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martes, 15 de enero de 2013

Trogloditas (2)



Fuimos atacados por los garamantes a la caída del sol. Llegaron en sus cuadrigas resplandecientes, entre nubes de polvo dorado, y comenzó la caza. De nada nos sirvió escondernos en las cuevas, porque azuzaban grandes perros que llevaban consigo y nos sacaban a dentelladas. Sentí cómo despedazaban a mi mujer, a mis hijos, a mi pueblo entero, y cortaban su carne en grandes trozos y la cargaban en los carros. Las lanzas y los cuchillos me asediaban, y se clavaban en mi carne, pero yo seguía vivo y podía sentir todo el horror de mi sangre caliente mezclada con la de las otras víctimas, y no sentía dolor, y mi grito se alzaba por encima del estruendo, y mi boca sabía a tierra negra, y no era aire lo que llegaba a mis pulmones, sino fuego, ira y un lamento profundo. Después cesaron poco a poco los sonidos, y abrí los ojos y no vi nada, y me busqué el rostro y no tenía ojos, ni cuencas, ni cara que buscarme. Tampoco tenía manos para tocar mi cuerpo inexistente, pero sigo existiendo en este relato que da noticia de mi raza extinguida, orgullosa y noble, la más sabia que ha poblado la tierra.

jueves, 14 de junio de 2012

Trogloditas

Comen los trogloditas serpientes, lagartos y otros reptiles semejantes: tienen un idioma a ningún otro parecido, aunque puede decirse que en vez de hablar chillan a manera de murciélagos.
Herodoto: Los nueve libros de la historia, tomo 4.

La humildad y miseria del troglodita me trajeron a la memoria la imagen de Argos, el viejo perro moribundo de la Odisea, y así le puse el nombre de Argos y traté de enseñárselo.
J.L. Borges: El inmortal.
Cuando era joven visité el pueblo legendario de los trogloditas. Para llegar a ellos recorrí tres veces la distancia entre la playa y el otro lado del océano; después crucé un desierto y al final, en unas rocas lejanas, divisé unos huecos excavados en la pared de la montaña. Como era de día no había nadie en las bocas de las cuevas, pero yo sabía que estaban dentro, porque oía un murmullo de dientes y gruñidos. Me senté al pie de un tronco muerto y esperé que oscureciera. Antes de la puesta de sol empezaron a salir de sus agujeros. Iban todos desnudos, con el pelo largo, enmarañado, el cuerpo lleno de tierra amarilla, curtido por el sol. No había mujeres ni niños entre ellos, y parecieron no darse cuenta de mi presencia. Me fijé mejor y vi que estaban ciegos: sus ojos eran blancos, y giraban en sus órbitas como si pudieran sentir el viento y el calor que subía de la tierra. Yo me acerqué. Tenía miedo, pero podía más la atracción del secreto primitivo. Al avanzar hacia ellos me abrieron paso con indiferencia. Miraban hacia delante, y permanecían mudos. Algunos se sentaron, y otros comenzaron a moverse en círculo. Les hablé, pero no parecieron oírme. Yo estaba abrumado por tanto silencio, y me sentía como si el Creador acabara de pasar por allí. Entré en sus moradas, y a través de la penumbra pude ver montañas de huesos apilados. Habían conservado la huella de todas las generaciones que les habían precedido. Muchos trogloditas eran comidos por los Garamantes, pero ellos se apareaban con las mujeres Atlantes y después robaban sus hijos. Todo esto lo supe al cabo de los años, porque entonces no entendía su lenguaje. El tiempo que pasé allí me alimenté de lagartos, como ellos, y hube de comerlos crudos, pues nunca vi fuego en sus viviendas. Su dura piel los hacía insensibles al frío de las noches, y el fresco de las cuevas los protegía de los rayos de sol. Yo, sin embargo, padecí de frío y de calor, y como todos los huecos estaban ocupados hube de acomodarme a la entrada de uno de ellos, después de ver que su ocupante me toleraba. Jamás vi un acto de violencia entre los trogloditas; permanecían horas y horas sentados, dentro o fuera de sus cuevas, y a veces emitían unos gritos muy agudos, tanto que apenas podían oírse. Poco a poco me fui acostumbrando a esos sonidos, y al cabo de los meses comencé a comprender su significado. Para entonces yo me había acostumbrado a permanecer también sentado día y noche, y perdí la facultad de dormir. Los trogloditas me contaban por turno la historia de su pueblo, que se perdía en los confines del tiempo. Supe que uno de ellos era su rey, y él podía nombrar a todos sus antecesores, durante horas y horas. Como los huesos no cabían en su cueva habían sido llevados lejos, a una gruta sagrada con una bóveda inmensa. También supe que el pueblo de los trogloditas siempre tiene el mismo número de hombres. Cuando muere uno de ellos roban un niño ya crecido a una mujer atlante, que ha sido previamente fecundada por el muerto. La sangre troglodita es impura, y por eso viven dentro de agujeros y no se dejan ver.

Un día abandoné mi cautiverio voluntario, no sabía cuántos años habían pasado, porque los trogloditas no miden el tiempo. Al cruzarme con el primer viajero huyó despavorido, y así hicieron todos, por lo que aprendí a caminar de noche y ocultarme de día. Poco a poco fui recobrando la noción de mi pasado, y me corté el pelo con una cuchilla oxidada que encontré en el camino. A medida que dejaba el desierto los lagartos comenzaron a escasear, y empecé a comer las hortalizas que encontraba por el campo. Una noche vi una fogata solitaria y su visión me llenó de emoción. Al acercarme vi unos restos de carnero. Los asé y comí como no lo había hecho en muchos años. Crucé tres mares y volví a mi patria una mañana de invierno. La playa estaba solitaria. Yo me tiré al suelo boca abajo y comí la arena mojada, llorando de zozobra. Después caminé a lo largo de la orilla varios meses, y me alejé para siempre del pasado. No volví al país de los trogloditas, pero todas las noches de mi vida he vuelto a pasar frío junto a ellos.

sábado, 7 de enero de 2012

Odio


Su mejor amigo le falló. No es que le traicionara, ni que le dejara de apoyar cuando más le necesitaba, ni una de esas cosas que hacen que los amigos se peleen, no; fue algo mucho peor: un distanciamiento progresivo, sutil al principio, casi imperceptible, que se fue agrandando con el paso de los meses hasta hacerse intolerable. Quizá un malentendido, un roce de familias, un desgarro que no parecía gran cosa pero al que nadie aplicó una pequeña sutura que habría evitado lo que vino después. Porque no fue fácil convivir con esa frialdad extraña, con ese saludo cada vez más lejano, unos paseos donde iban faltando las risas. El antiguo silencio cómplice era ahora una barrera de cuchillos en punta. Luchó por cambiar la situación, por volver a los viejos tiempos, pero fue en vano. Una mañana, al cabo de unos años, se despertó con una sensación extraña, un regusto salado en los labios y la certeza de que algo se removía dentro de su estómago. Era el odio, que surgía triunfante. Un odio de la peor clase: el arrojado hacia alguien a quien se ha querido; un odio que tarda en prender, pero cuando lo hace es inextinguible, y sube, sube hasta la misma altura que el cariño del que se alimenta.

