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lunes, 22 de febrero de 2010

Pen drive to mind

Hace poco hice una entrada sobre un invento maravilloso: la grabadora de pensamientos. Muchos comentarios incidieron en lo peligroso del invento, así que hoy describo uno mucho más práctico y que no tiene riesgos. Se trata de un pen drive, el dichoso lapicito, pero que en lugar de conectarse al ordenador lo haga a nuestra mente, con la particularidad de que lo ponemos en marcha cuando queremos y después lo apagamos, y así las cosas más íntimas no se graban, salvo que queramos hacerlo. De este modo se solucionaría uno de mis mayores problemas, que es poner por escrito lo que se me va ocurriendo, ya sean chorradas o versos (algunos muy chorras). Muchas veces me surgen ideas cuando estoy en la cama, o conduciendo, o dando clases (a pesar de ser hombre soy multitarea), y como no las puedo apuntar se me olvidan después. Otras veces estoy escribiendo y mi mente va mucho más rápido que el teclado o el bolígrafo, y a veces me sorprendo tratando de recordar lo que se me había ocurrido.

Para mí sería ideal, me facilitaría notablemente el trabajo y escribiría mucho más. Es una versión evolucionada de la grabadora de pensamientos, y pienso que mucho más fácil de fabricar; al fin y al cabo al pensar en palabras emitimos señales, según creo. Pues se decodifican, se pasan al cacharro y listo. Por cierto que no sé cómo se conectaría el pen, porque que yo sepa nosotros no tenemos puertos USB. Por la nariz, quizá, o... mejor, si es posible, por wi-fi o bluetooth.

martes, 22 de diciembre de 2009

Grabadora de pensamientos

Hay un invento que los escritores apreciarían muchísimo y que, sin embargo, veo muy lejos todavía. El concepto es simple: una máquina que sea capaz de poner por escrito las ideas que se nos van ocurriendo. Yo, por ejemplo, cuando voy conduciendo me abstraigo y empiezo a pensar en mis cosas, y se me ocurren ideas que podrían servir como entradas para el blog. Si en ese momento tuviera una grabadora de pensamientos la pondría en marcha y al llegar a casa tan solo tendría que conectarla al ordenador y ahí tendría la entrada, en formato Word. Pero como no tengo ese cacharro la idea se me olvida, y después no hay manera de ponerla en pie. Reconozco que en el coche es un poco peligrosillo registrar pensamientos al dictado, pero hay otro momento mucho más seguro y fructífero: cuando nos acostamos y nuestro cerebro se niega a desconectar. A veces el mío se pone a mil revoluciones, y me agobio porque sé que se me van a olvidar tantas ideas, algunas disparatadas, pero hasta ésas pueden servir. Más de una vez me he levantado y anotado en un cuaderno algunas cosas, pero no es lo más apetecible, sobre todo en invierno, y además la cabeza va más rápido que el lápiz en la mano. Con una grabadora de pensamientos, sin embargo, sería facilísimo. Digamos que la tendría encima de la mesita de noche, le daría a la tecla de on, y me limitaría a dictar mentalmente mis genialidades o gilipolleces, depende de quién las mire.

Qué gran invento sería, mucho mejor que el e-book ese que a ver si me traen los reyes. Escribiría miles y miles de páginas sin esfuerzo, no me dolería el dedo (bueno, los dos dedos) de escribir en el teclado, sería un autor prolífico, un depredador de las letras. Nadie me tosería, mi imaginación desbordante rebosaría las paredes del blog, los tronos y las ranas conquistarían el mundo literario. Escribiría más novelas que Corín Tellado, marrones en vez de rosas. Sería un crack, el masca, Ridatto estaría orgulloso de su descendiente, compondría millones de ridaikus, sería un fenómeno, el rey de los mercuriales. Podríais decir que asististeis al nacimiento de una estrella, er mejón, la caña de España. El gran... ¡¡Riiiiidaaaaaaoooooo!!

Todo se andará, hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad.

domingo, 18 de enero de 2009

El ilusiómetro

Hace un par de días, leyendo un comentario a una entrada de Enrique García-Máiquez, una magnífica décima de Espinelete capaz de encontar rima a la palabra Famóbil, recordaba la ilusión que me hacían de niño los juguetes de los Reyes y me preguntaba si a los chiquillos de hoy les harían la misma ilusión. Imposible de saber, salvo que dispusiéramos de un medidor de sentimientos. Y es ahí donde entra en escena Doraemon, el gato cósmico, capaz de inventar los artilugios más insospechados que hacen las delicias de niños y no tan niños. Seguro que si yo fuera Nobita mi amigo Doraemon sacaría del bolsillo mágico un ilusiómetro, lo apuntaría hacia Tsuneo, a quien los Reyes le habrían traído una Wii, y después me transportaría a mis ocho años para medirme la ilusión jugando con el Autocross (gracias por recordármelo, Espinelete), que seguro que en Japón era teledirigido . Estoy convencido de que como siempre Nobita le ganaría la partida a Gigante y sus secuaces.

P.S. Ahora que lo pienso, si los Reyes vienen de oriente y no hay oriente más lejano que Japón, seguro que los niños japoneses son los primeros en recibir sus regalos.

P.P.S. No sé si es correcto escribir Reyes con mayúscula, pero si el tamaño de la letra refleja la importancia del personaje, éstos van con mayúscula y los otros con minúscula.

P.P.P.S. Doraemon viene del siglo XXII, así que ya no queda tanto para disfrutar de sus inventos.

P.P.P.P.S. Mejor hago otra entrada mañana, que se me llena de Ps la línea.