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martes, 19 de noviembre de 2013

De traducciones, higueras y peces de Babel



Estoy leyendo en su versión original en inglés un interesante ensayo de David Bellos sobre la traducción. Su título: Is That a Fish in Your Ear?: Translation and the Meaning of Everything. En español se ha traducido como Un pez en la higuera. Una historia fabulosa de la traducción. Mal empezamos. Uno de los axiomas que se proponen es que a efectos de comunicación lo inefable es irrelevante, precisamente porque no se puede transmitir, y en consecuencia todo lo que pueda ser expresado en un lenguaje lo puede ser también en otro, incluyendo la poesía, de la que son muchos los que afirman que es intraducible, y en todo caso da lugar a un poema nuevo. Estamos de acuerdo con la sutil disquisición del autor, pero lo que ya no se ve tan claro es la posibilidad de transmitir esa idea, ese mensaje, de una manera fidedigna. En las instrucciones de una lavadora la labor es mucho más sencilla que en un poema, donde el traductor debe ser él mismo un poeta para producir ese efecto milagroso de comunicación que no desvirtúe el original, ni para mal ni, ojo, tampoco para bien, pues no son pocos los casos de traducciones de poemas más brillantes que su fuente, lo que no sé si es loable desde el punto de vista utilitario de la labor de la traducción. No hay que irse muy lejos para comprobar un ejemplo de lo que digo: el propio título del ensayo en inglés, Is That a Fish in Your Ear, hace referencia al serial británico de ciencia ficción The Hitchhiker's Guide to the Galaxy, emitido originalmente por BBC Radio en los años 70 y convertido posteriormente en cómic, libros, series de TV e incluso película. En el mundo anglosajón goza de enorme éxito, y en él aparece el llamado Pez de Babel, descrito en Wikipedia en estos términos: "The Babel fish is small, yellow, leech-like, and probably the oddest thing in the universe. It feeds on brain wave energy, absorbing all unconscious frequencies and then excreting telepathically a matrix formed from the conscious frequencies and nerve signals picked up from the speech centres of the brain, the practical upshot of which is that if you stick one in your ear, you can instantly understand anything said to you in any form of language: the speech you hear decodes the brain wave matrix." En definitiva, un pez que se introduce en tu oído y hace de traductor simultáneo, de modo que se puede entender cualquier palabra que nos digan, por muy extraño que sea el lenguaje. Evidentemente, en el mundo de habla hispana no tenemos la referencia cultural de este intrépido pececillo, por lo que una traducción literal como Es un pez eso que tienes en el oído? no cumpliría con el objetivo de comunicación. Se ha optado por lo del pez en la higuera, pero, francamente, no veo la relación con el mensaje del título original. Se podría haber puesto como título el contenido de la presente entrada, pero me temo que los editores no habrían tragado. Entonces, ¿qué traducción hay para ese título? ¿No sería un título "intraducible"? Me gustaría que Mr. Bellos contestara a esta pregunta, aunque fuera en arameo.

viernes, 15 de noviembre de 2013

De tertulias



Ayer me reuní después de demasiado tiempo con mis amigos de tertulia: José Manuel, Ramón, Jesús, Alonso, Fernando... Bastantes ausencias, muchas ya cantadas, pero lo importante es que sigamos viéndonos, mantener viva esa modesta llama de inquietud, vivencias y conocimiento compartido, que es precisamente lo que echamos de menos en nuestra vida diaria, sometidos a las urgencias del día a día y rodeados de seres queridos y no tan queridos pero con los que normalmente no podemos comunicarnos en esa clave nutricia (perdón por la pedantería), condenados a rumiar nuestros afanes creativos en jornadas de lectura y escritura tan intensas como solitarias.

Y lo mejor de esta tertulia nuestra es el desparpajo y la libertad, algo que por desgracia no es demasiado común entre literatos y sucedáneos: en el planeta libro las puñaladas corren como en una tragedia de Shakespeare, y no digamos ya en la poesía: la gente se encastilla en su propia excelsitud y forma sectas que dejan al tan criticado Opus Dei a la altura de un club campestre. Y es que tenemos la funesta manía de rodearnos de gente que piensa exactamente igual que nosotros sin darnos cuenta de que eso empobrece nuestras relaciones. De acuerdo con que a todo el mundo le gusta sentirse respaldado en sus planteamientos vitales, y también es cierto que la compañía reconforta, pero la búsqueda de la verdad (e, incluso, de la belleza) pasa por confrontar ideas, intercambiar puntos de vista y sobre todo huir de las ideologías, vecinas cercanas del fanatismo.

Así que hoy me he levantado contento de ver de nuevo a mis amigos, tan conservadores ellos, tan católicos (sobre todo uno), porque me sienta bien su compañía a pesar de que seamos tan distintos. O quizá es que no somos distintos, sino que vemos la vida de manera distinta, lo cuál es muy distinto, valga la distintuntancia. A todos ellos (presentes y ausentes) dedico mi entrada.

P.S. El tema estrella de la tertulia de ayer fue el chapapote blanco.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

De teologías


Para una mente científica como la mía la teología es pura entelequia, un castillo de naipes al que consagran sus mejores horas ciertos fanáticos iluminados, brillantes a su manera y bastante peligrosos. Pero como además de científica mi mente es abierta, concedámosles un minúsculo atisbo de verosimilitud.

Humildad, eso ya no me lo pidáis.

sábado, 11 de mayo de 2013

Del Tiempo


El Tiempo es nuestro amo. Nos aupamos a él al nacer y ya es imposible descabalgar. Es una cárcel implacable que nos conduce a la muerte, y a cada instante van subiendo en su lomo nuevos pasajeros que nos acompañarán en nuestro destino antes o después, con los que compartimos cabalgadura y sabemos unos de otros mediante un invento llamado historia. Quiero pensar que el Tiempo, nuestro Tiempo, no es único, y existen multitud de caballos alados que recorren caminos paralelos, gentes con historias diversas cuyos caminos nunca se cruzan, y que pueblan con una cuarta dimensión un mundo multiplicado hasta el infinito. Un mundo inconmensurable, múltiple de hombres y otros seres, de cosas que giran en espacios y tiempos innúmeros. Y aun así creemos, con razón, que somos algo... 