Ayer volvió a su casa con la cabeza baja y un surco profundo cruzándole la cara. Había logrado arrancase el demonio de las entrañas, y allí quedó la mitad de su dolor; el resto lo llevó a cuestas hasta el fin de sus días.

jueves, 27 de octubre de 2011

Don Cipote (Capítulo cuarto)


De lo que le sucedió a nuestro caballero cuando salió del puticlub

La del alba sería cuando don Cipote salió del castillo tan contento, tan gallardo, tan alborozado, tan corrido, que el gozo se le salía por la pelleja. Así dispuesto, determinó volver a su casa y hacer provisión de la quincallería necesaria a todo buen caballero, así como de un escudero, haciendo cuenta de recebir a un maestro vecino suyo, versado en asuntos de dineros y padre de muchos hijos, y al que hacía muy a propósito para el oficio escuderil. Con este pensamiento guió el motocarro hacia su aldea, el cuál parecía saber de la dicha de su señor, tanto era el donaire y ligereza con que recorría los caminos.
No había andado mucho cuando le pareció que a su diestra mano, de la espesura de un bosque de bananos que allí estaba, salían unas nada delicadas voces, como de persona que se quejaba; y apenas las hubo oído, cuando dijo:
—Gracias doy al cielo por la merced que me hace, pues tan presto me pone por delante ocasiones donde yo pueda cumplir con lo que debo a mi nueva encomienda. Estas voces, sin duda, son de algún menesteroso o menesterosa, o acaso de la Chupetera, que ha seguido mis pasos afligida por mi marcha.
Y, volviéndose, encaminó a Trepidante hacia donde le pareció que las voces salían, y, a pocos pasos, vio un automóvil de color negro brillante con estraños reflejos en torno dél. Opacos eran sus cristales, pero ante lo desmesurado de las voces don Cipote rompiólos con su garrote, y encontró la fuente de tamaños alaridos. En el asiento de atrás yacía una doncella –o la que había sido una doncella-, espatarrada y gozosa, mientras un valeroso doncel se aprestaba a embestirla con el instrumento que da nombre a nuestro caballero.
Viendo don Quijote lo que pasaba, con voz airada dijo:
—Descortés caballero, mal parece tomaros con quien defender no se puede; desmontad presto, que yo habré de hacerme cargo de vuestro negocio.
El niñato, que otra cosa no era, al ver sobre sí aquella figura llena de armas blandiendo el garrote sobre su rostro, enfundó presto el cipote, y con buenas palabras respondió:
—Señor caballero, esta dama que estoy castigando es una mi criada, que toma harto placer dello, lo cual hacemos una vez por semana, que el resto de los días atiende a otros sus caballeros andantes, que la sirven por detrás y por delante.
—¿«Miente» delante de mí, ruin villano? —dijo don Cipote—. Por el sol que nos alumbra, que estoy por pasaros de parte a parte con esta estaca. Dejadla sin más réplica y huid en vuestro engendro tuneado; si no, por el Dios que nos rige, que os concluya y aniquile en este punto.
El niñato bajó la cabeza y, sin responder palabra, abandonó a la doncella, y, bajo la atenta mirada del caballero, montó de mala gana en su BMW y alejóse del paraje, lo cuál acontecido aprovechó don Cipote para ocupar su lugar y volver a suscitar los dulces lamentos que había dejado de proferir la dama. Una vez fecha la faena a satisfacción de ambas partes, don Cipote volvió a Trepidante alegre como unas castañuelas, y encaminose a su aldea a dar forma a sus propósitos.

sábado, 8 de octubre de 2011

Don Cipote (capítulo tercero)


Donde se cuenta la descojonante manera que tuvo don Cipote en armarse caballero.

Y así, fatigado de este pensamiento y harto saciado su apetito con chochitos, que no con chochetes, don Cipote abrevió su limitada cena, la cual acabada llamó al castellano, y sin percatarse de las miradas burlonas con que le regalaba, se hincó de rodillas ante él, diciéndole:

—No habré de abandonar esta decente morada, valeroso caballero, hasta que la vuestra cortesía me otorgue un don que pedirle quiero, el cual redundará en alabanza vuestra y en pro del género humano.

Ante tal requerimiento, el castellano vio superados todos sus pesares, tan de su agrado eran las ocurrencias de su insospechado huésped, y le hubo de decir que le otorgaría cuantos dones apeteciese, y que podía escoger la moza que fuera de su gusto, sin importar su grave estado de tiesura, al punto que no pudiera pagar los chochitos, a lo que respondió don Cipote:

—No esperaba yo menos de la gran magnificencia vuestra, señor mío. No me trae aquí la apetencia de chochitos ni de chochetes, sino la grande ansia de ser armado caballero, y esta noche en la capilla de este vuestro castillo velaré las armas; y mañana, como tengo dicho, se cumplirá lo que tanto deseo, para poder ir por todas las cuatro partes del mundo buscando aventuras y acometiendo hazañas.

El castellano determinó seguirle el humor, mas díjole que en aquel su castillo no había capilla alguna donde poder velar las armas, pero que podía usar la pieza que le apeteciese, donde tendría grata compañía que le hiciera más amena la espera. Todo ello fue muy al gusto de don Cipote, que se aprestó a velar sus armas. Consistían éstas en un garrote de palo de santo, honda de piel de carnero, a semejanza del arma legendaria de los guerreros baleares, y a modo de arma viviente un perrillo con una alzada de dos cuartas, que más temible y mordedor no lo hubiere en todo el reino. Así provisto, encaminóse a la pieza que le pareció más a su gusto y se dispuso a pasar la noche en vela.

