jueves, 18 de agosto de 2011

Apuntes (122): Horror en las trincheras



Los diarios que escribió Jünger durante la Gran Guerra son brutales, devastadores, pavorosos. Él fue uno de los millones de jóvenes y entusiastas alemanes que al estallar la guerra engrosaron las colas de las oficinas de reclutamiento. Cuando llegaron al frente despertaron del sueño patriótico: la guerra de trincheras era cruel, impersonal, estéril, muy alejada de la épica que hasta entonces había acompañado a todas las batallas desde los tiempos de Homero. Allí no había lugar para el arte, pero Jünger encontró tiempo y, sobre todo, ánimo para emborronar catorce cuadernos que luego conformaron su diario, una obra de arte a su manera; un monumento a la barbarie, que se presenta de una manera cruda, sin juicios morales; sólo la guerra desnuda, la muerte y el absurdo. Raro era el día que no volaba por los aires un compañero alcanzado por una granada, o le reventaban el cráneo a un centinela con un lejano disparo de fusil. Jünger asistió sin pestañear a la mutilación y el despedazamiento literal de compañeros con los que hablaba tranquilamente en ese momento. Le pudo tocar a él; hubiera sido lo normal, pero la muerte pasó apenas rozándole, y gracias a ello podemos leer atónitos su testimonio, casi un siglo después.

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Yo iba a apuntarme en seguida a esas filas de voluntarios. Todavía estaría corriendo despavorido en sentido contrario.

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La Gran Guerra, y también la Segunda Guerra Mundial, demostraron al mundo que los nacionalismos son un cáncer, y muy difícil de extirpar.

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La forma en que se luchaba en las trincheras en el 16 durante la batalla del Somme, el fanatismo que llevó a alemanes, franceses y británicos a dejar en los campos un millón de muertos, resulta impensable a la distancia de un siglo: los ciudadanos de estos países no se inmolarían por ninguna causa. Sólo en las guerras que se siguen manteniendo sin interrupción fuera del "primer mundo" se está dispuesto a dar la sangre de esa manera.

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Y lo que más asombra es que una persona cultivada, elitista, como Ernst Jünger justificara ese horror, y asistiera a toda esta orgía de sangre frío como un témpano. Dice en una de las anotaciones de su diario, simplemente: "Una granada mató en el jardín de la casa en que yo me alojaba a una niña que andaba allí hurgando en los desperdicios echados en una zanja".

7 comentarios:

No cogé ventaja, ¡miarma! dijo...

Pues me picas la curiosidad. ¿Está traducido ese libro?
Si la respuesta es sí te ruego me des norte de él.
La barbarie no era de los que murieron, creo, es de las clases dirigentes que mientras morían los jóvenes ellos se dedicaban a reunirse en palacios rurales de los Nobles. Pienso que en "La caída de los gigantes" está bastante elocuentemente explicado.
Un abrazo

José Miguel Ridao dijo...

Sí está traducido, yo no leo alemán. Se titula "Tempestades de acero", y lo edita Tusquets. La traducción es muy buena. Yo lo tengo en e-book, pero lo puedes encontrar en papel, por ejemplo en La casa del libro, en una edición de 2005.

Un abrazo, miarma.

Martín López dijo...

Sospecho que Jünger debía tener una vena, o dos, de psicópata. Ps. Yo también sería de la milicia del sentido contrario.

No cogé ventaja, ¡miarma! dijo...

Gracias Ridao.
Por cierto: yo no cogería una escopeta ni para tirar en una barraca de feria, ahí también soy de los tuyos.
Un abrazo.

Ramón Simón dijo...

Y su otro libro " Radiaciones" diario sobre la segunda guerra mundial, uff..., o este otro " Pasado los setentas"

Otro libro," el mundo de ayer", diario, del escrito coetáneo a Jünger Stefan Zweig. Al leer las primeras páginas y encontrar esta frase " soy un apátrida.." intuimos las raz9ones de su suicidio en Brasil,pocos meses después de escribir su diario.


Abrazos, sin mariconeo.

Juanma dijo...

Me da escolafríos leer esto.

Abrazos, querdio R.

J.

José Miguel Ridao dijo...

Martín: lo malo es que hubo millones de psicópatas. ¿No seríamos entonces nosotros, los "fuyentes", los que estaríamos mal de la chaveta?

Di que sí, Rafael, ni una de plomillos, pobres pajaritos...

Hombre, Ramón, qué de tiempo, esas peaso de fotos carmelitas en la playa... "El mundo de ayer" lo leí hace tiempo, y me impresionó. Tiene cojones que fueran contemporáneos, Zweig se suicidó en el 42 y Jünger la palmó en el 98, cuando tú y yo estábamos talluditos. No lo mató la guerra, y duró el tío ¡103 años!

Querido Juanma:
Lo de "escolafríos" me recuerda aquella vez que me llamaste "querdio", me trae unos receurdos entrañebles. Eres un muonstro.

Abrozas para todos.