martes, 23 de octubre de 2012

De panes y no tan panes


Proliferan desde hace años por los supermercados, gasolineras, tiendas y colmados de nuestra península unos productos indignos a los que injustamente se les llama pan, y que están echando por tierra el prestigio de que ha gozado el alimento más noble que ha dado la tierra, presente desde tiempos bíblicos. Me refiero, cómo no, a esas "andaluzas", baguettes, panes supuestamente "de pueblo" o "de horno de leña", que no han visto más horno que la especie de microondas del tamaño de un frigorífico donde el dueño del establecimiento introduce cada poco tiempo una bandeja repleta de masa precongelada, insípida, chiclosa, mezcla de los ingredientes más antinaturales, sopa de emulgentes y conservantes, que al poco tiempo y al toque de un "ding" se convierte en bateas de pan humeante y apetitoso. Apetitoso sólo en apariencia, claro está, pues se trata de un pan sin sustancia, sin miga: hágase la prueba de mezclarlo con agua una vez duro para echarlo de comer a las palomas y se verá en lo que queda. Si ese "pan" se consume en caliente está crujiente y entra bien, cómo no, pero en cuanto se enfría pasa a ser un engendro, un chicle de harina de mala calidad que no hay quien coma, y cuya baratura resulta engañosa, pues además de la poca sustancia resulta indigno llamar pan a ese alimento. Pan es la hogaza de un kilogramo que compro en Alájar, que dura días y días, y cuya miga tiene "miga", como toda la vida de Dios, o también los bollos y otras piezas de panadería que compro aún en Sevilla -todavía llegan a algunas tiendas-. En mi casa estamos acostumbrados a eso, y lo notamos en el paladar si probamos ese otro "pan" que por desgracia se está imponiendo y que nos acecha por todos lados. Basta hacer una prueba: prueben a buscar pan auténtico en Carrefour, o en Mercadona, o en Hipercor. Por muy apetitosas que parezcan las piezas, lean los ingredientes: basura precongelada, probablemente nociva. ¡Como un día pase factura lo que nos metemos en el body...!

martes, 11 de septiembre de 2012

De toros, pollos, godos y otros animales


Se considera un avance fundamental de nuestra civilización la abolición de espectáculos considerados bárbaros, como por ejemplo tirar una cabra desde lo alto de un campanario o alancear un toro hasta la muerte por los campos de Tordesillas. Los ingleses, que como se sabe son mucho más civilizados que nosotros al no provenir su cultura del Mediterráneo, se escandalizan con la caza de un zorro, prohibida desde hace años pero practicada impunemente por miles de cazadores que no quieren perder sus tradiciones, ahora menos que nunca. Si hablamos de nuestra Fiesta Nacional la cosa se pone fea: cada vez son más los que levantan la voz clamando contra un barbarismo propio de la época de las cavernas. Rara vez se paran mientes en que esta fiesta hunde sus raíces en la civilización minoica, por lo que cuenta con una tradición de cinco mil años, época en que los bretones, sajones y demás pueblos barbáricos andaban dando barrigazos por los bosques del norte de Europa, cazando lo que pillaban con hachas de sílex. Digo yo que griegos, españoles, italianos y, si me apuran, los búlgaros descendientes de los tracios, podemos estar orgullosos de nuestros orígenes, de nuestra cultura, de nuestros mitos y de todo lo que han aportado los distintos pueblos que han pasado por nuestras tierras, empezando por los helenos y los fenicios para dar paso a romanos, godos (ahí está nuestro único lunar), árabes y un sinfín de personajes de origen más o menos dudoso que nos han hecho ser lo que somos, con nuestras virtudes y también nuestros defectos. Y viene todo esto a lo que contaba al principio de la lucha sin cuartel contra tradiciones como la de los toros. Resulta que en cuestión de unas décadas nos hemos vuelto tremendamente sensibles a la sangre de ese noble animal manchando su lomo, o al espectáculo de la muerte en directo. Sin embargo, comemos todos los días con la compañía de un telediario que nos muestra cadáveres desfigurados después de un atentado terrorista, o niños abandonados en medio de la calle. Recientemente veía un vídeo en que un niño era atropellado en China por un camión y nadie se acercaba a socorrerle: su cuerpo seguía tendido en el suelo ante la mirada indiferente de transeúntes y conductores. Probablemente no llegemos aquí a ese grado de inhumanidad, pero cuando vemos emplear la violencia cerca nuestra, en un atraco o simplemente un hombre pegando a su mujer, nadie se acerca a mediar, por miedo a salir mal parado. Ese civismo que manifestamos oponiéndonos a los toros se convierte en inoperancia, en tolerancia del mal, cuando salimos a la calle. Se pone la excusa de que la sociedad no está para meterse en peleas, pero la sociedad somos nosotros: esa misma sociedad que se echa a la calle pidiendo el fin de la Fiesta podría reservar algo de energía para defender también algunos derechos de las personas, y no sólo con la ley. No es bárbara la Fiesta: es cruel, como la vida, y en ella mueren animales que de otro modo no habrían vivido. Bárbaro es comer un filete de un pobre pollo de granja torturado horriblemente durante su corta vida mientras vemos desfilar delante de nosotros las injusticias más grandes en el mal nuestro de cada día.

martes, 28 de agosto de 2012

De inspiración, oficio y pócimas mágicas


En un escritor operan dos fuerzas primordiales: una es el oficio, y la otra eso que se da en llamar inspiración. El oficio es un seguro de vida, nunca defrauda: los rudimentos aprendidos y la práctica adquirida hacen salir más o menos airoso de cualquier situación. La inspiración, sin embargo, es un factor externo, si bien no del todo incontrolable. Entiendo por inspiración aquel estado de ánimo que predispone a un artista para crear. Dicho estado de ánimo se presenta a veces de improviso, y con una fuerza inusitada, pero la mayoría de las ocasiones es convocado por el escritor, y aunque no siempre acude todo lo solícito que debiera, suele aparecer con mayor o menor prestancia para encender la mecha del genio  —supondremos generosamente su existencia—. Esta forma de inspiración domesticada es muy útil para los escritores profesionales, que al vivir de su arte se ven obligados a imponerse un horario, una rutina, y que por tanto tienen siempre dispuesto en su escritorio un lugar para el geniecillo de la lámpara, que les ha de ayudar en su tarea. El problema, o más bien la bendición, surge cuando la inspiración visita al artista de improviso, por ejemplo en un paseo por el campo, en la cama, en el amor o en la guerra, que para el caso es lo mismo. En ese caso salen ganando los poetas que llevan siempre preparado su cuaderno de notas, y son capaces de parar una ofensiva con tal de atender a su esperadísima invitada. Tan sólo unos apuntes bastan para empezar la obra de arte que ya habrá tiempo de acabar más adelante. Cualquier distracción resulta nefasta, y si no que se lo digan al pobre de Coleridge, que en pleno trance creador de su poema Kubla Khan fue importunado por un vecino de la vecina población de Porlock, que tras hacerle la visita dejó al poeta seco de ingenio, y por su culpa ese grandioso poema quedó inacabado —aunque, quién sabe, su fama quizá se deba a ese aura de misterio—. También hay quien dice que en ese trance tuvo mucho que ver el opio: es notorio que casi ningún poeta pasaría un control antidoping, pero esa es otra historia, lo que cuenta es el resultado, y si hay que invocar a los espíritus con pócimas sagradas de dudoso contenido pues se hace, todo sea en pro de la poesía.