Contó el ventero a sus pupilas la locura de su huésped, y encomendó a la más vistosa y descarada dellas acudiese a satisfacer cuantos deseos tuviere el caballero. La moza, a quien conocíase por el sobrenombre de Paca la Chupetera, acudió presta al encargo, y encontróse a don Cipote hincado de rodillas frente a un espejo de marco rosa.

—Buenas noches tenga vuesa merced, señor don Cipote, tráeme aquí el deseo de servir a tan noble caballero en lo que me requiriese.

Grande fue el espanto del caballero al ver perturbada tan importante noche, y volvióse para comprobar do venía tan inoportuno parlamento. Fue volverse y caérsele el garrote al bueno de don Cipote, y al punto levantársele el otro cipote, tan asombrosa era la visión que a sus ojos se ofrecía. Allí estaba la Chupetera, tal como el Altísimo la alumbró a este mundo. Presto recobró el ánimo nuestro señor, si bien el cipote no se le bajaba, y le habló con estas palabras:

—Vade retro, hija de Satanás, que no me has de amargar una empresa tan trascendente.

Rióse a esto la Chupetera y encaminóse a donde estaban don Cipote y su cipote, haciendo honor a su apodo en los minutos posteriores. Salió la moza y don Quijote quedó muy corrido, mas tomó la determinación de que tal incidente no había de turbar la empresa que al castillo le había traído, por lo que pasó la noche sin más incidentes.

Avisado el castellano de los azares de la noche, determinó dar a don Cipote la orden de caballería, y así, se desculpó de la insolencia de la Chupetera. Díjole que todo el toque de quedar armado caballero consistía en la pescozada y en el espaldarazo, según él tenía noticia del ceremonial de la orden. Todo se lo creyó don Cipote, el castellano trujo luego un libro con estraños grabados de caballeros y damas en las más diversas posturas, se vino adonde don Cipote estaba, al cual mandó hincar de rodillas; y, haciendo como que decía alguna devota oración, alzó la mano y diole sobre el cuello una enorme colleja, y tras él, un tremendo y gentil garrotazo, siempre murmurando entre dientes, como que rezaba. Hecho esto con gran contento de don Cipote, llamó a la Chupetera, que le acomodó el cipote, de nuevo descabalado, y le habló con estas palabras:

—Dios haga a vuesa merced muy venturoso caballero y le dé ventura en todas lides.

Hechas, pues, de galope y aprisa las hasta allí nunca vistas ceremonias, no vio la hora don Cipote de verse en su motocarro y salir buscando las aventuras que le hicieren famoso en los venideros siglos.

viernes, 7 de octubre de 2011

Apuntes (132): El Waterloo soñado



Esta mañana tocó compra en er Carrefú. 32º a la sombra en pleno mes de octubre, y, decorando las marquesinas de los aparcamientos, unos abetos de Navidad de brillantes colores, muy apropiados a la estación en que nos encontramos... dentro del híper, con los mismos grados pero bajo cero.

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Stefan Zweig cuenta sus Momentos estelares de la humanidad como si fueran una novela; y una novela es, al fin y al cabo, la vida de cada uno de nosotros, nuestras peripecias, tristezas, alegrías y acciones cotidianas, nada heroicas por cierto. No es descabellado describir la batalla de Waterloo hasta en los más mínimos detalles, como si se hubiera estado allí, codo con codo con Napoleón y Wellington, y asegurar que la derrota francesa se debió a un error puntual del general Grouchy, en uno de esos momentos en que, como dice Zweig, el azar se planta ante nosotros durante un instante supremo, en el que tenemos la oportunidad de atraparlo, pero la mayoría lo deja pasar. Ciertamente no fue así como sucedió, pero lo mismo da, el pasado no va a cambiar, ni la historia. Probablemente Napoleón hubiera sucumbido pronto, aun venciendo en Waterloo, y queda para el escritor el privilegio de reinventar esos momentos y embellecerlos, ante el escándalo de algunos que no ven más allá de lo real.

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Las amistades que se rompen es mejor perderlas del todo, para no tener que recordar lo que han sido.

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No sentía pena de sí mismo, pero todos los días se lamentaba y gritaba con la esperanza de que alguien le oyese, hasta que un día calló, tomó recado de escribir y se sumergió en las letras durante largos días, hasta morir dulcemente con una sonrisa en los labios.

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La codicia ha hecho de una ciencia tan simple como la Economía un amasijo de cifras, gráficas y charlatanes con bonete.

domingo, 2 de octubre de 2011

Don Cipote (capítulo segundo)


Que trata de la primera salida que de su tierra hizo el ingenioso don Cipote

En hechas, pues, estas prevenciones, no quiso aguardar más tiempo a poner en efecto su pensamiento, y así, sin dar parte a persona alguna de su intención, y sin que nadie le viese, una mañana, antes del día (que era uno de los calurosos del mes de julio), se subió sobre Trepidante, y por una puerta falsa salió a la calle con grandísimo contento. Mas apenas se vio en la calle, cuando le asaltó un pensamiento terrible, y tal, que por poco le hiciera dejar la comenzada empresa: y fue que le vino a la memoria que no tenía una mísera moneda en los pliegues de sus calzas. Esta contrariedad le hizo titubear en su propósito; mas pudiendo más su locura que otra razón alguna, propuso apropiarse de la hacienda del primero que topase, a imitación de otros muchos que así lo hicieron, según él había leído en las crónicas de la política. Yendo, pues, circulando nuestro flamante aventurero, iba hablando consigo mismo, y diciendo: “¡Oh princesa Chuminea, señora de este cautivo corazón! Mucho agravio me habedes fecho en despedirme y reprocharme con el riguroso afincamiento de mandarme no parecer ante la vuestra fermosura. Vive Dios que he de acometer ese famoso Potorro, de donde habré de arrancaros pura y limpia, como la nombrada Virgen del lugar".

