d'octobre.
Patrick Modiano: Dans le café de la jeunesse perdue

Eso es también para mí el otoño, un oasis de vida entre la molicie tórrida y aplastante del verano y la gélida parálisis del invierno, terribles ambos, cada uno a su manera. Me gustaría habitar por siempre en el otoño, como el pájaro que nace, para sentirme inmortal y mirar al cielo con descaro, para vivir en un futuro tallado a mi medida.

domingo, 23 de noviembre de 2014

Cosecha de otoño



No se ha dado mal la cosecha esta mañana. Gallipiernos enormes, chantarelas y algún que otro pinatel. Los niños han disfrutado a lo grande por el bosque, enarbolando sus pequeñas navajas para cortar las setas por el pie. El olor intenso a tierra y a humedad, a suelo primigenio; las hojas mullidas crujiendo bajo las botas, los gritos entusiasmados de los chiquillos al divisar un parasol lejano en la pradera al otro lado de la cerca. Las pequeñas gotas resbalando por nuestras capuchas; la felicidad de una mañana de noviembre que ya es vieja, y que vengo a retratar en la distancia de la capital para que nunca se me olvide, con la esperanza de que alguno de sus pequeños protagonistas pueda volver a ella en el futuro.

domingo, 28 de septiembre de 2014

La vieja Castilla de Gaziel



Agustí Calvet Pascual, más conocido como Gaziel, emprende un viaje por tierras castellanas en mayo de 1953, y en 1962 publica en catalán la crónica Castella endins, traducida al español como Castilla adentro, maravilloso testimonio de un mundo del que seis decenios después no quedan ni las cenizas. Dejo aparte expresamente el penetrante prólogo, de plena actualidad, en el que el autor expone con clarividencia sus ideas sobre la historia de Cataluña y sus pretensiones autonómicas, y me centro en la prosa de este periodista y escritor nacido en San Feliú de Guixols, catalán como el que más, español como el que más, que desentraña el alma milenaria de los tipos humanos y los viejos paisajes castellanos con una maestría que ya nadie tiene, porque entre otras cosas resultaría anacrónica. La obra de Gaziel tiene el sabor de Julio Camba, la inteligencia de Chaves Nogales y yo diría que el arte del mejor Azorín, llevándonos de la mano en unos itinerarios que no tienen nada de especial, salvo que están habitados por seres antiquísimos, hechos de la misma tierra pobre en la que han malvivido durante innúmeras generaciones, por caminos y carreteras en las que los escasos vehículos a motor traquetean solitarios entre arrieros y caminantes, en un mundo perdido hoy irremisiblemente, tan rápido que da vértigo mirar hacia atrás, y no digo ya vislumbrar el futuro. Un libro imprescindible, en mi modesta opinión.

domingo, 25 de agosto de 2013

Nostalgias alajeñas



Esta noche al fin llegó el frescor. Llevamos unas semanas de calima; no como en Sevilla, claro, aquí se duerme, y a eso de las diez se levanta un viento fuerte desde la Peña, pero hoy por la mañana al despertar nos ha llegado esa sensación inconfundible del verano que se acaba, y hasta se veía el campanario a través de un aire más transparente, engalanado ya para los Ángeles, para recibir a la Reina desde la contigua ermita, cuando se asomará por la escarpada hacia el valle saludando al pueblo, como todos los años desde tiempo inmemorial. En estos lugares apartados se siente el paso de las estaciones, y aunque las bestias ya no cruzan apenas las calles aún persiste el empedrado de cantos rodados, y las anillas empotradas en las fachadas recién encaladas para las fiestas, aún más este año, en que la Reina de los Ángeles bajó al pueblo no en rogativa, que gracias a Dios hace tiempo que no hay sequía, sino para no perder la costumbre y convertir esa visita esporádica en una fiesta, y hacer que venga el cardenal a predicar, que aunque no hay profundidad en las creencias tampoco la ha habido nunca, y se mantiene el sentimiento religioso intemporal, el rito como elemento aglutinador de un pueblo, como seña cultural que los distingue y les hace sentir orgullosos de ser hijos de Alájar.