Y dejo aquí este inicio de ensayo, que se ha quedado en unas inconexas disquisiciones sobre el arte y el artista, y que juro por mi honor he escrito únicamente con mi oficio, pues hace ya unos meses que por mucho que llamo y espero a la inspiración, ésta no viene: a lo mejor es que se trata de ir a buscarla.

martes, 24 de julio de 2012

Del espacio, el tiempo y el destino


El hombre habita un espacio; al menos eso nos indican nuestros sentidos. El espacio que habitamos es la referencia más evidente que tenemos del discurrir de nuestra vida, y está formado por una porción más o menos grande del planeta Tierra, con una diversidad asombrosa, aunque por lo general nos movemos en un tramo muy reducido, incluso hoy en día con las posibilidades de viajar rápidamente. Sabemos también que hay otros espacios fuera de nuestro planeta, en el Universo, en forma de estrellas, otros planetas, satélites, galaxias, agujeros negros… Poco a poco y gracias a la ciencia vamos conociendo la amplitud y características del espacio universal, pero estamos muy lejos de habitarlo, si es que alguna vez lo haremos. Pero no quería hablar hoy tanto del espacio como del tiempo, esa otra dimensión presente en nuestra vida y a la que no se le suele prestar la debida atención. Muchos, sin reflexionar lo suficiente, piensan que el tiempo nos atraviesa, como si fuera algo que “pasa”, y deja su huella implacable sobre nosotros. Sin embargo, ello no es así: el tiempo es una dimensión más, igual que la dimensión espacial, pero con una función distinta en nuestra vida. Imaginemos una larga cinta transportadora de las que hay en los aeropuertos. Esa cinta sería el tiempo, y nosotros los pasajeros que transporta. En el inicio de la cinta van subiendo pasajeros, que serían los seres humanos que nacen. Supongamos que junto a la cinta hay unas marcas de longitud, de modo que cada metro recorrido supone un año de vida, y en el momento de la muerte se abre un agujero negro a los pies del viajero, que lo engulle. Así, un hombre que muriera a los 70 años vería cómo a los 70 m de recorrido de la cinta un agujero negro se abriría a sus pies, y si una mujer que nació exactamente el mismo día que él llega a los 100 años el agujero se le abriría a los 100 metros. Esta magnitud temporal tiene también una particularidad, y es que los que se van incorporando a la cinta (los que van naciendo) tienen noticia de lo acontecido a muchas personas que murieron antes que ellos. Por ejemplo, el agujero que se tragó a Napoleón se abrió hace casi doscientos años; es decir, se puede vislumbrar aún, abierto, a 200 metros, y nosotros sabemos lo que ocurrió a Napoleón en su viaje, y las consecuencias que tuvo. Como la cinta es infinita, se puede vislumbrar más lejos, a kilómetros (cada kilómetro es un milenio), pero la información que tenemos de fenómenos lejanos se va haciendo más escasa. Tenemos, pues, una cinta en donde vamos subidos (el tiempo), y un paisaje que rodea a esa cinta (el espacio), pero de ningún modo nos debemos mantener quietos mientras viajamos, sino que circulamos por ese espacio, donde nos relacionamos con otros seres, aunque vayan por delante y por detrás de la cinta. Lo que nunca podremos hacer es alcanzar a averiguar qué sucede no más allá de la cinta, que al fin y al cabo es un tiempo abarcable, sino por debajo de la cinta, dentro del agujero negro que se abre una sola vez para cada uno de nosotros. Y tampoco sabemos nada de otro “momento” no menos tenebroso e inquietante: lo que acontece antes de subirnos en la cinta, antes de nuestro nacimiento. La cinta va avanzando implacable, infinita, pero en su origen aparece por debajo una cinta nueva donde se suben los recién nacidos. ¿De dónde viene esa cinta? ¿Hay alguien ahí? ¿Está conectado de algún modo ese origen con los agujeros negros de la muerte?

Con nuestra razón, que es la única herramienta que nos ha sido concedida, podemos saber dónde estamos, cuándo nacemos, cuántos años han transcurrido desde que nacimos. A partir de ahí surgen todas nuestras ciencias; surge el arte, se desentrañan los misterios de la vida. Pero siempre quedarán otros misterios a donde no podremos acceder; unos lugares a los que el hombre siempre ha viajado con su imaginación, o con sus creencias especulativas. Hay una enorme región que está más allá de cien metros de cinta, un infinito aterrador que no sólo acecha tras nuestra muerte, sino que se cierra amenazante justo cuando nacemos a la vida. Es la “no vida”. Precisamente ahí es donde está nuestro destino.

lunes, 16 de julio de 2012

De la felicidad


Se han escrito muchos tratados sobre la felicidad, de los cuáles yo no he leído ninguno, lo que me autoriza a decir que se trata de una cualidad bien sencilla, aunque cada vez más escasa: es feliz quien está satisfecho con lo que es, con lo que hace y con lo que tiene. Este estado de satisfacción es mucho más fácil de lograr si las necesidades son pocas, lo que me lleva a pensar que el sistema económico capitalista y, más concretamente el marketing, ciencia que tengo la desgracia de enseñar, son unos enemigos terribles de la felicidad. Las posesiones materiales forman un obstáculo claro ante el afán de ser feliz, pues no traen más que preocupaciones e insatisfacciones: después de una posesión viene el ansia por otra, y por otra. Se trata, pues, de desprenderse poco a poco de aquellas cosas que creemos necesarias pero en realidad no lo son, como si fueran las capas de una cebolla. No es preciso llegar al extremo de Diógenes y su famoso tonel, pero sí es cierto que resulta una experiencia bastante vivificante desprenderse de posesiones que nos sobran, como por ejemplo tres cuartas partes de los artilugios electrónicos que tenemos en casa, buena parte de nuestra biblioteca o, para los más valientes y a la vez más ambiciosos, el teléfono móvil —la conexión a internet, aunque peligrosa, yo no lo tocaría, pues es una de las diez cosas que me llevaría a una isla desierta—.