Casi todo aquel día viajó sin acontecerle cosa que de contar fuese, de lo cual se desesperaba, porque quisiera topar con quien hacer experiencia del valor de su fuerte brazo. Al anochecer, su motocarro se detuvo, y mirando si descubría alguna mansión o chalet de lujo donde recogerse, y adonde pudiese remediar su mucha necesidad, vio no lejos del camino por donde iba un castillo de gualdas almenas coronado por un gran corazón púrpura, que fue como si viera una estrella. Estaban a la puerta dos mujeres mozas, de estas que llaman del oficio, las cuales iban a Sevilla con unos moteros, y que a él le parecieron dos hermosas doncellas, o dos graciosas damas, que delante de la puerta del castillo se estaban solazando. Las damas, como vieron venir un hombre de aquellas trazas, llenas de miedo se iban a entrar; pero don Cipote, coligiendo por su huida su miedo, con gentil talante y voz reposada les dijo: “Non fuyan las vuestras mercedes, pues mi corazón está ya ocupado por la simpar Chuminea, y no han de temer desaguisado a tan altas doncellas, como vuestras presencias demuestran”.

Contemplábanle las mozas mientras mascaban goma, y se miraban la una a la otra con gran regocijo; como se oyeron llamar doncellas, cosa tan fuera de su profesión, no pudieron tener la risa, y fue de manera, que don Cipote vino a correrse (con perdón) y a decirles: “Es mucha sandez la risa que de leve causa procede; pero non vos lo digo porque os acuitedes ni mostredes mal talante, que el mío non es de al que de serviros”. El lenguaje no entendido de las señoras, y el mal talle de nuestro caballero, acrecentaba en ellas la risa y en él el enojo; y pasara muy adelante, si a aquel punto no saliera el castellano, que hacía negocio con las mozas, el cual, viendo aquella figura contrahecha, se lanzó al suelo entre grandes gritos de alborozo, que a un punto estuvo de perder los cojones, tales eran las convulsiones que a su cuerpo acontecían.

Volviese don Cipote a las mozas, y les dijo con mucho donaire:

Nunca fuera caballero
de damas tan bien servido,
como fuera don Cipote
cuando de su aldea vino;
doncellas curaban dél,
princesas de su pepino.

Las mozas, que no estaban hechas a oír semejantes retóricas, no respondían palabra; sólo le preguntaron si quería comer alguna cosa. “Cualquiera yantaría yo”, respondió don Cipote, porque a lo que entiendo me haría mucho al caso. A dicha acertó a ser lunes aquel día, y no había en todo el lugar sino unas raciones de una legumbre llamada altramuz, que en otras partes llamaban chochito. Pusiéronle la mesa a la puerta del castillo por el fresco, y trájole el huésped una escudilla de chochitos, y un pan tan negro y mugriento como sus ropas. Don Cipote estaba a sus anchas, y con esto daba por bien empleada su determinación y salida. Mas lo que más le fatigaba era verse con la faltriquera vacía, por parecerle que no se podría poner legítimamente en aventura sin tener bien cubiertos los riñones.

sábado, 1 de octubre de 2011

Don Cipote (capítulo primero)


Que trata de la condición y ejercicio del famoso pirado don Cipote de la España

En un lugar de la España, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un pirado de los de barbas hasta el suelo, mirada ambigua, botellín de Cruzcampo y chucho ladrador. Tenía en su casa una ama que pasaba de los noventa, y una sobrina buenorra y algo descarada, y un mozo chapucero que así cazaba un chochín como palmeaba las posaderas de la sobrina. Es de saber, que este sobredicho pirado, los ratos que estaba ocioso se daba a escuchar las palabras de los políticos, y con éstas y semejantes razones perdía el pobre el juicio, y desvelábase por entenderlas y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara ni las entendiera el mismo Cánovas, si resucitara para sólo ello.

Tuvo muchas veces competencia con el alcalde de su lugar (que era hombre docto graduado en la escuela del pelotazo), sobre cuál había sido mejor político, Felipín de Sevilla o Aznarín de España; mas maese Francisco, concejal del mismo pueblo, decía que ninguno llegaba al caballero caudillo de las Galicias. En resolución, él se enfrascó tanto en la política, que se le pasaban las noches leyendo peródicos, y así, del poco dormir y del mucho leer, y de entender las felonías cometidas por los servidores públicos, se le secó el cerebro, de manera que vino a perder el juicio, y vino a dar en el más extraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo, y fue que le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra, como para el servicio de su república, hacerse caballero andante, e irse por todo el mundo desfaciendo todo género de agravio provocado por senadores, presidentes, ministros, alcaldes y demás gentes de parecida ralea , y poniéndose en ocasiones y peligros, donde acabándolos, cobrase eterno nombre y fama.

Y así con estos tan agradables pensamientos, llevado del estraño gusto que en ellos sentía, se dio priesa a poner en efecto lo que deseaba. Fue a ver a su garaje, y allí encontró un motocarro, que aunque tenía más años que su excelencia la duquesa de Alba, y más bollos que el yelmo de don Quijote, le pareció que ni un Ferrari con él se igualaba. Cuatro días se le pasaron en imaginar qué nombre le pondría, y así después de muchos nombres que formó, borró y quitó, añadió, deshizo y tornó a hacer en su memoria e imaginación, al fin le vino a llamar Trepidante. Puesto nombre y tan a su gusto a su montura, quiso ponérsele a sí mismo, y en este pensamiento, duró otros ocho días, y al cabo se vino a llamar don Cipote. Pero acordándose que el valeroso Aznarín no sólo se había contentado con llamarse Aznarín a secas, sino que añadió el nombre de su reino que creía era de su entera propiedad, así quiso, como buen pirado, añadir al suyo el nombre de la suya, y llamarse don Cipote de la España, con que a su parecer declaraba muy al vivo su linaje y patria, y la honraba con tomar el sobrenombre della.

