¡Qué misterioso encanto el de las fotos que nos llegan del pasado! Es como si cobraran forma las sombras del siglo XIX, cuando aún no existían imágenes, ni máquinas, ni ferrocarriles, ni asfalto en los caminos. Ésta que muestro es del año 1840, uno de los primeros daguerrotipos que se conservan en el estado de Baviera. La ocasión conmemorada, el cumpleaños del compositor y organista bávaro Max Keller, que posa con su esposa en el centro de la imagen. Detrás aparecen miembros de su servicio doméstico y de su familia, como muertos antiguos transportados al siglo XXI por el milagro de una técnica entonces rudimentaria. Pero quien atrae poderosamente la atención es la mujer de la primera fila a la izquierda, con el cabello oscuro severamente partido y expresión ausente. Dicen, y quiero creer que así es, que se trata de una antigua amiga austriaca de la familia llamada Constanze, Weber de soltera, que solía visitar con frecuencia Altötting, donde fue tomada la imagen. Constanze estaba viuda de su primer marido, al que dio seis hijos, desde hacía ya medio siglo. Nada fuera de lo normal, salvo que ese primer marido al que sobrevivió tanto en el tiempo se llamaba Wofgang Amadeus Mozart. El rostro palpable de esa mujer contempló y besó al genio, y el velo del tiempo se descorre para enseñárnoslo.
Gracias al entusiasmo y al intenso trabajo de mi compañero y amigo Pepe Galeote, un grupo de más de cien alumnos de bachillerato de mi centro, el Instituto Cristóbal de Monroy de Alcalá de Guadaíra, ha podido vivir una experiencia artística de primera magnitud en torno al estreno de la ópera Dr. Atomic, de John Adams, yo diría que bastante más enriquecedora que la de cualquier asistente a una de las funciones.
El "primer acto" de esta inolvidable función arrancó hace justo un año, cuando Pedro Halffter, director artístico del Teatro de la Maestranza, acudió a nuestro centro gracias a las gestiones del profesor Galeote, y en el salón de actos encandiló al respetable (sobre todo a "las" respetables) con una conferencia acompañada de demostraciones al piano. Los chavales no salían de su asombro, e incluso uno subió al escenario para tomar la batuta de manos del maestro y proceder a dirigirle, con escaso éxito por cierto. Al final el maestro, que también quedó encantado con la respuesta de los alumnos, prometió llevarlos a la ópera a una de las funciones de la próxima temporada. El título elegido fue nada menos que uno del siglo XXI, la ya citada Dr. Atomic, un reto para la orquesta, los cantantes, la escena y, no hay que olvidarlo, especialmente para los oyentes, cuyo oído está habituado a las armonías de Verdi y Puccini, pero no a disonancias ni a conflictos éticos en lugar de los consabidos enredos de alcoba. El maestro sabía lo que hacía, pues los oídos de la gran mayoría de nuestros alumnos estaban "vírgenes" en este tipo de música, y por tanto libres de prejuicios.
