Quejarse en público es de una vulgaridad insoportable.
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Se suele decir que la tristeza es un estado de ánimo, pero eso no es verdad (aun a sabiendas de que la verdad no existe, digamos que es mi verdad actual, del preciso momento en que escribo este apunte). La tristeza es hija de la melancolía, madre del dolor, abuela de la desesperación y bisabuela del horror. No es algo intrínseco, sino que tiene vida propia y nos visita cuando lo tiene a mal. En primer lugar suele enviarnos a su hija para que nos haga una visita con sus dones emanados de una juventud otoñal, fresca y apetecible. Nos quedamos tan encantados que le rogamos que se quede a vivir con nosotros y la pedimos en matrimonio, y ahí está nuestro gran error, pues enseguida se instala en casa nuestro suegro, con la excusa de que es viudo. Viudo, pero con ascendientes muy longevas por la rama femenina, que tardan en llegar pero llegan, vaya si llegan; primero su madre y después, inevitablemente, su abuela. A todo esto nuestra esposa nos abandona, el único apoyo dulce que teníamos en casa, pero el resto de la familia sigue con nosotros. Echarlos cuesta Dios y ayuda, y la mayoría de las veces no se consigue, y sólo nos queda vivir con la esperanza de que no nos acompañen más allá de la muerte.
La felicidad es un equilibrio. No sé bien de qué elementos, pero ninguno debe presentarse en exceso.
Un pensamiento nunca es su expresión por escrito; de hecho, está muy lejano. Las palabras son un lenguaje muy pobre, pero yo al menos no manejo otro.
El sol es implacable. Nunca falta a su cita diaria.
P.S. Con el segundo apunte me he hecho la picha un lío, pero me se entiende, ¿no?