Puesto así su nombre, se dió a entender que no le faltaba otra cosa, sino buscar una dama de quien enamorarse. Fue, a lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo había una moza de oficio antiguo como el hombre, de quien él un tiempo anduvo enamorado, aunque según se entiende, ella jamás lo supo ni se dio cata de ello, ocupada como estaba en sus menesteres. Llamábase Alfonsa Garbanzo, y a ésta le pareció ser bien darle título de señora de sus pensamientos; y buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo, y que tirase y se encaminase al de princesa y gran señora, vino a llamarla Chuminea del Potorro, porque era natural del Potorro, nombre a su parecer músico y peregrino y significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas había puesto.

viernes, 5 de agosto de 2011

Entropía


Hasta hace dos años lo tenía todo controlado, o al menos me hacía la ilusión de que así era, pero entonces, poco a poco, sin que me diera cuenta al principio, la entropía fue germinando en mi vida, primero con detalles insignificantes, revolviendo todas las mañanas mi mesa de trabajo e impidiéndome ordenarla por mucho empeño que pusiera. Después fue el turno del correo, y se fueron acumulando en mi mesa pilas de cartas sin abrir. El mal llegó a mi ordenador, que me avisaba de cientos de mensajes recibidos, y las carpetas donde tenía todos los documentos perfectamente ordenados se fueron mezclando unas con otras, intercambiando contenidos y abriendo nuevas carpetas vacías que inundaban el escritorio. Perdida la batalla con el orden epistolar e informático, noté cómo el caos se apoderaba de mi persona, y empecé a alimentarme malamente, con restos de comida cogidos de aquí y de allá, sin respetar horarios; tan sólo guiado por el hambre. Comencé a engordar, y dormía siempre a deshoras. Para averiguar si era de día o de noche debía salir a la calle, pues mantenía todas las persianas cerradas. La rutina fue borrada de mi vida, y comprendí lo necesaria que es para la salud. Llegué a echarla de menos, pero me era imposible recuperarla, pues había perdido toda noción de la disciplina, y mis actos eran guiados por la inercia. Llegó un momento en que perdí mi trabajo y mi casa, y me alejé de mi familia para no hacerles daño. Entonces me arrojé al arroyo más negro que pude encontrar. Dejé mi país para vagar por los suburbios más inmundos, comiendo poco o nada, insensible al dolor, al frío y a las burlas de la gente. Un día, ya no tuve fuerzas para extender el brazo , ni ganas de rebuscar en la basura de los contenedores, y entorné los párpados dispuesto a recordar hasta el final lo que había sido.

Justo al cerrar los ojos de mi sueño se abrieron estos otros que me permiten escribir en el cuaderno, y no sé cuáles dicen la verdad: los que cerré o los que tengo ahora abiertos. Acaso ambos, a su manera.

miércoles, 6 de julio de 2011

El secreto del tiempo


No existió; nació; vivió; murió; no existió. Éste es el periplo imposible de Justine Leifert, ciudadana alemana incomprendida e inadvertida por sus contemporáneos, única que en vida fue consciente de la inconsciencia pretrérita y futura, infinitas ambas, pero unidas por un puente sorprendentemente corto y estrecho. Cuando Justine vio la luz en la ciudad de Straubing, en la baja Baviera, corría el año 1868, el mismo en que proféticamente se unieron las líneas férreas americanas del pacífico y el atlántico, en un hito tecnológico sin precedentes. La vida de Justine transcurrió apacible en el mundo rural que la envolvía, y de hecho nada hay de destacable en toda ella que la haga merecedora de atención biográfica. Cierto que fue feliz, pero la felicidad, pese a no ser común, no distingue especialmente a las gentes que la disfrutan, en su mayoría humildes. Lo que en realidad hubo de extraordinario, de inabarcable en la vida de Justine, fue su toma de conciencia de una realidad pretérita y futura, o quizá sería mejor decir de una sorprendente irrealidad. A medida que fue creciendo, la niña fue teniendo "no recuerdos" anteriores a su nacimiento, una conciencia terrible de un vacío en donde ella no estuvo, pero sin el cuál no se podía entender su presencia actual en el mundo. No se trataba de una elucubración derivada del razonamiento, sino de una percepción del mismo calibre que la vista de los prados cercanos a su casa, o que el canto de los pájaros del bosque. Llegó un momento, sin poder precisar cuándo, en que a esta percepción del pasado se sumó una aún más sorprendente del futuro, de los instantes eternos posteriores a su muerte. Era exactamente el mismo vacío que el anterior, sólo que trasladado hacia adelante en el tiempo por el intervalo infinitesimal que abarcaba su vida. Cuando Justine pudo percibir más claramente ambos vacíos, comprobó que en realidad se trataba de la misma materia amorfa que rodeaba con su manto terrible los años felices de su paso por el mundo, y pudo contemplar en su justa dimensión la pequeñez, la absurdidad, la insignificancia de estos años en comparación con la profundidad abisal del no-mundo. Lo que en cualquier alma más cultivada habría causado la angustia existencial más absoluta, fue tomado por Justine como algo natural, tanto como el cielo azul, la puesta del sol o el milagro de la primavera. Al principio hablaba de ello a sus familiares y amigos, pero nadie le comprendía, y como empezaron a mirarle con lástima dejó de hacerlo, y se limitó a contemplar esos vacíos con naturalidad, como algo que no iba con ella pero que estaba ahí, inconmensurable, fuera de su ser, fuera de todos los seres, fuera del espacio y fuera del tiempo.


Justine Leifert murió el 25 de julio de 1943 en Birkenau, con una beatífica sonrisa en la boca. Su vida se apagó dulcemente mientas el gas inundaba todas sus células, consciente de que no existía horror en el mundo comparable al vacío, y con el consuelo de que ese vacío es inhabitable. Fue feliz hasta el último instante de su vida, y se llevó a la tumba el secreto del tiempo.

jueves, 23 de junio de 2011

Apuntes (111): Escaparates


Las presentaciones de libros suelen ser escaparates de egos más o menos inflados e insatisfechos. Todos necesitamos para nuestro corazoncito una ración de reconocimiento; así, algunos acuden a estos actos obligados por su editorial, pues les espantan los actos sociales y huyen de la notoriedad pública, conformándose con la aprobación de sus colegas y de los lectores. A otros, sin embargo, les gusta pasearse por los salones y pavonearse con inocencia, conformándose con su momento de efímera fama. Y después hay otro grupo, el más peligroso, integrado por los que llegarían al asesinato con tal de publicar, y cuando lo consiguen hacen una campaña salvaje para promocionar su libro y que se venda más que el de ese otro escritor enemigo suyo. Gastan en esta lucha unas energías que les bastarían para escribir dos o tres libros más.


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Estos amaneceres cálidos de finales de junio son un modo cruel de empezar el día, con todo el sol del mundo por delante, una luz que nos ciega y un calor que se cuela por debajo de las puertas y atraviesa las ventanas para mordernos.