El "segundo acto" fue hace dos semanas, en que se organizó una mesa redonda en el instituto donde intervinimos profesores de distintas áreas, aportando diversas perspectivas a la ópera. Aparte de la imprescindible visión musical aportada por la profesora María José, fue muy instructiva la presentación de los profesores de física, Cristina y Jesús, explicando los fundamentos teóricos de la bomba en una serie de transparencias que "hasta los de letras" entendieron a la perfección. El apartado histórico corrió a cargo de Fernando, que explicó el contexto en que se desarrolló el proyecto Manhattan, al final del cual los alemanes ya se habían rendido pero quedaba el peligro japonés. Al final de su intervención hizo esta inquietante pregunta a los alumnos: "Si vosotros hubierais estado en el lugar de Truman, ¿habríais dado la orden de tirar la bomba?". A continuación otro compañero de historia, Pablo, nos hizo disfrutar refiriendo la anécdota del "incidente", por así llamarle, de Palomares, evocando las impagables imágenes del Sr. Fraga bañándose con su flamante Meyba en compañía del más atlético embajador americano. Manuel, nuestro compañero de Lengua, nos abrió los ojos ante la riqueza literaria de la ópera, donde desfilan poetas como Donne o Baudelaire, además de fragmentos del Bhagavad-guitá, no en vano Oppenheimer, padre de la bomba y personaje principal de la ópera, era un hombre cultísimo y políglota, que llegó a aprender sánscrito para leer el poema hindú en su texto original. Otra intervención muy interesante fue la de Antonio, profesor de clásicas, que nos ilustró sobre los orígenes griegos del átomo y la energía atómica. No sé quién aprendía más, si los alumnos o los profesores que allí estábamos. Un servidor, por su parte, hizo de malo de la película, y defendió el proyecto Manhattan con fríos argumentos económicos basados en el coste de oportunidad. En mi poco humilde opinión la bomba salvó millones de vidas humanas, por no hablar de los aspectos materiales, y la tecnología se habría culminado antes o después, incluso con más peligro. Al final de la intervención de los profesores se inició un acalorado debate con los alumnos, y he de decir para mi satisfacción que una mayoría estaba de acuerdo con mi tesis (como muchos no me conocían de nombre, se refirieron a mí como "el maestro que ha defendido la bomba", título del que no sé si sentirme orgulloso).
Y pasamos al tercer y cuarto actos, ya en el teatro la semana pasada, en el preestreno, fuimos los únicos autorizados a entrar (¡gracias, maestro Halffter!). Después de todo el trabajo realizado estábamos en condiciones de disfrutar de una partitura magnífica, como también fue espléndido el trabajo de la Sinfónica de Sevilla dirigida en el foso por Halffter. La puesta en escena, importada de una producción de Karlsruhe, fue especialmente brillante en el primer acto, con un juego de luces y escenas por detrás de un velo de tul situado en la boca del escenario y sobre el que se proyectaban diversas imágenes de dibujos y textos originales desclasificados sobre la bomba. A mi juicio en el segundo acto el desarrollo escénico fue demasiado monótono, condicionado sin duda por lo onírico y simbolista del libreto. Los cantantes, no obstante, rayaron a gran altura, especialmente el barítono protagonista, que interpretaba a Oppenheimer, y la mezzo que hacía de Pascualina, con un hermoso color de voz de contralto. Tuve la suerte de ver el primer acto desde la primera fila del patio de butacas, "camuflado" entre un grupo de chavales, y en el aria final Oppenheimer salió del escenario, avanzó hasta nosotros, se detuvo justo delante mía y, milagrosamente, desgranó esa maravilllosa música con texto del poeta John Donne (aquí, mi traducción). No tengo el vídeo de la función, pero sirva de muestra éste de otra distinta.
En resumen, una experiencia inolvidable para todos, y que la generosidad del maestro Halffter promete que se repita en el futuro. ¡Gracias maestro! ¡Gracias, Pepe!
El aria Je crois entendre encore, de la ópera Les Pecheurs de Perles de Bizet, tiene una extraña cualidad: quien la escucha se ve invadido por una especie de dulzura que se va transformando en unas lágrimas que pugnan por salir al exterior a medida que avanza su interpretación. Pocas páginas tan hermosas se han escrito, y a la vez tan difíciles de cantar. Todo lo hermoso es difícil. Kraus lo hacía fácil. Se le perdona que equivocara la letra al principio, ¿quién le da importancia ante una interpretación de una belleza sobrehumana? Lo único que no se entiende es la frialdad del aplauso final. Seguramente el público estaría narcotizado.
¡Quién pudiera haber escuchado a Gayarre! ¡Quién pudiera haber aplaudido a este Alfredo Kraus de 40 años!