La felicidad, pues, está en nosotros, pero el medio en que vivimos es hostil, más de lo que ha sido en cualquier otro momento de la historia. Siempre ha existido la miseria, claro está, y la persona que no tiene posibilidad de comer, vestirse, resguardarse… está condenada a la infelicidad, pero en la vida de la gente sencilla de otros tiempos no todo han sido penurias: también ha habido lugar para años de buenas cosechas, bailes, descansos dominicales… y cada momento de ésos era un regalo que se agradecía profundamente. El hombre del siglo XXI ha perdido en gran parte esa facultad; precisamente Diógenes, mientras comía lentejas, respondía a Aristipo, que le aseguraba que si fuera sumiso al rey no tendría que comer esa basura, diciéndole que si él hubiera aprendido a comer lentejas no tendría que adular al rey. Y es que ya no sabemos comer lentejas, porque perdemos el tiempo en perseguir unas liebres apetitosas y veloces a las que nunca damos caza, y siempre estamos con hambre.

Yo considero que la felicidad tiene dos vertientes: una de ellas es interna, y consiste en ese estado de satisfacción a que hecho referencia antes, pero también hay un elemento externo, incontrolable, que afecta a nuestra felicidad incluso si nuestras necesidades están satisfechas. Me refiero a la posibilidad de que nos acontezca una desgracia; por ejemplo, una enfermedad grave o la pérdida de un ser querido. En ese caso lo que importa no son las necesidades, sino nuestro estado anímico, que dependiendo de cómo encajemos el golpe nos causará una infelicidad de cierto grado y duración. Hasta el sabio Diógenes desnudo, solitario y con un tonel por vivienda padecería de algún modo ante una calamidad, si bien en su caso las probabilidades se reducen. No está en nuestras manos evitar tales desgracias, pero sí podemos aprender a asumirlas, a incorporarlas a nuestra experiencia vital. Las religiones prometen ayuda en este sentido, pero no es necesario ser creyente para vivir feliz: basta con ser filósofo; es decir, persona.

Y dejo ya aquí estos apuntes, pues no quiero que se conviertan en un tratado que luego no lea nadie. Todos tenemos nuestra propia percepción de algo tan íntimo como la felicidad, y en este caso he querido compartir la mía. No vienen mal unos remansos de calma, de valorar lo que es realmente importante, entre tantas batallas que se libran ahí fuera.

martes, 12 de junio de 2012

Apuntes (165): De soledades


Del único libro que he leído -y sólo a medias- de Philip Roth, American Pastoral, me quedó como imagen imborrable el retrato que hace de la sociedad norteamericana. Cómo un jubilado divorciado y con una hija que vive a mil kilómetros de distancia, usa sus ahorros para ir a vivir solo a un complejo residencial de lujo pensado para la tercera edad, y cuando enferma acude gracias a su seguro médico a un prestigioso hospital privado donde le diagnostican una grave enfermedad cardiaca que requiere cirugía. Para no alarmar a su hija no le dice nada, y el día señalado llega a una fría sala de espera que comparte con dos o tres personas más, igualmente solas. Fue su última visión: no sobrevivió al quirófano.


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También pinta Roth en ese libro a un personaje, "Swede" Levov, prototipo de todos los valores positivos americanos: atlético, inteligente, bien parecido, la figura local en el deporte, ídolo de todas, y también de todos, pero que al cabo del tiempo, cuando vuelve a aparecer ya adulto, rico y triunfador, se revela como un ser desgraciado incapaz de reaccionar ante el más mínimo dilema, un producto hecho a medida de la sociedad en la que vive, prisionero de su propio éxito sin sustancia.
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Aquí en España, y sospecho que también en Italia, en Portugal, en Grecia y en Irlanda, tendremos otros problemas, pero la soledad no ha desembarcado aún, al menos en la misma medida que en los países anglosajones. Basta pasear por ciudades como Sevilla, en el barrio de Triana, o en muchos pueblos del sur donde la gente vive literalmente en la calle y se respiran vapores de guisos suculentos de donde lo mismo comen tres que treinta, para confortarnos hasta cierto punto pensando en que por muy mal que vengan las cosas nunca estaremos solos, y las hambres de la posguerra están tan lejos que parece imposible volver a ellas. Y lo mejor: no suenan los tambores de guerra, que son los que siempre han anunciado las peores calamidades.

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La imagen más patente de la soledad es la de esa viejecita británica estrafalaria que pasea cuatro perrillos vestidos con un jersey y atados de una correa.

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La radio puso palabras a la soledad; la televisión mostró a los dueños de esas voces, y con Internet pudimos hablar con ellos. Pero no dejan de ser unos extraños, unos espejos fríos que nos devuelven nuestra zozobra.

lunes, 23 de abril de 2012

De ídolos y otras chorradas


Del mismo modo que jamás me ha alumbrado la idea de Dios y ni siquiera he albergado sospechas de que pueda existir algo allá de una "cosa" que dé algún sentido a este tinglado extraño donde vivimos, tampoco he reconocido ningún ídolo, alguien a quien venerar, rendir pleitesía hasta el punto de querer conocerle en persona o recorrer cientos de kilómetros para divisarlo de lejos mezclado con la multitud. Eso no quiere decir que no admire a nadie; al revés: me quito el sombrero ante la labor de tantas personas anónimas que se dedican a hacer el bien de forma callada, o ésos que con su mera presencia hacen la vida más fácil a los que les rodean, porque tienen el don maravilloso de fabricar alegría. Pero a esos deportistas que cobran millones de euros y andan por el mundo exhibiendo sus plumas de pavo real, a los que emplean el talento que han recibido de la naturaleza para perseguir o golpear una pelota, para conducir un coche a trescientos kilómetros por hora o a correr como posesos para ganar centésimas de segundo al cronómetro, a ésos no los admiro. Me pueden divertir, hacerme pasar un buen rato sentado en el sillón, pero no tienen nada especial que les haga dignos de admiración, ni siquiera el afán de superación, porque se me ocurren mejores formas para que una persona se supere, más plenas. Y si nos vamos a ésos que arriesgan su vida absurdamente para alcanzar un pico remoto, que mueren en vano tantas veces dejando a su familia preguntándose por qué acudieron a una cita con la muerte, a ésos más bien los desprecio por cobardes, porque sólo un cobarde huye de ese modo de sus responsabilidades con la vida, con aquéllos que lo quieren.