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Las adelfas son arbustos asfálticos.

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Volvió a su trabajo como quien se reencuentra con un viejo conocido al que la rutina no ha cambiado un ápice en todos estos meses. Recobró en un instante las sensaciones olvidadas de outsider vocacional, visitante obligado de la cotidianidad vespertina, un engranaje de la maquinaria absurda de fabricar clones y destruir conciencias. Cada vez más perdido y perplejo, cada vez más hundido en el sillón de la sala, aislado, la mirada baja, esperando el timbre que anuncia un nuevo sacrificio a la mayor gloria de lo absurdo.

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El poeta portugués nunca hubiera entendido que le llamasen genio. Tan grande era su arte, que para él era pequeño.

martes, 7 de junio de 2011

Una cagada de relato


Era un tipo insufrible. Nadie era capaz de aguantar más de unos minutos a su lado, tal era su mala educación y su maledicencia. En lugar de saludar emitía un desagradable gruñido, para a continuación torturar a su interlocutor con espantosos detalles de su vida. Poco le importaba haber dicho lo mismo cientos de veces a otras tantas personas, que él lanzaba impertérrito su letanía miserable, ahondando en los detalles más escabrosos de su vida íntima, siempre acompañada de las desgracias más terribles. Su único interés consistía en abordar su eterna lista de agravios, y gritaba mientras profería sus lamentos, haciendo grandes gestos de aflicción. En el pueblo se hacían apuestas a ver quién le oía por más tiempo, pero poco era el premio para tan grande sacrificio. Por eso, todos se asombraron cuando vieron entrar en el casino a un forastero, al que se acercó como un buitre a la carroña, y comenzó su perorata habitual, acaso redoblada por la novedad del oyente, y éste aguantaba impertérrito, diez minutos, veinte... media hora, una hora, dos... hasta que el campeón de la palabra cayó vencido, y entonces habló el forastero:

- I beg your pardon?

martes, 31 de mayo de 2011

Solo


Nada, nada... nada. No busques detrás de la puerta, ni en el rincón oscuro del patio. Ayer volaron los pájaros que anidaban entre las hojas del rosal. Ya ni siquiera se oye el agua de la fuente. Te has quedado solo, y el silencio te delata. Las páginas del libro que tienes en las manos se han vuelto amarillas, y se cuartean como las hojas secas del otoño. La vida huye de tu figura de estatua, y ahora yo me marcho, aunque hace tiempo que no estaba aquí. He atrapado en mis manos todos los sonidos del campo: las esquilas lejanas, el rumor de las ramas mecidas por el viento, el zumbido de las abejas, ese presentimiento vago que anuncia el alba... Me lo he llevado todo, también las campanadas de la torre, y los toques alegres de la Peña. A ti ya no te harán falta en donde estás. Acuérdate de mí en tu soledad de hielo. Dios mío, qué solo te quedas. Un beso. No te olvidaré.

viernes, 27 de mayo de 2011

La rana muerta (relato en revisión)



Paseaba por la ribera de Alájar, como tantas otras veces. En esta ocasión iba solo, y podía concentrarme en el trino de los pájaros. Algunos de ellos se cruzaban en mi camino, sin mostrar miedo, y yo me paraba a contemplarlos. No sabía su nombre, pero los distinguía por su timbre, y trataba de aislar el sonido de cada uno de entre la algarabía, como hizo Messiaen al transcribir su canto a un pentagrama. Además de los pájaros me acompañaba siempre el rumor del agua del pequeño arroyo que corría a mi derecha, y a medida que me adentraba en el bosque el sonido se iba haciendo más redondo, trepando entre los árboles y por encima de mi cabeza como un fantasma rescatado de las pozas que exploraba en mi niñez. Entonces me sumergía en sus aguas frías y oscuras siempre con miedo y una emoción que sólo sentimos de niños, porque cuando crecemos todo tiene un sentido, y se mata la incertidumbre que nos regala la vida para que la atesoremos en nuestro cuarto al volver de un día lleno de aventuras. Todo eso iba yo pensando, y se me venía a la cabeza poco a poco, no en forma de palabras, sino como un sentimiento profundo que me invadía hasta llenarme por completo. Llegué al primer molino derruido y me acordé de la figura del antiguo molinero, que recibía como una ofrenda el trigo de los labriegos para obrar el milagro de convertirlo en harina con la muela heredada de sus antepasados. Fui pasando junto a los demás molinos, a cual más triste, a cual más desamparado en sus ruinas de piedra tosca, y en sus inmediaciones no cantaban los pájaros; tan sólo se oía el agua que pasaba por debajo del edificio, igual que hace siglos, pero sin mover piedra alguna. Me sentí fatigado y paré a descansar en un banco de piedra junto a un estanque de aguas oscuras, de donde saltó una rana asustada por el chapoteo de mis botas. Bien podía ser la rana intemporal que imaginó Basho, pero eso lo pienso ahora, porque la que yo vi era una rana real, como real fue su salto, y su croar profundo y gutural. Seguí mi camino por una senda que se iba haciendo más estrecha, bordeada ahora por pinos y jaras en lugar de las encinas y alcornoques que me habían acompañado hasta entonces. Las jaras estaban florecidas, y pintaban las laderas con la paleta de Monet. Me fui a asomar a la gran roca, para disfrutar de la vista del río encañonado, cuando de repente desapareció la tierra bajo mis pies, y me encontré parado en la mediana de una autopista con los coches pasando veloces a uno y otro lado. El humo de los motores y el olor dulzón del asfalto caliente habían reemplazado a los aromas del campo, y en lugar del monte y la arboleda, el paisaje que tenía ante mis ojos era desolado: un ancho camino gris que cortaba en dos con un tajo despiadado la tierra amarilla y yerma de las cercanías de la ciudad amenazante e incierta. Me tiré al asfalto, incapaz de soportar tanta tristeza, y los coches pasaban a mi lado sin rozarme. Vi la rana unos pasos más adelante, aplastada por las ruedas de un coche. Seguí andando hasta llegar a mi destino olvidado, y dejé de oler la muerte, y sentí que no era yo quien respiraba, porque mi cuerpo ya no era mi cuerpo, ni la razón para existir era más que una promesa vana.