El canto de Caruso nos llega a través del tiempo, a ciento once años de distancia. La voz es el atributo humano que más ha tardado en registrarse para la posteridad. ¿Cómo sonarían los discursos de Demóstenes, o las famosas catilinarias de Cicerón, por no hablar de las arengas de Alejandro, o de César, o de Napoleón. ¿Cómo sonarían en su castellano antiguo Isabel y Fernando? ¿Y qué voz tendría Quevedo recitando esos versos que eran puñales? Conocemos bien el rostro de Van Gogh, sus autorretratos seguro que no nos mienten, pero... ¿cómo eran las pocas palabras que pronunciaba a lo largo del día? ¿Cuál era la voz del genio al conversar con Gauguin? ¿Y qué decir de Farinelli, que llegó a la corte para quitar sus murrias al primer borbón de las españas? Todos los que le oyeron dicen que era un ángel, una voz inigualable, el miembro más perfecto de la extinta raza de los castrati, pero su voz murió con él, y hoy no podemos sino imaginarla.
Gracias a la técnica, aunque rudimentaria, nos podemos hacer una idea de cómo cantaba el gran Caruso cuando rozaba los treinta años y su voz era aún fresca. Un Turidu inigualable, con el sabor de otra época. ¿Qué dirían al salir de la ópera los que escucharon a Caruso dirigido por el maestro Mascagni? ¿Llorarían de emoción? ¿Y cómo sonarían esas lágrimas? Todo se lo ha llevado el viento menos la voz grabada del divo, que nos tiende un puente maravilloso hacia el pasado.
Y si el otro día hablábamos del tío Gregorio el Borrico hoy quiero traer a su hija María, que desde que nació ya tenía el apodo más que cantado. Flamenca y gitana por los cuatro costados, demuestra en esta grabación que no hace falta tener unas facultades portentosas para cantar flamenco y poner los pelos de punta. Arte, compás, tradición, pureza, ahí queda ese cante por soleares, que impresiona por lo hondo, cante primitivo, esencia de un pueblo errante. Y qué jechuras las de María, y las del niño Jero, que le acompaña a la guitarra, y otra leyenda gitana entonces joven, José el de la Tomasa, genealogía viva del flamenco, haciendo de palmero de lujo. También están en el cuadro dos payos de excepción: la guitarrra muda de Manolo Franco dejando hablar a la del niño Jero, más curtida en estos envites, no en vano se templó acompañando al tío Borrico por las ventas jerezanas, y el añorado Chano Lobato, que se crió entre flamencos de Cádiz, payos y gitanos. Lo suyo eran las alegrías y los tangos, pero al oír a María por soleares no puede aguantarse de emoción.
No sé dónde estás ahora, María, si has acompañado ya al Borrico a cantar por celestiales, pero si aún estás con nosotros quisiera asistir a una fiesta con los tuyos, invisible, para dejaros cantar a gusto y enterarme por fin del misterio del compás de una soleá.
Hubo un tiempo en que los flamencos se ganaban la vida no en festivales ni en bienales, sino cantando en las fiestas de los señores, y así podían dar de comer a todo su clan, y aún estaban agradecidos de las migajas que se les echaban, pero ellos a su vez no daban más que unas migajas de su arte, porque la esencia la regalaban en sus fiestas y bautizos, sin cobrar, cantando con el corazón y no por obligación, como decía el tío Gregorio, el Borrico de Jerez, de apodo contundente —¡qué borrico!, le dijeron una vez de joven al oír su rajo y potencia de voz—, padre de María la Burra, estirpe flamenca, gitana y pura, ¿o acaso no es lo mismo? Tiempos pasados de miseria y penurias, este hombre llevaba escrita su biografía en el rostro.
P.S. Por cierto que encuentro un más que razonable parecido entre nuestro personaje y cierto Lord inglés coetáneo suyo:
Salvado el barniz de la British Education, clavaítos. Hermanados, además, por la tendencia a izar la articulación húmero-cubital.
