sábado, 7 de junio de 2014

Claustrofobia


Desde hace casi veinte años pertenezco a algún claustro de profesores, y este contacto tan continuado con un elemento patógeno ha ido agudizando una sensación extraña, leve al principio pero que ha ido adquiriendo una fuerza cada vez mayor, derivando en la actualidad en una auténtica claustrofobia difícil de ocultar y sobrellevar. No quiero que se me malinterprete: tomados individualmente mis compañeros de claustro son [casi] todos encantadores, especialmente los improbables lectores de este blog. El problema surge en la reunión, en la colectividad de la sala de profesores, donde el claustro se convierte en una masa informe que opina, corrige, intercambia experiencias, critica, se duele de su situación pero a la hora de la verdad se resigna y no resuelve nada, sólo hay unión en el supuesto infortunio, nunca en la acción; los elementos extraños ganan siempre la partida. Por eso me siento cada vez más una isla dentro de un archipiélago conquistado por el Imperio, agacho la cabeza y me dedico a corregir, y saludo a todos por educación con una sonrisa en la boca; procuro llevarme bien con mis compañeros, pero cuando salgo de ese claustro todos los días me voy con la sensación de haber abierto con alivio la puerta de un ascensor donde todos mirábamos al techo esperando con impaciencia el fin del viaje.

6 comentarios:

Paco dijo...

"los elementos extraños ganan siempre la partida"

vive Dios que en esta frase que no entiendo en su totalidad está el meollo de la cuestión

abrazos enclaustrados

Carlos de la Parra dijo...

Los grupos rara vez dejan de ser masas informes, de ahí que tengan éxito los líderes.Casi nadie quiere tomar la iniciativa,salvo la de apuñalarte por la espalda.
Por éso algunos preferimos el trabajo en solitario.

Ana Vera dijo...

Por favor, un poquito de interdisciplinari... en fin, como se escriba eso...

Anónimo dijo...

Hombre, hay un viejo proverbio (creo que) árabe según el cual el camello es un caballo diseñado en comité. Quién sabe.

José Miguel Ridao dijo...

Es algo así como una conspiración judeomasónica de corte democrático, Paco.

Y ésa, Carlos, es la gran ventaja de mi trabajo: la rabiosa individualidad, por mucho que quieran meter las manos. Bienvenido.

Horrenda palabra, Ana, que me tenía que envainar en mi época de preparador de opositores, dando ejemplo de cinismo.

Ese proverbio siempre se lo cito a mis alumnos, anónimo, aunque no aplicado a este caso del claustro, donde más bien procede el de "tres son multitud".

Abrazos misantrópicos.

Ana Vera dijo...

Todo sea por el bien del alumnado, y, cómo no, de la alumnada.