Ha llegado el frecor, sí, y el pueblo está también más silencioso, son muchos los que fueron anoche a la aldea de los Madroñeros, ésa que no tomaron los franceses, a rezar el rosario a la Virgen de la Salud. Desde hace pocos años se puede ir en coche por un carril, pero hasta hace nada la media legua que separa el pueblo de la aldea había que recorrerla a pie, o a lomos de cabalgadura, y los pocos mayores que quedan en el pueblo hijos de la aldea, como Amalia, cuentan cómo iban y venían todos los días de la aldea a la escuela, con lluvia o sin ella, y andaban siempre contentos, y las pocas familias que vivían allí lo compartían todo, y no tienen recuerdos malos de aquellos años de miseria, sino todo lo contrario.

Ha llegado el frescor, y se anuncia también la vuelta a la ciudad, a la vida artificial que hemos creado lejos de la naturaleza y de la esencia del hombre, donde lo que importa es justo lo que aquí no tiene importancia, aunque reconozco que esta visión está teñida de nostalgia anticipada, la misma que cantaba el poeta Montesinos:
¿Inventaría yo Alájar,
con sus calles, con su torre,
con su Peña y con su plaza?
 
Ay tiempos que yo viví,
cuando mi tiempo se acaba
Alájar me inventa a mí

domingo, 30 de enero de 2011

La bohème de Charles Aznavour


Para terminar este fin de semana entre bohemio y nostálgico, para matar dulcemente el domingo, nada mejor que escuchar la voz evocadora de Charles Aznavour cantando a la bohemia, esa forma de vida a la que puso nombre Henri Murger justo en la mitad del siglo XIX, y que llenó el barrio parisino de Montmartre de pintores, de músicos, de poetas alucinados, con tanto talento como pobreza. Seguramente esos años no fueron tan hermosos como los narra el cantante desde la lejanía, la miseria nunca lo es, pero sí es hermoso el recuerdo, que al fin es lo que cuenta.

viernes, 28 de mayo de 2010

Flor de jacaranda


Las jacarandas, o jacarandás, son unos árboles sorprendentes. No resultan especialmente vistosos, y durante el invierno su tronco y sus ramas desnudas no tienen el porte suficiente como para llamar nuestra atención. Sin embargo, cuando llega el mes de mayo es imposible no darse cuenta de su presencia. Sus ramas se visten de un hermoso color morado claro, delicado y aristocrático, que cambia el árbol por completo y lo convierte durante más de un mes en el centro de la atención de los paseantes sensibles a la belleza.

En Sevilla hay muchas jacarandas, seguramente desde la época del descubrimiento de América, de donde es originario este árbol. Cuando yo era pequeño iba a esperar el autobús del colegio junto a mis hermanos, y la parada estaba justo debajo de un magnífico ejemplar. Recuerdo que fabricábamos espadas con las ramitas de sus primeros brotes verdes, y los duelos eran sin cuartel. El que conseguía la espada más gruesa ya tenía mucho ganado. El suelo estaba completamente cubierto por sus flores, que aplastábamos entre el índice y el pulgar para extraer un líquido blancuzco. Era lo más parecido a ordeñar una flor. Han pasado muchos años, quizá demasiados, pero cuando veo una jacaranda en flor me acuerdo inmediatamente de esa parada de autobús, junto al muro de San Juan de Dios.

lloraba flores
aquella jacaranda
de mi niñez

martes, 30 de marzo de 2010

Divagaciones de un Lunes Santo en Alájar

Lunes Santo, 1:15 P.M. Escribo en mi mesa en Alájar frente al ventanal desde donde se divisa en lo alto del promontorio la espadaña-campanario de la Peña de Arias Montano, apenas a 500 metros a vuelo de pájaro. A la izquierda un pino gigantesco domina el paisaje desde su atalaya calcárea, como lo son las cuevas un poco más abajo donde habitaban los hombres prehistóricos. La lluvia cae a chorros, y la niebla empieza a envolver la montaña misteriosa. ¡Cuánta belleza encierra la naturaleza! ¡Cuánta magia y fascinación! La vida es esto, y no las avenidas atestadas de coches, de gente y de humo. Dios creó la tierra, no el asfalto, y allí es donde él ha de volver, a la tierra dura en verano y esponjosa en invierno, madre de la vida como lo es el agua. Lluvia del cielo y tierra en el suelo, ¡qué más se puede pedir!