Un puñado de músicos en Tokio, japoneses casi todos; no hace falta más para mostrar la grandeza del legado de Bach. La súplica desnuda, intemporal —Herr, unser Herrscher—, trasciende razas y religiones y se adentra en los sentimientos del ser humano, ahonda en su desamparo ante la grandeza de lo desconocido. Empequeñecidos por los pentagramas del maestro no nos queda sino aceptar con humildad nuestro destino, despojarnos de toda vanidad y disponernos a aprender de nuestros dones.
Ich will bei meinem Jesu wachen
Quiero velar junto a mi Jesús.
Pocas veces un divo de la ópera presta su voz a la música de Bach, y menos con el resultado del tan llorado Fritz Wunderlich. Para interpretar a Bach hay que cantar como quien respira, traspasando las notas directamente de la garganta al corazón, sin alardes, algo que muy pocos grandes tenores del siglo XX estaban en condiciones de hacer. Wunderlich sí, se desenvolvía maravillosamente en el terreno de Bach y en el repertorio de Mozart, y ya se acercaba al italiano para reinar en el olimpo del bel canto cuando la muerte le sorprendió a la edad de 35 años.
Suelo escuchar este aria cuando se acerca la Semana Santa y siempre consigue sumirme en un estado de melancolía placentera. Sus notas transmiten un mensaje de esperanza resignada, y quien sienta lo mismo que yo entenderá la paradoja.
Se tiene la idea de que Johann Sebastian Bach fue un hombre profundamente religioso, y que escribió su música en honor del Creador. Probablemente fue verdad lo primero, como todo ciudadano de la Alemania de su tiempo, donde la vida diaria era marcada por la doctrina luterana, calvinista o pietista, según la zona y los vaivenes de las corrientes en boga en cada momento. El hombre, como lacayo que fue de los señores e instituciones para los que trabajó, tuvo que adaptarse a lo que se le encomendaba, pero lo que de verdad le importaba era la Música, y gracias a esos encargos ésta encarnaba a Dios como ninguna otra: nunca antes ni después tanto talento fue puesto al servicio de la religión, y entonces se produjo el milagro: con su música Dios se hizo audible hasta para los más escépticos. Bach subió a por Él y lo bajó a la Tierra.
No exageramos al decir que el joven J.S. Bach recorrió en su adolescencia y juventud miles de kilómetros a pie en pos de su mayor e único sueño: la Música. Mientras que compañeros de precocidad como Händel, Mozart o Mendelssohn asombraron al mundo antes de cumplir los veinte años con obras de una madurez increíble, Bach se dedicaba a copiar obras de otros a la luz de una vela. Como dice su biógrafo Klaus Eidam, "A otros les desbordaban las ideas, a Bach sus ansias de saber".
Hubo un instrumento que llamó poderosamente la atención del joven Bach muy por encina del resto: el órgano, una maravilla de la técnica incluso para los cánones actuales. Ya en 1695, huérfano de padre y madre, se fue a vivir con su hermano mayor Johann Christoph, organista en Ohrdruf, y quedó fascinado por las posibilidades del instrumento, aunque tenía rigurosamente vedado el acceso a él. En años posteriores fue alternando sus múltiples cambios de residencia con viajes para visitar a los maestros del órgano, tanto constructores como intérpretes, y ello siempre a pie, dada su falta de medios. Es famosa la visita que hizo al maestro Dietrech Buxtehude desde Arnstadt hasta Lübeck, en una caminata de casi cuatrocientos kilómetros sólo de ida. Allí pasó unos meses con el gran organista y quiso ser su sucesor, pero el precio a pagar era la mano de su hija, y al igual que hizo Händel dos años antes declinó la oferta (por desgracia, no se ha conservado ningún retrato de la dama). Con nuestras nuevas tecnologías, no cuesta mucho soñar con lo que Bach escuchó en aquellos meses pasados con el anciano maestro, aunque no podamos sentir tan fácilmente los olores, las visiones y los sentimientos de aquella época tan distinta, de aquellos músicos singulares.
