
Se puede decir que el caso del escritor y periodista sevillano Manuel Chaves Nogales es único en nuestra literatura, sobre todo por su clarividencia para interpretar los acontecimientos que tuvieron lugar desde el nacimiento de la Segunda República española hasta mediados de la Segunda Guerra Mundial. Un hombre que abandonó el Madrid asediado por el régimen franquista siguiendo al gobierno de la República hasta Valencia, para salir de la patria poco después, desengañado, en dirección al exilio francés. Un hombre que supo ver como pocos el carácter totalitario de ambos bandos, que sufrió en su interior la descomposición de la República en una serie de bandas desorganizadas que enarbolaban la bandera de la izquierda y veneraban la figura de Stalin. Chaves Nogales tomó la decisión más honesta consigo mismo: huir de esas dos Españas en lucha, sabiendo como sabía que daba igual quién ganase, porque la causa de la democracia y la libertad estaba perdida: esa tercera España doliente vagaba por el mundo o callaba en el interior del país sin osar alzar la voz, salvo excepciones bizarras como la exhibición de valor de Miguel de Unamuno ante la cúpula del poder franquista, que al fin se quedó en eso, en unos fuegos artificiales que le condenaron a una reclusión más o menos evidente por parte de unos carceleros que le tomaron por loco. Chaves fue quizá el más grande representante de esa tercera España, por encima de Unamuno, por encima quizás de un Ortega que retornó al país en 1945 con la ilusa pretensión de seguir el hilo de la victoria aliada para recuperar las libertades perdidas. Y Chaves vivió en París desde 1937 para retomar su actividad periodística, además de redactar la admirable colección de relatos que se publicó bajo el título de A sangre y fuego, donde se revela como un escritor grande, de recorrido corto pero intenso; pero el viento de los tiempos le zarandearía una vez más con la amenaza de Hitler sobre su país de acogida. Pocas veces se tiene la suerte de contar con un testigo de tal envergadura de los momentos históricos por los que pasaba la Europa de su tiempo. Chaves asiste atónito a la pasividad de Francia ante la amenaza hitleriana, y escribe un libro, La agonía de Francia, que bien podría figurar en la bibliografía principal de nuestro país vecino sobre esos momentos tan dramáticos. Ya tuvo que huir de España llevando consigo la tercera España, y se encontró ahora con que en el país de las libertades, en el país de la democracia, los acontecimientos habían dividido a los franceses en dos extremos igualmente totalitarios: los comunistas del Frente Popular y los franceses partidarios de Hitler, traidores a su patria, que estaban dispuestos a pactar con tal de no perder sus privilegios de clase. En medio, sin voz ni ánimos para alzarla, estaba esa tercera Francia acobardada que tantos recuerdos amargos llevaría a Chaves, impotente en su posición de observador internacional. Las tropas alemanas entraron en Francia, hollaron las calles de París, y Chaves volvió a seguir a un gobierno derrotado, primero a Tours y luego a Burdeos, donde embarcó de nuevo, como tres años antes, en una fragata de bandera inglesa que le llevaría a su último y definitivo exilio: la tierra británica, que se convirtió en el último garante de las libertades en Europa, y que con su coraje pudo restaurar lo que se había perdido. Pero Chaves no tuvo premio, la Historia no suele ser generosa con esta clase de hombres: murió solo en Londres a pocos meses del final de una guerra que, si bien no llevó la libertad a España, sí lo hizo a una gran parte del mundo. Allí, en Londres, reposa su cuerpo; el cuerpo de un español sin España, el cuerpo de un hombre íntegro y excepcional.