Ahora miro hacia abajo, al teclado de mi portátil, de mi notebook, para conectarme a Internet y buscar artículos de marketing para seguir trabajando en los currículos. El contraste es tan grande que por unos instantes quedo abrumado ante la tarea titánica, pero la contemplación de la gran montaña donde habitan fuerzas telúricas ha regenerado mi espíritu, aunque sea para dedicarlo a tareas tan prosaicas. A las 1:23 P.M. vuelvo a la rutina odiada pero necesaria.

martes, 5 de enero de 2010

Reyes Magos encabalgados


Aquellos Reyes Magos de mi infancia
pintaban de emoción las vacaciones
de Navidad, vendían ilusiones
hoy perdidas, envueltas en fragancia

a dulces caramelos, a distancia
lejana, a camellos y turrones
de guirlache, niños dormilones
pasándose la noche en vigilancia.

Los Reyes que ahora vienen van con prisas.
No caben sus juguetes en la casa
y acaban por morir de cualquier modo

llevándose consigo vuestras risas
y haciéndome entender lo que me pasa:

¡Ya no soy niño, y lo he perdido todo!

jueves, 9 de abril de 2009

Nostalgia playera


Hoy podría hablar del Jueves Santo en Sevilla, de las pocas veces que he visto salir Pasión del Salvador, o de esas madrugás de fríos, hileras de adolescentes cogidos de la mano, olor a Macarena y a Trianera, silencio abrumador al paso del Calvario, respeto y unción al paso del Silencio. Pero no soy yo quién para hablar de esas cosas, no son muchas mis madrugás, ni grandes mis sentimientos. No faltan quienes glosan esos momentos, algunos con magisterio, como el amigo Juan Antonio González Romano, al que acabo de leer y a quien debo esta introducción. No, yo pertenezco a esa estirpe de sevillanos que no sienten la Semana Grande como es debido, que cuando llegan estas fechas señaladas salen a la calle de vez en cuando, ven pasar los nazarenos, andan detrás de alguna virgen, ciertamente se emocionan a los sones de la Amargura, pero, todo hay que decirlo, se aburren un poco y no soportan esas bullas de empujones y esperas interminables, de chaquetas azules recién estrenadas que con el paso de los años pierden su olor a cielo azul y calor de Domingo de Ramos, y acaban por permanecer en el armario mientras que otros amigos ávidos de incienso se deben comprar una nueva, gastada como está la primera por noches de relente bajo la luna mágica sevillana.

Muy pronto, recién estrenada nuestra mayoría de edad, algunos amigos dejábamos alegres la ciudad cuando llegaba el Jueves Santo, si no antes. Tengo la fortuna de conservarlos, cierto que se cuentan con los dedos de una mano, pero como son amigos de verdad no necesito más. Recuerdo bien nuestra llegada a la playa, en Rota o en Matalascañas. No era la misma playa del verano, sino otra muy distinta, como recién estrenada, poblada de grupitos de jóvenes que, como nosotros, habían escapado del bullicio y, lo que es mejor, de casa de sus padres. Entonces no era como ahora: los grupos eran bien de chicos o de chicas, pocas veces mezclados. Entre risas, chistes y alguna que otra barbaridad mirábamos de reojo a las otras pandillas, y nos fijábamos en alguien, puede que la amiga de la hermana de uno de nosotros, pero no nos atrevíamos a acercarnos, al menos yo. Seguramente la de entonces no era la mejor educación, en colegios de niños y de niñas, que sólo en COU se unían en una clase, disparando hormonas y levantando revuelos, pero ahora al recordarlo siento un pellizco en el estómago, una especie de recuerdo, nostalgia o evocación entre dulce y nerviosa, que me lleva a mis dieciocho años, ciertamente menos plenos que los que ahora tengo, y también más inciertos, pero a cambio incomparablemente más emocionantes.

La luz de marzo
adormece las olas.
Miro tus ojos.

sábado, 4 de abril de 2009

Viajando en el tiempo


El pasado es algo que me ha fascinado siempre, cuanto más remoto mejor. Más de una vez me he preguntado cómo sería el territorio que ahora piso y a qué se dedicarían los seres que lo poblaban hace cien, quinientos, mil o cinco mil años. Cuanto más me alejo en el tiempo más me parece ver brumas mágicas, y mi imaginación se dispara. Cuando estoy en mi pequeño refugio serrano de Alájar me cuentan los viejos del lugar que en su juventud el único contacto que tenían con la civilización era el arriero que llegaba una vez por semana y traía noticias frescas, y no hace falta que me digan más para ver a esos hombres en sus años mozos conversando, sudorosos tras una larga jornada de viaje por caminos de herradura. Otro vecino me dijo en una ocasión que al llegar los franceses a principios del XIX ocuparon el pueblo pero no pudieron dar con la aldea de Los Madroñeros, oculta como está en lo más profundo de un valle. Cada vez que paseo hoy hasta allí mi mente hace un viaje de doscientos años en el tiempo y cabalga junto a un destacamento gabacho entre encinas centenarias, sin dar con las mismas calles empedradas que he recorrido tantas veces. Mis ensoñaciones suelen viajar más lejos, al siglo XVI, y veo nítidamente a Benito Arias Montano recluido en la peña asomándose por su ventana, que yo diviso desde la mía, al mismo paisaje que yo contemplo ahora, pero mucho más silencioso, mucho más remoto e inaccesible.

