lunes, 27 de julio de 2026

Amor nuclear

 ¡Oh, qué feliz había sido!, ¡qué feliz! Él se marchaba de viaje de trabajo. Y yo contaba los días y las horas para nuestro encuentro. ¡Los segundos! Físicamente no puedo vivir sin él. ¡No puedo! [Se tapa la cara con las manos.] Recuerdo que… Una vez que fuimos a casa de su hermana en el pueblo, por la noche ella me dice, mostrándome una habitación: «A ti te he puesto la cama en aquel cuarto y a él en este». Nos miramos los dos el uno al otro y nos echamos a reír. Ni siquiera se nos pasaba por la cabeza que podíamos dormir separados, en habitaciones diferentes. Solo juntos. Yo no puedo sin él. ¡No puedo! Muchos me han pedido la mano. Su hermano me pidió la mano. Se parecen tanto. La altura. Los andares. Pero tengo la sensación de que si alguien que no sea él me toca siquiera me pondré a llorar sin parar. No podré parar de llorar. ¿Quién me lo ha quitado? ¿Con qué derecho? Nos trajeron una orden de alistamiento con una franja roja, el 19 de octubre de 1986. [Me trae el álbum de fotos. Me enseña fotos de la boda. Y cuando ya quiero despedirme, ella me para.] ¿Cómo voy a vivir en adelante? No se lo he contado todo. No hasta el final. He sido feliz. Hasta la locura. [...] ¿Qué me ha salvado? ¿Qué me ha arrojado de nuevo a la vida? Me ha devuelto a la vida mi hijo. Tengo otro hijo. Un primer hijo suyo. Hace tiempo que está enfermo. Ha crecido, pero ve el mundo con ojos de un niño. Con los ojos de un niño de cinco años. Ahora quiero estar con él. Sueño con cambiar de casa e irme a vivir más cerca de él, a Novinki. Allí está nuestra clínica psiquiátrica. Ha pasado toda su vida allí. Este ha sido el veredicto de los médicos: para que siga con vida debe estar allí. Viajo cada día a verlo. Y él me recibe diciendo: «¿Dónde está papá Misha? ¿Cuándo vendrá?». ¿Quién más me va a preguntar eso? Él lo espera. Lo esperaremos juntos. Yo rezaré mi plegaria de Chernóbil. Y él… Él mirará al mundo con ojos de niño. 

Valentina Timoféyevna Ananasévich, esposa de un liquidador

En Voces de Chernóbil, libro de Svetlana Aleksiévich


jueves, 16 de julio de 2026

La muerte de Mora


Hacia tiempo que no me emocionaba tanto leyendo un pasaje de un libro como con el relato de la muerte de la mastina Mora en uno de los diarios de Andrés Trapiello, Apenas sensitivo. Hay un poso de dignidad en la muerte de un perro que muy raramente está presente cuando se trata de una persona. Somos muchos los lectores de la Odisea que nos estremecemos con el breve pasaje en que aparece Argos, el perro cazador de Odiseo, que lo reconoce después de veinte años de ausencia agitando levemente su cola para inmediatamente entregar su alma. Porque sí, los perros tienen alma, y quien diga lo contrario nunca se ha sumergido en su mirada profunda.
Mora iba a nuestro lado, no se despegaba de mí, y levantaba su cabeza para mirarme. Si me preguntaran, juraría sobre la Biblia que el animal sabía perfectamente todo cuanto estaba sucediendo. Llegamos al pie del árbol. Allí, apoyados en el tronco, estaban los azadones, y entonces, sin que nadie le dijera nada, la perra buscó el hoyo y se tendió a su lado, como acostumbrada, como si ya hubiese ensayado su propia muerte otras veces, mantuvo un momento la cabeza erguida y finalmente la acostó sobre la tierra, como si se dispusiese a dormir.
Así quisiera yo acabar mis días, suavemente, sin hacer ruido, acompañado por muy pocos, los que de verdad me han querido, y con la esperanza de no dejarles demasiado desamparados. Siento que el momento está cerca, estoy tan cansado... ¡Ojalá nadie me echara de  menos! No hay mayor sufrimiento que el que nace de la pérdida irreversible. Poco a poco me mimetizo con la nada, estoy listo para el fin, que añoro desde hace demasiado tiempo.