Tampoco tengo ídolos entre los poetas, ni entre los escritores. En todo caso puedo admirar su obra, pero no a su persona: no tengo motivos para ello, está bien lo que hicieron, algunos son dignos de admirar por lo que nos dicen sus biografías, mientras que otros son más bien despreciables, pero... ¿ídolos? Si me encontrara por la calle el espíritu de Cervantes huiría despavorido, y si viajara en el tiempo hasta el siglo XVI, me asomara a su cuarto de trabajo y le viera escribiendo el Quijote saldría procurando no hacer ruido para no distraerle, no fuera a ser que le cambiara el nombre a Dulcinea, matara a Sancho de una caída del rucio o algo parecido.

Así que no, no me verá nadie envuelto en una bandera aclamando a los héroes del momento, ni viajando a Chile para conocer a Nicanor Parra antes de que se muera (más que nada porque es capaz de palmarla mientras viajo), o saludando a Obama (de nuestro rey ya ni te cuento, prefiero conocer a un elefante), ni dando una collejita a Bono (el irlandés, se entiende), ni pegando un tirón de la peluca a Bach (a éste es quizá al que mas admiro, pero con esa pinta no puede ser un ídolo). Con Anna Netrebko la cosa cambia: estoy dispuesta a idolatrarla si a cambio ella me corresponde como es debido. Por lo demás, dejo los ídolos para los becerros, o los becerros para los ídolos, que para el caso es igual.

martes, 28 de febrero de 2012

De nubes y lluvias cibernéticas


Una nube se está cerniendo sobre nuestras cabezas hace ya varios años. Todo empezó con un charco que fue apareciendo en los hogares en forma de bytes, megabytes y gigabytes, hasta que llegó un momento en que, aupado por las tres w, el charco fue apuntando a los cielos en una especie de ascensión cibernética. Al principio la gente seguía confiando en los embalses de datos acumulados en discos duros, pen drives y DVDs, pero poco a poco fue descubriendo las ventajas de esa nube incipiente que cubría con su manto protector nuestras andanzas por los ordenadores del país. Más recientemente hemos logrado que la nube nos persiga, como en aquellas imágenes entrañables de la Pantera Rosa, y gracias a nuestros flamantes smartphones conseguimos hacer que llueva con un simple toque digital, inundándonos de datos, fotografías y programas que se han instalado en las alturas para liberar de espacio a nuestros dispositivos informáticos. La cosa ha ido a más, y hoy se alojan en la ubicua nube nuestros datos bancarios, incluidas las cifras que componen el saldo de nuestras cuentas corrientes, inversiones en bolsa, nóminas, recibos, préstamos y operaciones con las tarjetas de crédito. Los bancos han dejado de enviarnos recibos en papel, movidos por una sospechosa fiebre ecológica, y nos conectamos a la nube para realizar transferencias, comprobar saldos, abrir depósitos y autorizar operaciones. Nuestros ahorros están custodiados por una forma vaporosa, invisible, hecha de códigos binarios que podrían desaparecer en cualquier momento, porque... ¿qué sucedería si de repente la nube sufriera un apagón irreversible? ¿Dónde quedarían nuestros dineros, nuestras claves de Internet, nuestras fotografías y nuestros escritos destilados pacientemente en blogs como éste? Si la nube lloviera de forma torrencial el suelo quedaría inundado de impulsos electrónicos que se disolverían como azucarillos sin dejar huella. Nuestras hipotecas quedarían canceladas por falta de evidencia -¡bien!-, lo mismo que nuestros ahorros -¡glup!-. El escaso efectivo que guardáramos en casa sería un tesoro inestimable, el único medio de adquirir lo necesario para vivir. Los sinvergüenzas acaparadores de dinero negro serían los reyes, y los yernos de los reyes. La gente volvería a agarrarse a la tierra, que sólo entiende de nubes blancas y negras hechas de agua. La Economía volvería a ser una ciencia útil y simple, libre del lastre de las finanzas. La gente se dedicaría a producir cosas necesarias para vivir, y no bagatelas superfluas y esclavizadoras. Podríamos aprovechar los conocimientos acumulados durante siglos al servcio del bienestar, y si volviéramos a divisar esa nube nefasta en el horizonte romperíamos a martillazos todo el hardware imprescindible para que su contenido se condense en la tierra. La dejaríamos pasar como una mala pesadilla, perdiéndose en el espacio de los protones imposibles, del que nunca debió salir.

jueves, 19 de enero de 2012

De la risa


La risa es patrimonio de los humildes, de los que tienen el alma limpia y clara, de los que iluminan sus ojos cuando contemplan unos niños jugando o una puesta de sol en el mar de septiembre con unos pescadores a contraluz. Ríen los niños pobres cuando juegan descalzos en las calles de tierra, y ríen sus madres que los cuidan con amor. La risa no se inventa, ni se compra: sale de lo más profundo de nuestro ser. Cuando reímos somos felices, aunque sea por un instante. Luego volvemos a nuestras ocupaciones serias, a nuestras preocupaciones, a nuestras tristezas, y la llama de la risa se apaga en nuestro interior, pero no se extingue: basta un soplo de alegría y estalla de nuevo en nuestra boca como un agua que purifica el aire que respiramos. Hay que compadecer a los hombres que no ríen, porque ellos son desgraciados, aunque tengan muchas riquezas, aunque tengan mucho poder; ese mismo poder es la causa de su desgracia. Sus carcajadas orgullosas resuenan huecas en nuestros oídos, secas como el dinero de que están hechas. La risa no es ambiciosa, sino humilde; no es vana, sino auténtica; es el regalo más sencillo y más preciado que nos ha legado el Creador. Dediquémonos a despilfarrar las risas, pues nunca se gastan; llenemos el mundo de risas; aprendamos de nuestros hijos: que ellos nos lleven de la mano a encontrarnos con el niño que fuimos, hacia ese mundo feliz poblado de sones transparentes y cristalinos que es lo más cerca que estaremos nunca de la felicidad.

