Gritones
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*En azul, 1925, Wassily Kandinsky*
El alboroto de los medios de comunicación, las lucecitas de colores de la
publicidad, el estruendo de las sirenas, l...
Hace 19 horas
El cuaderno de José Miguel Ridao
Hoy voy a ronear un poco: prueben a teclear la palabra "euro" en google, en el buscador de imágenes, aquí mismamente, y comprobarán que el primero de los resultados, pedazo de moneda de un euro, corresponde al blog de un servidor. Lástima que sean euros virtuales...


He estado "hojeando" mi blog, cosa que hago con muy poca frecuencia, y por eso mismo me ha sorprendido leer no ya las entradas, que sí recuerdo, sino los comentarios que se me hacen y mis respuestas a éstos. A veces es más interesante lo que "cuelga" de la entrada que la entrada misma, como se puede comprobar aquí. En muchas ocasiones se pasa de treinta comentarios, y acude una media de diez o doce contertulios. A día de hoy la situación es muy distinta: ha bajado el número de comentarios, y el blog está menos animado. Podría ser que esto se debiera a que mis andurriales se han hecho menos interesantes, y algo de esto hay, pues ya no hago tantas entradas jocosas, que invitan a la participación, pero también he observado una bajada de actividad en los blogs que sigo. ¿Cabría pensar, entonces, que estuviéramos ante una crisis del blog como medio, al inicio del declive que conducirá a su extinción? La cuestión no es baladí, al menos para mí, que me he volcado en estos andurriales tan motivadores. Un factor que podría ir en contra de esta hipótesis es que, a pesar de que los comentarios han descendido, el número de visitas diarias a mi blog ha subido, incluso si descontamos las visitas aleatorias que nos trae Mr. Google. Aun así, me queda la sensación de que algo está pasando, de que se barrunta un fin de ciclo. Ahí dejo la duda; por mi parte, seguiré escribiendo en el blog mientras tenga viva la ilusión, y si éste se acaba buscaré otro medio donde pueda seguir publicando a diario, cosa que me motiva mucho más que escribir para mí mismo o, en el mejor de los casos, para un puñado de futuros lectores anónimos.

Y ¡ojo con caer en el diario! El hombre que da en llevar un diario -como Amiel- se hace el hombre del diario, vive para él. Ya no apunta en su diario lo que a diario piensa, sino que lo piensa para apuntarlo. Y en el fondo, ¿no es lo mismo? Juega uno con eso del libro del hombre y el hombre del libro, pero ¿hay hombres que no sean de libro? Hasta los hay que no saben ni leer ni escribir. Todo hombre, verdaderamente hombre, es hijo de una leyenda, escrita u oral. Y no hay más que leyenda, o sea novela.
Vengo rumiando esta entrada desde hace mucho tiempo, pero no me decidía a escribirla porque uno (es decir, yo) salía bastante malparado. Como en los últimos tiempos está bajando ostensiblemente el número de comentarios que tienen ustedes a bien dejar en mis entradas, el cambio de escenario me deja en una mejor posición, y aquí me lanzo pues: proclamo a los cuatro vientos del Internet que es una gran mariconada el afán por acumular en el zurrón bloguero cuantos más comentarios se pueda (la imagen de la izquierda es un patético ejemplo de lo que digo).
