He terminado de leer un ensayo de Sabato/Sábato, el primer libro que publicó, titulado Uno y el universo (título harto sospechoso; no sé por qué, le pega mucho a un famoso escritor leonés; ahora no caigo...). Se trata de un conjunto de lúcidas reflexiones sobre los más diversos temas, como filosofía, astronomía, lógica, literatura, pintura (habla mucho del surrealismo), política y sobre todo ciencia, mucha ciencia: las ciencias naturales en relación con las ciencias sociales, que no se pueden separar unas de otras, pero son poquísimos los intelectuales con formación científica. Él fue uno de ellos: doctorado en ciencias físicas, ensayista y escritor de renombre; una especie de gran humanista del siglo XX. El libro se divide en sesenta y cinco breves capítulos, algunos de ellos ingeniosos aforismos, como por ejemplo:
Casualidad: Barbarismo, ¿por causalidadO este otro, que tiene su guasa:
Gengis Kant: Bárbaro conquistador y filósofo alemán.
El otro día descubrí de manera empírica una ventaja de los libros de papel frente a los electrónicos de la que no me había dado cuenta: se me cayó al suelo el ridáider.
El agradecimiento es la esclavitud de los bien nacidos.
Yo, normalito: no nací en el arroyo, pero tampoco me gusta besar anillos.
Escuchar a Wagner mientras se conduce es lo más parecido a cabalgar a lomos de un ser mitológico sintiéndose uno el rey de los nibelungos y profiriendo alaridos capaces de despertar a los dioses del Walhala. Iba en el coche escuchando Lohengrin y me veía navegando por las aguas de un lago tenebroso subido en una barca con forma de cisne, o de un cisne con forma de barca, no lo tengo muy claro, oteando una orilla donde me esperaban unos valerosos caballeros para darme la bienvenida. Y claro, así se afronta con más fuerza una jornada laboral, aunque no sé si es el estado de ánimo más indicado.