Saliendo de los límites de mi entorno mi divagación es más ensoñadora si cabe, y suelo pensar con frecuencia en cómo sería el territorio de la península ibérica cuando desembarcaron los cartagineses y empezaron a cerrar alianzas con los pueblos iberos y celtas, cómo serían esos poblados, cómo vestirían los interlocutores de Aníbal y de los Escipiones, cuántos otros pueblos habría allí cerca que ni siquiera establecieron contacto con púnicos ni romanos, viviendo en el corazón de las serranías, anclados en la edad de piedra. ¿Y cómo serían los antepasados de esos pueblos primigenios? ¿En qué pensarían, a quién adorarían? Dicen que todavía en época romana había tribus dispersas de neanderthales viviendo en cuevas remotas. ¿Podrían hablar? Y si es así, ¿qué tendrían que decir a sus parientes cromagnones? ¿No serían más sabios que nosotros? ¿No tendrían el secreto de la vida, y se lo llevaron consigo para siempre tras su exterminio?

Y si viajáramos todavía más lejos en el tiempo, nos remontáramos generaciones innúmeras, ¿dónde llegaríamos? ¿Conoceríamos el eslabón perdido? ¿Llegaríamos a Adán y Eva? ¿Presenciaríamos el crimen de Caín, o simplemente iríamos teniendo cada vez más pelo, nuestros rasgos se harían simiescos y acabaríamos subiendo a un árbol para no volver a bajar?

Y ahora viene la gran pregunta que inevitablemente me hago cuando el viaje llega a su fin:

¿Llegaríamos hasta Dios o caeríamos en el agujero negro previo al big bang?

Nota: La imagen es mía, de la aldea de Los Madroñeros. Repite en mi blog.

domingo, 1 de febrero de 2009

Oscuridad


La oscuridad se ha perdido
en la noche de los tiempos

En uno de mis periplos por Internet me encontré ayer con una hermosa entrada de Antonio Javier Sánchez Risueño sobre los lugares perdidos por el hombre, como la soledad, el silencio y el tiempo. Y se me vino a la cabeza que la oscuridad es otro lugar perdido, acaso para siempre. Me acordé del año que estuve viviendo en Alájar, un pueblecito de la sierra de Huelva donde la noche aún es noche, y sus habitantes son dueños de su tiempo. Cuando volví a la ciudad eché de menos esa falta de luz, ese silencio nocturno y el canto del gallo al amanecer.

No me extraña que Arias Montano eligiera esos andurriales para su retiro. La corte de Felipe II debía de ser demasiado ruidosa para un erudito como él.

domingo, 16 de noviembre de 2008

La aldea perdida

Está en la sierra de Huelva, en Alájar. Perdida entre colinas, no se divisa hasta que el camino llega a su final. Dice la leyenda que no la tomaron los franceses; la buscaron pero no dieron con ella. En tiempos de la emigración sus habitantes la abandonaron, pero aún resuenan sus ecos en las callejuelas empedradas. Amalia me cuenta que iba todos los días a la escuela andando por ese camino, con lluvia y frío, pero no le importaba. El pueblito era una gran familia, y cuando sólo había un huevo que comer los niños se turnaban para mojar el pan en la yema, y después jugaban y reían. Los hijos y nietos tienen ahora todoterrenos en los que se puede llegar por un carril que han abierto. Algunos han vuelto y arreglan sus casas para pasar los fines de semana, pero la vida de antes ha desaparecido. Sólo en agosto, cuando la Virgen de la Salud, la aldea recupera en parte la alegría de las fiestas de antaño, y los niños que la dejaron sienten nostalgia y recuerdan tiempos más pobres pero quizás más felices, o a lo mejor es que el tiempo borra las desgracias y hace que sólo recordemos los buenos momentos. Cuando camino hasta allí o contemplo esta foto me da la impresión de que el tiempo se ha detenido en Los Madroñeros.