La música mal llamada "clásica" se somete hoy en día al corsé de la partitura que, si bien garantiza la fidelidad a la obra del compositor, resta importancia y, sobre todo, creatividad, al intérprete; por eso precisamente muchos prefieren el jazz. Pero eso no ha sido siempre sido así, y los grandes genios como Bach, Mozart y muchos otros han tenido también un talento excepcional para la improvisación, según cuentan los testimonios de la época. Hoy, en la música seria esto no se valora, lo que en mi opinión no sirve sino para enmascarar la mediocridad imperante, que empieza por los conservatorios y desanima a los más creativos. Alguna excepción sí que hay, y si no escuchen a la gran pianista venezolana Gabriela Montero, de formación irreprochablemente clásica, explotando su inigualable talento en estas improvisaciones sobre la melodía de "Cumpleaños feliz".
Ya dije en otra entrada que Juan Diego Flórez es el puto amo de los tenores ligeros. Ignoro si ha habido otro mejor en la historia, pero en la actualidad, y desde que hay registros grabados, sencillamente no tiene rival. Aquí lo vemos en el papel de Tonio, de La fille du regiment, en el famoso pasaje "Pour mon âme...", conocido como el aria de los nueve dos, y ante la locura del público el tío da un bis y emite en un momento dieciocho dos de pecho, esa nota temida por la mayoría de los tenores, que en el mejor de los casos alcanzan con un esfuerzo evidente (y aquí incluyo a Kraus), y que sin embargo el peruano la canta como quien respira, fluida, precisamente como debe sonar la música para que sea bella. Pero claro, a ver quién es el guapo que tiene su registro, su timbre, su don celestial...
Hay cantantes que pasan desapercibidos, talentos que prometen una carrera fulgurante pero después no gozan del total favor del público y se quedan en estrellas de segunda categoría, lejos de la fama de algunos colegas ilustres. Es el caso del tenor venezolano Aquiles Machado, alumno predilecto de Alfredo Kraus en su juventud, que recién ingresado en la cuarentena es dueño de una voz en sazón, con una belleza en el timbre que recuerda al mejor Björling, y no sólo comparte eso con el sueco legendario, sino también un físico que no le acompaña, y que quizá en estos tiempos de frivolidad le impide triunfar como debería. Escuchémosle en la famosa aria de la Bohème Che gelida manina, a ver qué voz se le puede igualar actualmente en este repertorio.
El dios de la guitarra que tocaba en su juventud esta bulería imposible ha muerto hoy. Llevaba años vagando por las calles de su Huelva natal con una guitarra de tres cuerdas, destruido por la heroína y, más cruel aún, por la esquizofrenia. Un genio roto, golpeado por la marginación secular de ese pueblo gitano que, quizá por eso, siente el flamenco como nadie. Apenas pudo dar unas gotas de lo mucho que atesoraba. Hubiera sido sin duda el más grande. Sólo queda agradecer tanto talento.
Impresionan las líneas que dedica Arturo Barea al barítono Titta Ruffo en la primera parte de su apasionante autobiografía La forja de un rebelde, de la que hablaré con detenimiento otro día:
Es un efecto tremendo oír cantar al lado de uno. Conforme
estoy sentado detrás del bastidor, los cantantes vienen a veces y desde allí
cantan lo que en el teatro llaman canciones internas. Los veo de abajo arriba,
con sus trajes de seda, cantando y mirando al director de orquesta a través de
una rendija en la decoración. La voz vibra de tal manera que se ven todas las
carnes del cantante bailotear y quedarse temblando en las notas agudas. Hay dos
excepciones: Titta Ruffo y Massini Pieralli. Cuando cantan no vibran ellos,
vibra todo lo que hay al lado de ellos. Vibro yo y si pongo una mano en la
madera de la armadura de la decoración, también la madera está vibrando. Les
sale y les entra el aire en el pecho como en un fuelle de fragua, y es sólo la
garganta lo que suena. Al lado de ellos, se les mira la boca y no se oye salir
de ella ningún sonido, pero después suena todo, así que se les ve articular las
palabras con los labios, con la lengua y con los dientes y quien las pronuncia
es el escenario, la decoración, los telares, la orquesta, el público, la sala,
el teatro todo, hasta la luz de la batería parece que suena. Esto lo llaman en
el teatro emisión de voz.