viernes, 2 de diciembre de 2011

De premios y premiados


Las ferias y tinglados que se forman en torno a los premios literarios tienen poco de literario y mucho de mundano. Un premio es, en esencia, un reconocimiento, pero esto no significa que la persona premiada deba ser, a partir del infausto día en que le tocó esa lotería (restringida, pero lotería al fin y al cabo), admirada, alabada o incluso venerada por muchos que hasta ese momento no habían oído hablar del personaje, o bien sí sabían de él pero no se habían dignado a perder un instante de su precioso tiempo en leer la obra de nuestro hombre. Sujetos que, eso sí, se apresuran a acudir a unos grandes almacenes para comprar sus obras completas en unas sospechosas ediciones ad hoc. Por no hablar de los defensores a ultranza de-toda-la-vida del escritor sorpresivamente premiado; ésos que le defendieron a capa y espada en los tiempos malos, que lucharon a brazo partido para que el mundo reconociera su valía, tomándolo como bandera de sus elevados cánones literarios. Cabría esperar que estos exégetas quedaran más que satisfechos con la justicia impartida a su causa, y efectivamente así sucede durante los primeros días, en que ellos andan ufanos diciendo a quien quiere escucharles las veces que habían dicho que este feliz acontecimiento habría de suceder; lo grande que había sido su perspicacia; lo ciegos que estaban todos menos ellos. Pero al pasar los días les irá invadiendo un sentimiento insano, primero de estupor, luego de rabia y al fin de espanto, cuando comprenden que han perdido el monopolio sobre su poeta adorado: ahora todos hablan de él en prensa, en radio, en las tertulias… Literatos insignes que jamás se habían pronunciado hablan a todas horas como si fueran conocedores profundos de su obra, y raro es quien dice que no lo ha leído nunca. Esto, claro está, va minando su moral, su prurito de admirador pionero, dándose el caso frecuente de que al cabo de unos meses nuestro crítico despechado eche sapos y culebras por su boca y por su pluma, rebajando el mérito de su adorado escritor, que es ahora el blanco de su desprecio. Tras este desahogo, marchan resignados en busca de un nuevo desconocido ilustre en quien fundar nuevas esperanzas.

Creo yo que estamos en condiciones de afirmar que la entrega de premios hace un flaco favor a la literatura. En primer lugar, y en el caso de un premio importante, su ganador queda despojado de todas las horas de su vida que aún estaban disponibles para crear. Esto, que no es un drama en casos como el de don Nicanor Parra, reciente premio Cervantes a los 97 años, sí es una tragedia en el caso de escritores buenos y jóvenes con mucho tiempo por delante. No es raro el caso de un premio Nobel que no volvió a escribir nada decente en su vida tras la concesión del premio (algunos, ni incluso antes). A partir de la fecha nefanda deberán atenderse entrevistas, oír ofertas de editoriales sobre libros que deben acabarse en seis meses, administrar el importante patrimonio adquirido gracias a esos engendros, leer y releer los artículos elogiosos aparecidos en prensa y procurar no salir volando por los aires hinchados como el piloto automático de Aterriza como puedas. Y no son los premiados los únicos que pierden, no, pues también habrá poetas que, cegados por el brillo del nuevo astro, dilapiden su talento, si es que tienen alguno, en imitar al maestro. En el otro extremo estará la cohorte de envidiosos que creen tener muchos más méritos para llevarse el galardón, cuya bilis segregada les impedirá durante un tiempo hacer nada más productivo que escribir diatribas que nadie les publicará.

Queden, pues, los premios para los premiados, el reconocimiento para quienes lo merezcan, y duerma la envidia recogida en los corazoncitos de tantos y tantos escritores modestos. Acúdase con moderación a los saraos literarios, peligroso foco de infección, y recuerde el escritor honrado y consecuente que su obra ha de hacerse en soledad, y que para divertirse mejor se está con los amigos.

jueves, 10 de noviembre de 2011

De humildades


Para ser bueno antes hay que ser humilde; y también para ser sabio. Quien no sabe ver más allá de sus propios logros jamás podrá avanzar en la búsqueda de la Verdad. Y la Verdad es una meta humilde, no encontrarás en ella la gloria. La Verdad está desnuda, y por eso es más difícil vislumbrarla. La Verdad es veloz, y escapa siempre a nuestros intentos de atraparla, pero al recorrer los caminos que Ella recorrió nos nutrimos de su ausencia. Quien no es humilde es soberbio, vano, orgulloso, altanero, despojado de todo vestigio de sabiduría, y por eso mismo es despreciable. Y es que los sabios y los humildes deben estar versados en el desprecio. El desprecio mantiene alejados a los indeseables, y despeja el camino difícil hacia la felicidad, el placer y la Verdad.

La humildad es una cualidad que raramente se observa en estado puro; ni siquiera en una proporción suficiente como para contarse entre las virtudes de un hombre. Los virtuosos son humildes, y es ésta su principal virtud. La humildad está reñida con el poder; no se hallará ningún humilde entre los príncipes, obispos, altos directivos de empresas, millonarios que se han labrado su propia fortuna, alcaldes, concejales, presidentes y ministros. Para ganar su poder todos ellos habrán forzado a otros. La vanidad les mueve, y desempeñan sus puestos con soberbia.

Los humildes sienten una compasión sincera, no ese sentimiento de culpa de los altaneros, que echan migajas a los pobres para tranquilizar sus conciencias. Si todos fuéramos humildes no habría guerras, las injusticias serían menos injustas, seríamos felices y viviríamos más años. No existiría tanta riqueza, porque gran parte de ésta nace de la avaricia, pero nos conformaríamos con menos.

Hacen falta hombres buenos, y no píos; sabios, y no listos; humildes, y no pobres.

miércoles, 24 de agosto de 2011

De lluvias y melancolías



Si hay un fenómeno relacionado con la melancolía, ése es la lluvia. En la antigüedad nadie la ensalzaba: tan ocupados estaban con la épica que no tenían tiempo para nostalgias. Éstas vinieron más bien en épocas recientes, cuando el poeta ha tenido tiempo que gastar, salvado el trámite de las obligaciones cotidianas. Entonces se ha asomado a las ventanas y ha comenzado a soñar, y ha comenzado a llorar. Todos nos imaginamos al viejo Verlaine escribiendo versos iluminados en un café de París con los ojos inyectados en absenta, mientras fuera caía una lluvia machacona y triste. La fée verte, asociada para siempre a esos tiempos brumosos, verdes de lluvia y de licor. Il pleut dans mon coeur / comme il pleut sur la ville. Esa letanía, esa genial metáfora entre lluvia y llanto, corazón y calles parisienses, ha conmovido y siempre conmoverá a los amantes de la poesía. Y después de Verlaine, cuando leo a Bernardo Soares, álter ego de la saudade, no puedo dejar de imaginar las calles de Lisboa mojadas por la lluvia del invierno, el cielo eternamente gris tras la ventana de la oficina del patrón Vasques, el poeta levantando la vista de su correspondencia comercial para soñar, ensoñar, acompañado de esas calles acuosas.