Nota: ayer leí este relato a mis queridos compañeros mercuriales. Como aquí estamos ante todo para aprender, se me sugirió que la digresión que aparece a mitad del relato: -"... Entonces me sumergía en sus aguas frías y oscuras siempre con miedo y una emoción que sólo sentimos de niños, porque cuando crecemos todo tiene un sentido, y se mata la incertidumbre que nos regala la vida para que la atesoremos en nuestro cuarto al volver de un día lleno de aventuras"-, rompe el ritmo del mismo y distrae la atención del lector (en este caso oyente). Sería mejor ir directamente a lo que emociona, a los hechos, para llegar en la medida de lo posible a conmover al lector en lugar de hacerle pensar. Ya otras veces ha funcionado este blog como taller literario, y por ello pido vuestra opinión, si tenéis tiempo de dármela.

sábado, 7 de mayo de 2011

Un cuento de miedo


Cuando era niño soñé que caminaba por la orilla del mar, y me entraron ganas de adentrarme en él. Comencé a avanzar en dirección a las olas y el agua no me cubría más allá de las rodillas. Anduve así mucho tiempo, hasta perder de vista la costa. Ya pensaba que el mar era un inmenso estanque cuando de repente noté una rampa empinada bajo mis pies y el mar se hizo profundo. Perdí pie, pero me impulsé con facilidad hacia arriba, saqué el cuerpo del agua y comencé a caminar sobre las olas. Llevaba unos zapatos grandes, como los de los buzos pero mucho más ligeros, que me mantenían a flote. El mar se había convertido en una enorme pradera azul que se ondulaba ligeramente mecida por el viento. Yo no me cansaba de andar por esa pradera, y a mi alrededor saltaban peces de todo tipo, sobre todo delfines, que yo sabía que no eran peces porque me lo había explicado mi maestro. La compañía del agua salada y de los habitantes del océano me hacía feliz. Pero entonces, y aún tiemblo al recordarlo, divisé una enorme cascada por la que se desplomaba el agua a una velocidad asombrosa, y yo me aproximaba a ella. Los peces, que la conocían, volvían sus aletas para alejarse, pero yo con mis zapatos de agua no podía hacerlo. El remolino me chupaba como un vacío horrendo que todo lo engulle. Yo trataba de darme la vuelta, pero era en vano, porque perdía el equilibrio y caía de espaldas, y entonces el agua me arrastraba más rápidamente. Finalmente, tomé la decisión de erguirme y mirar frente a frente a mi destino. Era el fin del mundo, la nada, el horrible límite del mal. A partir de entonces ya no me acuerdo de nada, hasta aquí llega la memoria de mi sueño de niño. No he crecido nada desde entonces, y no sé cuánto tiempo ha pasado. Tan sólo sé que he dejado de ser niño, porque ya no tengo nadie con quien jugar en esta oscuridad inmensa, tan grande como el océano por el que caminaba, pero que no huele a sal, ni está poblada por criatura alguna. Tan sólo yo, mi tristeza y mi desgracia.

jueves, 7 de abril de 2011

Apuntes (LXXXVIII): Big ones


Ni rastro de poesía en las últimas semanas. No es que la eche de menos, pero me siento como si tuviera la obligación de invocarla, y a lo mejor haría bien haciéndolo. El arte como obligación, como tarea autoimpuesta. Musas cazadas al vuelo, retenidas contra su voluntad hasta que brota esplendoroso el poema.

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En la duda está la verdad.

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Ante la duda...

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¡Qué dos grandes verdades!
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No es para tanto, El gran Gatsby.

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Ayer, mientras iba conduciendo, pensé un aforismo ingeniosísimo, o al menos así me lo parecía a mí, y me prometí escribirlo en cuanto pudiera, pero se me olvidó, y ahora no lo pongo en pie. Una vez más he echado de menos el poder dictar mentalmente a un escribiente informático inventado por el Bill Gates de turno, y creo que aún tendré que esperar bastante tiempo.

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Lo peor era por las mañanas, cuando me despertaba con el alma en un puño, la angustia mordiendo mis sentidos, un pedazo de carne obligado a levantarse para fingir que vivía.

jueves, 3 de febrero de 2011

Apuntes (LVIII): Nada nuevo en cuatro siglos


Me tiembla el pulso al levantar la taza de café, y me tiembla la razón de cuando en cuando, estremecida por el pulso cotidiano y amenazante de la realidad.


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Lo mismo escribo en serio que de forma desenfadada, o chistosa, o provocadora, pero... ¿qué significa escribir en serio? ¿Acaso hay algo más serio y más profundo que el humor?

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Es bueno morir de cuando en cuando, para volver a nacer limpio, sin recuerdos.

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Si en la frente del hombre no estuviera escrita la avaricia, el capitalismo sería un sistema económico perfecto.

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Lo realmente difícil es escribir la primera línea.

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Nos habla don Guillermo desde sus cuatro siglos, y dice las mismas cosas que me cuenta el vecino, de cuando conoció a su mujer, lo mucho que tuvo que pasar hasta que al fin la tuvo, para él sólo, que no quería que nadie la mirase, y ella venga a salir, a presumir de vestidos, a pasear su alegría por las calles, y el vecino parado frente a mí, con la mirada perdida y la sangre resbalando por la punta del cuchillo, cayendo gota a gota, manchando sus zapatos.

miércoles, 2 de febrero de 2011

Nadie

Nadie estaba enfermo de melancolía. Hacía tiempo que había dejado su trabajo, y apenas hablaba ya con su familia, que le procuraba el sustento con el que lograr que el día de mañana fuera exactamente igual al de hoy, sin penas ni alegrías. Hubo un tiempo en que Nadie sufría, y con frecuencia las lágrimas rodaban sin motivo por sus mejillas cuando estaba a solas, pero poco a poco la angustia y la tristeza habían tornado en una dulce indiferencia, en un dejar pasar el tiempo como quien contempla el avance de las nubes blancas en un día claro.
Car il était langoureux
et la vie le traversait
Para engañar al tiempo Nadie escribía, y lo hacía sin pensar, como quien respira. Rellenaba una tras otra unas cuartillas blancas, inmaculadas, con su letra primorosa, usando pluma de ganso y tintero antiguo, que había comprado a un librero de viejo, quién sabe si heredada de algún bohemio loco. Conforme rellenaba las cuartillas las iba arrojando, y al final de la jornada el suelo quedaba tapizado de caligrafía, que daba gusto verlo. Nadie sólo escribía historias tristes y versos negros que no le hacían ningún daño, porque su alma se había teñido de una cómoda grisura. Reflejaba en el papel los sufrimientos de una manera hermosísima, y si alguien lo hubiera leído se habría estremecido de horror primero y de emoción después, porque gracias a que Nadie ya apenas sentía, era capaz de conjurar los recuerdos de su etapa más oscura como si le hubieran sucedido a otro, pero con el realismo que da el haber sido protagonista.