Y claro, después de una descripción así entran ganas de escuchar al dueño de la voz, algo que hoy en día es posible gracias al maravilloso invento de internet. Con ustedes, el gran Titta Ruffo canta el aria de Germont de La Traviata (Plácido Domingo anda ahora haciendo este papel de barítono en el Met, a sus 72 años), Di provenza il mar, il suol. La grabación es de 1907, aproximadamente la época en que Barea, un golfillo de Lavapiés, lo escuchaba entre bastidores. El director Tulio Serafin dijo que a lo largo de su carrera conoció grandes voces, pero sólo tres milagros: Caruso, Ruffo y Ponselle.
Y para rematar la entrada, una anécdota que cuenta Barea recordando a Ruffo y que habla de su sentido del humor, poco convencional para la época:
Cuando hay función regia a veces viene el rey a verlos y
entonces la rotonda se llena de policías que miran de mala manera a todo el
mundo y de militares en traje de gala que vienen detrás del rey. A Anselmi, como es muy elegante, le alegran mucho estas
visitas, pero a Titta Ruffo, que dicen fue carretero, le enfadan. Una noche
llegaron los policías y empezaron todos a decir: «¡Que viene el rey!». Echaron
a todo el mundo, menos a las coristas y a las visitas que eran duques o cosa
así y tenían sombrero de copa. Y todos se quedaron muy callados esperando la
llegada del rey. Conque, va Titta Ruffo y con el vozarrón que tiene y la
puerta del cuarto abierta empieza a cantar:
- ¡Mierda! ¡Miieerda! ¡Miieerda! ¡Mierdaaaa!
Nadie se atrevía a decirle nada y él venga a cantar todo lo
fuerte que podía. Al rey no le debió de gustar, porque después el comisario
regio que tiene el teatro le preguntó si no podía cantar otra cosa.
- Sabe usted -le dijo Titta Ruffo-, es una palabra que
va muy bien para ensayar la voz. Tiene el mi, el re y el la.
Y desde entonces, antes de salir a cantar llenaba de
«mierdas» todos los pasillos del Real. Cuantos más sombreros de copa había, más
«mierdas» soltaba.
Gracias a mi amigo Álex me he acordado hoy de hace dos veranos, cuando Alájar fue tomada por las huestes bollywoodienses que nos revolucionaron a todos con su colorido y sus fachas exóticas (aunque la convivencia con los hippies hace que no nos asusten las indumentarias más extrañas). Y quiero rescatar el vídeo de promoción de la película, en el que aparte del buen hacer del cuerpo de baile y lo pegadizo de la música... ¡Salen mis niños en el segundo 6''!, concretamente Ignacio y Jaime en primer plano con una camiseta a rayas azules. Se conoce que el meneo de cintura de Ignacio llamó la atención del cámara y hala, sin pedirme permiso ni na a mí, su manager, van y lo cuelgan en internet para que lo vea la India entera.