Después de estos dos grandes, que tuvieron buena compañía, la nostalgia pasó a ser una moneda de plata vieja, tan usada que perdió su brillo. Hay más poetas tristes que poetas melancólicos. No hay tristeza en la melancolía. No hay grandeza en la tristeza. Algunos, pocos, han superado la prueba del tiempo, y continúan empapando sus poemas con la lluvia del otoño, del invierno, de todos los otoños y todos los inviernos, y consiguen traducir la devastación que la lluvia produce en las almas en unos pocos versos emocionantes y auténticos, tan auténticos como el temblor de las hojas verdes envueltas por ráfagas serenas de agua limpia.

viernes, 19 de agosto de 2011

De bibliofilias



No tiene uno (yo) una gran biblioteca, ésa es la verdad. Muchos libros comprados aquí y allá, en el Círculo de lectores, en ferias del libro, alguna vez en mercadillos, en la Cuesta de Moyano de Madrid... Nada del otro mundo. Quien ojee los libros que acumulo no se hará una idea muy cabal de mis gustos, ni siquiera de mis lecturas, pues son innumerables los libros que he leído prestados (a diferencia de la mayoría de la gente, siempre los he devuelto). También he leído libros de bibliotecas públicas, o los que había en casa de mis padres... en definitiva, una colección muy variopinta, sin ningún patrón aparente, salvo lo que yo he considerado como lecturas de calidad, a saber, muchas obras antiguas y muy pocas contemporáneas. Últimamente, con la compra de mi flamante reader marca Sony (a ver si se estiran con la publicidad que les doy) estoy encantado, pues cada vez que alguien en cuyo criterio confío me recomienda un libro, ya sea por escrito o de palabra, acudo raudo a google y tras un breve y fructífero periplo por ese bendito océano de la modernidad lo descargo en la memoria de mi portátil y de ahí al ridáider, que tiene capacidad para almacenar los libros que podría leer en doscientas mil vidas, así que me limito a alimentarlo poco a poco, llevaré unos cien libros, muchos en cola de lectura.

Viene lo anterior a cuento de esa pasión que cunde sobre todo entre los escritores llamada bibliofilia, o adoración de los libros, cuanto más viejos (perdón, antiguos) mejor. La cosa llega a veces a unos extremos que rozan la gilipollez, como aquellos que acuden a las librerías de viejo solicitando libros "intonsos" (el que quiera saber qué rayos es eso, que se vaya a Wikipedia, tanta enciclopedia ni enciclopedia...). Parece ser, pues, que también hay libros "tonsos", como los frailes antiguos, del mismo modo que hay libros incunables, lo que hace pensar que la cuna se inventó al nacer el siglo XVI. Tengo todo el respeto para los miembros de esta secta, laica pero secta al fin y al cabo, de la que Trapiello es un miembro distinguido, como sabe cualquier lector de sus diarios, pero como sucede a todos los que no forman parte de los iniciados en un rito, no llego a comprender dónde está la gracia. Me dicen que no hay placer mayor que acariciar el lomo de un libro antiguo, pero a mí se me ocurren algunos lomos más placenteros de acariciar. Otros ponderan el olor del papel y de la tinta, como si fuera un perfume caro. También está, cómo no, el orgullo de poseer una primera edición de un clásico, o un ejemplar único, aunque sea mucho más cómodo y práctico leerlo en una edición moderna. No sé, me parece que hay mucho de fetichismo en todo esto de la bibliofilia, entiendo que hay filias más satisfactorias, pero allá cada cuál con sus aficiones. Eso sí, que sepan que cuando pasen a mejor vida, lo más probable es que su biblioteca, atesorada con mimo y esfuerzo, será carne de almoneda, adquirida por un librero de viejo que no sabrá lo que compra, y venderá el género por diez veces menos de su valor real a otro bibliófilo que continuará la espiral del vicio libresco.

jueves, 28 de julio de 2011

Del ajedrez



El ajedrez es una mezcla hermosa de juego, deporte y campo de batalla. Un pasatiempo obsesivo, infinito, que ha cautivado a las culturas más diversas: desde el chaturanga de la India, el shatranj árabe o el zatrikion bizantino hasta el juego actual de reglas precisas y combinaciones maravillosas que desafía a las mentes más profundas y a los procesadores más potentes. ¡Qué tragedia, cuando por primera vez un ordenador derrotó a un gran maestro! El ajedrez perdió gran parte de su encanto, aunque bastante resistió, y aún resiste, la mente humana al cálculo bestial de las computadoras. Si Capablanca levantara la cabeza... se volvería de Nueva York a la Habana a beber ron en el malecón. El habanero era un mago del tablero, y asombró a norteamérica y Europa con su juego valiente, brillante e imaginativo. Sólo Fischer le igualó en audacia cincuenta años después. El norteamericano llegó a Reykjavik, congeló el telón de acero antes de abrirlo como una lata y regresó a ningún sitio, para acabar sus días de 64 escaques sin sentido en el mismo escenario de su gloria.

Tantas vidas rotas, perdidas, inútilmente quemadas por este juego cruel, que siempre acaba hundiéndote en la miseria. Porque aquí no se confrontan cuerpos, sino inteligencias, y es difícil asumir la humillación de un rey tumbado. Aunque se ganen nueve partidas de cada diez, es tanta la desolación de esa derrota que borra la alegría de los triunfos. No tengo admiración por esos seres pálidos y frágiles doblados frente a un tablero; más bien es pena lo que siento. No luchan contra un rival, ni buscan el aplauso del público. Luchan contra ellos mismos, y la victoria sin errores será su única recompensa. Se les ve temblar al pulsar con la mano el reloj; se comen las uñas en los apuros de tiempo y poco les falta para prorrumpir en sollozos cuando yerran sutilmente. Eso sí, se esponjan como pavos cuando tienen ventaja en el juego, su pecho se inclina sobre el tablero y fulminan con su mirada triunfal al contrincante, que se defiende como gato panza arriba, no pierde la compostura y es capaz de sacar petróleo de una posición perdida para firmar unas tablas milagrosas que aniquilan al otro.

Dicen que el ajedrez es una alegoría del campo de batalla, pero no hay sangre, ni piafar de los caballos, ni tropa enardecida. Tan sólo dos hombres frente a frente, matándose con la mirada y moviendo unos muñecos absurdos para demostrar algo que ni ellos mismos saben.

lunes, 11 de julio de 2011

De meteorismos


Llamados pedos por los finolis y peos por los cabales, son gases, cuescos, aromáticas ventosidades expulsadas por el ojete desde las profundidades intestinales. Siempre en boca de los tiernos infantes, tan dados a las escatologías, nos acompañan sin pudor en nuestra adolescencia y primera juventud, hasta -¡ay!- la llegada del inevitable matrimonio o concubinato, momento en que los peos masculinos deben ser retenidos, so pena de divorcio, durante las interminables noches compartiendo lecho, a bordo de coches, aviones y autobuses, en los paseos románticos bajo los rayos de la luna llena; en fin, a cambio del amor se debe renunciar a esa libertad cuesquera tan cotidiana y saludable.