Los días pasaban, y el suelo se seguía llenando a diario de los poemas y las historias de Nadie, que nadie leía ni leería jamás, porque él mismo se encargaba de meterlos cada noche en una bolsa y arrojarlos a la basura. Lo que al principio era un mero ardid para matar las horas se convirtió en una obsesión para Nadie, que poco a poco empezó a escribir historias menos negras, y a inventar personajes luminosos, a los que revestía de ropajes galantes y que viajaban por el mundo fabricando sueños. Sus versos también fueron abandonando las tinieblas, y Nadie descubrió el placer de cantar a la naturaleza, a la vida, al amor. Se olvidó de las elegías y compuso églogas a la manera de Garcilaso, y cánticos, y poemas bañados por el sol, tan luminosos que hacían brillar la tinta. Hasta la pluma de ganso pareció cobrar vida y aleteaba airosamente mientras su dueño trazaba arabescos en el papel.

El ánimo de Nadie era ahora muy distinto, pero no dejaba traslucir esa alegría interior, quizá por miedo, o por vergüenza, y las pocas veces que salía de su casa caminaba como siempre, con la cabeza hundida en el abrigo y la mirada baja, para no dejar que su paz interior recién estrenada fuera perturbada por una mirada ajena. Tampoco había cambiado el trato con su familia, y aceptaba avergonzado el plato de comida que le ofrecían, así como las miradas resignadas que le dirigían. Así pasaron las semanas, y los meses, y a la par que aumentaba su gozo crecían sus remordimientos, porque no sabía cómo corresponder al cariño incondicional que le entregaban. Hasta que llegó un día en que entró en el cuarto su hijo pequeño, y él no lo oyó, absorto como estaba en la composición de uno de sus mejores poemas, con la cara iluminada de felicidad. Y el niño llamó a su madre, y a su hermana, y los tres contemplaron incrédulos cómo Nadie reía, y hacía gestos de alegría, y en lugar de tirar la cuartilla al suelo la guardaba en un cajón. Fue en ese preciso momento cuando Nadie descubrió los ojos que le miraban, y supo que ya nunca volvería a estar solo.

jueves, 20 de enero de 2011

चतुरङ्ग - Chaturanga


Hasta tres veces se cubrió el sol con un velo oscuro antes de la batalla. Un mal presagio para el enemigo: está escrito que nuestros héroes dejarán su sangre para que la justicia reine en Kurukshetra. Krishna ha hablado: 'Dharma Yuddha'. Pero ya han transcurrido dieciocho jornadas de lucha sangrienta. Lejos está el día en que, antes de despuntar el sol, los dos ejércitos se contemplaban majestuosos en la distancia, cada uno con sus cuatro miembros intactos: Ratha, Gaja, Asva, Padati. Mis hombres miraban al este, y Pandava al oeste, y el campo de batalla estaba virgen. Hemos vivido momentos terribles. Arjuna ha guerreado con una venda en los ojos para derribar a Drona, su maestro, y a Bhishma, que lo acunó entre sus brazos. Sus lágrimas taparon la sangre derramada y la guerra siguió su curso. La matanza era incesante; día tras día caían elefantes, carros, guerreros, y yo lo contemplaba todo desde un promontorio, protegido por mi guardia personal. Ahora la batalla llega a su fin; sólo doce guerreros siguen en pie, me acosan desde todos los flancos, vislumbro a lo lejos los carros comandados por Arjuna y los elefantes de Bhima. Sé que no veré alzarse un nuevo día. Oigo una voz superior que anuncia mi muerte, pero no les dejaré hundir la daga en mi pecho. Prefiero desplomarme junto a los seis fieles que me acompañan, y que las fieras devoren mi cuerpo. Jaque mate.

Nota: Este relato ha sido inspirado por este otro de Javier de Navascués.

lunes, 29 de noviembre de 2010

No tan surrealista como parece (traducido)

Vuelan bajos los grajos por Sevilla, cosa rara cuando llueve. El día pertenece a los perros, que campan a sus anchas por las calles desde el amanecer, y sus filas son engrosadas por una multitud de congéneres británicos que caen del cielo en compañía de innumerables gatos. Hasta se ha visto caer a Maradona, más orondo y chaparro que nunca, que ha rebotado en los adoquines y a estas horas continúa brincando por las calles como una pelota. En la hora del recreo un colegial ha perdido un pabellón auditivo, impulsado por el dedo corazón de un compañero inmisericorde, ante la mirada atónita de sus compañeros de bocas humeantes. A medida que la mañana ha ido avanzando la cosa ha empeorado, la gente ha sacado unos cuchillos patateros y ni cortos ni perezosos han comenzado a pelarse. Después de pelarse, todo el mundo se ha bajado los pantalones, se ha puesto en cuclillas y en la misma vía pública han comenzado a soltar una especie de coprolitos que caían a intervalos regulares, al ritmo de cloc-cloc-cloc en lugar de plof-plof-plof.

En estos momentos toda la fauna urbana (racional e irracional) se encamina hacia los astilleros del puerto, donde está a punto de botarse un navío, y está buscando acomodo en los sitios más inverosímiles. No tengo más remedio que dejar esta crónica apresurada para ocupar mi puesto junto al puente de mando. No llego con las manos vacías: aporto dos parejas de animales muy animales.

Hasta la vista.

TRADUCCIÓN

En Sevillla hace un frío del carajo; un día de perros. Llueven perros y gatos (ver English dictionary). Cae un chaparrón. Hace tanto frío que en el recreo los niños echan humito al respirar. Uno de ellos le ha dado un chorlito en la oreja a un compañero y la oreja ha salido andando. La cosa ha ido a peor: un frío que pela, un frío que te cagas.

(El resto ya es una paranoia del arca de Noé).