El otro día vi una película que llevaba tiempo buscando y que me perdí en su momento, Tous le matins du monde, y fui a ella en busca del sonido diríase que mítico de la viola da gamba. Algunas cosas me gustaron más y otras menos: el ambiente está muy bien recreado, especialmente la naturaleza semisalvaje en que vive Monsieur de Saint-Colombe, el maestro de un Marin Marais muy convincente, sobre todo en su versión de anciano, interpretada por el actor "ruso" Gerard Depardieu. Me resultaron especialmente insufribles algunas inevitables concesiones a la galería, como la caracterización de las hijas de Saint-Colombe, músico enigmático del que apenas se conoce nada, ni siquiera sus fechas de nacimiento y muerte, como unas ninfómanas que beben los vientos por el joven Marais. Pero, más que hablar de la película, vengo hoy a traer dos momentos, dos frases especialmente brillantes y evocadoras, que dejo en su idioma original porque se entienden bien, y así no pierden su fuerza. Una la pronuncia Marais en su lecho de muerte:
J'avais un maître. Les ombres l'ont pris.
Me conmueve hasta el tuétano esa añoranza del maestro perdido, de un maestro incomprendido por el mundo y que no abrió del todo los ojos del discípulo hasta que éste estuvo en su lecho de muerte.
La otra frase da título a la película, y habla muy bien del escritor Pascal Quignard, su autor:
Tous les matins du monde sont sans retour.
Y cuánta verdad expresan estas palabras, cuánta melancolía. Puedo sentir la luminosidad de una mañana de primavera, el aire fresco inundando mis pulmones, y mi carrera alborozada se hace más lenta, anunciándose primero con unas luces tenues, para acabar en un ocaso irremediable tras una jornada intensa de emociones. Eso, y no otra cosa, es la vida.
Sirva el retorno al blog de este vídeo como regalo retrasado de Reyes a mis lectores. En él se da una conjunción inigualable entre la belleza incomparable de la música y de la intérprete, una Anna Netrebko que más bien parece un ángel, un ser sobrenatural que una noche visitó San Petersburgo, cantó el vals de Musetta, recibió los aplausos incrédulos de músicos y espectadores y volvió a su reino inaccesible. Por fortuna, esta maravilla ha quedado congelada en el tiempo para el que quiera acercarse a disfrutarla. Aquí la guardaré para volver a ella mientras dure mi cuaderno.
Pocas cosas hay en el mundo tan inmutables como el Concierto de Año Nuevo, si acaso los saltos de esquí desde Garmisch. Desde los tiempos de Franco, los venerables músicos de la Filarmónica de Viena me acompañan en la primera mañana del nuevo año, inundando la casa de esencias austrohúngaras que nada tienen que ver con la realidad que viviré luego. Ya puede volverse el mundo del revés, que a las once y cuarto de la mañana estará como un clavo en el podio de la Musikverein el melenudo de turno -¿alguien ha visto alguna vez a un director de orquesta calvo?- empuñando la batuta frente a un plantel con una edad media de setenta años. Si acaso últimamente se ha visto algún japonés entre el público, o si uno se fija bien una mujer camuflada entre los segundos violines, pero la esencia se mantiene desde que asesinaron al archiduque Francisco (sospecho que el Concierto como institución nació tras el derrumbe del Imperio, como un modo de tenerlo presente). Y qué decir de las coreografías de los valses, los tutús, la recargada decoración del local, la aburrida voz del comentarista… todo ello contribuye a predisponer nuestro ánimo para el falso comienzo del Bello Danubio Azul, la consabida felicitación del año de toda la orquesta y, ahora sí, el vals inmortal en toda su plenitud, acompañado de las imágenes de la maravillosa naturaleza austriaca. Merece la pena empezar el año arrullado por el ritmo de tres por cuatro, por la perfección melódica de una de las páginas más hermosas de la historia de la música. Luego viene la marcha Radetzky, pero ya pertenece a otra división: ni siquiera enardece como debería hacerlo una marcha militar; si al escuchar a Wagner entran ganas de invadir Polonia, esta marcheta alegre parece más bien una broma, una invitación amable a una guerra de mentira (así llegaron los prusianos y pasó lo que pasó). De lo que no cabe duda es que, gracias a ORF y Eurovisión, al menos una mañana entre 365 el mundo parece más amable de lo que es.
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