No hay nada peor que un peo enconado, que se instala en el estómago, baja por el intestino delgado, pugna por salir, retorna triste a su cobijo, mientras que su sufrido propietario experimenta los más terribles retortijones a la mayor gloria de la respirabilidad del aire que le rodea. Se suele decir que el peo es patrimonio de los hombres, pero uno sospecha que el mal llamado sexo débil se los tira y bien tirados, si bien sólo en presencia de sus señoras madres y del resto de miembros femeninos de la familia. También en soledad deben atronar las casas estos peos femeniles, como delatan los restos semisólidos que, a poco que uno sea curioso, son fácilmente observables en las prendas íntimas de la parienta. Eso sí: ellas jamás reconocerán tan ordinaria tendencia, y proclamarán su inmaculada pureza ventoseril. Para su desgracia, los embarazos fallidos son tenidos por peos enconados por los más maledicentes, como justo castigo a tan antinaturales retenciones de los fluidos internos.

Son justamente famosos los concursos de peos celebrados entre adolescentes e incluso jóvenes y adultos ya talluditos. El que esto suscribe reconoce que hasta hace poco era un consumado participante en estas justas, y si se me pone a tiro alguna otra participaré gustoso. En estos torneos se valoran mayormente tres aspectos: la sonoridad del peo, su intensidad, la duración de su emisión y especialmente su olor, el aroma despedido, que normalmente está en proporción inversa a la tronada. De hecho, los peos más olorosos suelen ir acompañados de un pufffff susurrante, ante el cuál los más avezados concursantes huyen despavoridos, sabedores de que es preludio de los efluvios más nauseabundos. Otra costumbre muy extendida es la de encender un peo en el momento de su emisión con la ayuda de un mechero, demostrando de este modo su condición de gas inflamable. Para esta peligrosa práctica es aconsejable que el emisor vista pantalones vaqueros, debido a su tejido en denim, poco dado a prender.

Muchas son las historias y anécdotas que tienen como protagonistas a los peos: hay pastores que aseguran haber espantado a un rebaño de ovejas con una ventosidad atronadora; también existen músicos que improvisan conciertos entonando melodías compuestas por genios inmortales; son famosos los peos de colores revelados a la luz de una llama; hay oráculos cuesqueros, expertos en olores que adivinan lo que se ha comido unas horas antes olfateando con unción el gas pestífero, bromistas que se tiran el cuesco y acusan a la vista de todos al incauto que se sitúa a su lado; sonrojos y miradas culpables al escaparse un peete en una reunión de alta sociedad; peos sustanciosos, alimenticios, tristes, alegres, audaces, tímidos, majestuosos... una riqueza inconmensurable, injustamente relegada a los sótanos del mal gusto. Reivindiquemos lo natural, lo castizo, lo nuestro... ¡Vivan los peos! Y el que arrugue la nariz, seguro que mea colonia.

jueves, 7 de julio de 2011

De leches y otros brebajes


No se me ocurre un alimento más universal que la leche, y no me refiero a la materna, sino a la de vaca. Con pocos meses de vida, y después de haber sido convenientemente amamantados (los más afortunados), se nos comienza a suministrar nuestra dosis diaria de este nutriente, que ya no nos abandonará en toda nuestra vida. Primero será en forma de polvo, disuelto en el agua para hacer los biberones, y en cuanto nuestro aparato digestivo está listo se nos pasa, para el alivio de los bolsillos de nuestros papás, al ubicuo tetrabrik, esa ubre paralelepípeda que se ha enseñoreado de nuestros frigoríficos. Cada vez que abro el mío me encuentro cartones de todos los colores, que ocupan por completo la bandeja de la puerta: leche entera, leche desnatada (la semidesnatada la hemos desechado por su poca personalidad, ni chicha ni limoná), leche entera sin lactosa, leche desnatada sin lactosa, leche condensada... ¿alguien da más? Pero, ¿se puede llamar leche a un brebaje que no contiene lactosa? ¿Acaso leche y lactosa no comparten la misma raíz etimológica? Llamémosla, pues, "preparado lácteo", para no entrar en conflicto con los puristas ni con el Ministerio de Sanidad. ¿Y cómo le quitan la lactosa a la leche? Misterios de la tecnología. Más importante aún: ¿por qué se le quita la lactosa? Pues es muy sencillo: somos humanos, no bovinos, luego la leche de vaca no ha sido diseñada para alimentarnos. En consecuencia, su ingesta da origen a los más variados trastornos gástricos, ignorados por los que los sufren, que nunca imaginarían que la leche es un veneno para sus sufridos estómagos, pero así es, que me lo ha dicho un médico especialista en aparato digestivo. Y claro, las empresas, que son más listas que el hambre, y si no fuera por ellas no podríamos comprar las porquerías que compramos en los supermercados, se han apresurado a quitar a la leche la lactosa, como antes le quitaron la nata, la textura, el sabor, el color, porque... ¿qué tiene que ver la leche que antes comprábamos en cántaras con el aguachirle que sale del tapón del tetrabrik? Esa leche era densa, fragante, de un blanco natural, y no ese blanco desnaturalizado de la leche desnatada, que parece horchata de chufa. Claro que al parecer ello era un foco peligrosísimo de los más diversos y fieros gérmenes y bacterias, que nadaban en círculo por los bordes de la cántara prestos a saltar a la garganta de los incautos compradores, que no sabían el caldo de cultivo que estaban bebiendo, cuando creían que tomaban leche.

Benditos sean los conservantes, los aglutinantes, los emulgentes, los colorantes, los estabilizantes, los aromas, los potenciadores del sabor... milagros de la ingeniería nutritiva que nos libran de las enfermedades y nos protegen de la salvaje naturaleza de los alimentos vírgenes. Pobres antepasados nuestros, que tomaban leche directamente de la ubre de la vaca, igual que hacía Pedro el de Heidi con sus cabras. Qué hábitos tan poco saludables. ¡Viva el progreso! ¡Viva la ministra de sanidad! ¡Vivan los E-122, los benzoatos sódicos, los edulcorantes cancerígenos! Si no fuera por tantos avances alimentarios, ¿cómo podríamos vivir sanos y seguros?