miércoles, 2 de febrero de 2011

Nadie

Nadie estaba enfermo de melancolía. Hacía tiempo que había dejado su trabajo, y apenas hablaba ya con su familia, que le procuraba el sustento con el que lograr que el día de mañana fuera exactamente igual al de hoy, sin penas ni alegrías. Hubo un tiempo en que Nadie sufría, y con frecuencia las lágrimas rodaban sin motivo por sus mejillas cuando estaba a solas, pero poco a poco la angustia y la tristeza habían tornado en una dulce indiferencia, en un dejar pasar el tiempo como quien contempla el avance de las nubes blancas en un día claro.
Car il était langoureux
et la vie le traversait
Para engañar al tiempo Nadie escribía, y lo hacía sin pensar, como quien respira. Rellenaba una tras otra unas cuartillas blancas, inmaculadas, con su letra primorosa, usando pluma de ganso y tintero antiguo, que había comprado a un librero de viejo, quién sabe si heredada de algún bohemio loco. Conforme rellenaba las cuartillas las iba arrojando, y al final de la jornada el suelo quedaba tapizado de caligrafía, que daba gusto verlo. Nadie sólo escribía historias tristes y versos negros que no le hacían ningún daño, porque su alma se había teñido de una cómoda grisura. Reflejaba en el papel los sufrimientos de una manera hermosísima, y si alguien lo hubiera leído se habría estremecido de horror primero y de emoción después, porque gracias a que Nadie ya apenas sentía, era capaz de conjurar los recuerdos de su etapa más oscura como si le hubieran sucedido a otro, pero con el realismo que da el haber sido protagonista.

Los días pasaban, y el suelo se seguía llenando a diario de los poemas y las historias de Nadie, que nadie leía ni leería jamás, porque él mismo se encargaba de meterlos cada noche en una bolsa y arrojarlos a la basura. Lo que al principio era un mero ardid para matar las horas se convirtió en una obsesión para Nadie, que poco a poco empezó a escribir historias menos negras, y a inventar personajes luminosos, a los que revestía de ropajes galantes y que viajaban por el mundo fabricando sueños. Sus versos también fueron abandonando las tinieblas, y Nadie descubrió el placer de cantar a la naturaleza, a la vida, al amor. Se olvidó de las elegías y compuso églogas a la manera de Garcilaso, y cánticos, y poemas bañados por el sol, tan luminosos que hacían brillar la tinta. Hasta la pluma de ganso pareció cobrar vida y aleteaba airosamente mientras su dueño trazaba arabescos en el papel.

El ánimo de Nadie era ahora muy distinto, pero no dejaba traslucir esa alegría interior, quizá por miedo, o por vergüenza, y las pocas veces que salía de su casa caminaba como siempre, con la cabeza hundida en el abrigo y la mirada baja, para no dejar que su paz interior recién estrenada fuera perturbada por una mirada ajena. Tampoco había cambiado el trato con su familia, y aceptaba avergonzado el plato de comida que le ofrecían, así como las miradas resignadas que le dirigían. Así pasaron las semanas, y los meses, y a la par que aumentaba su gozo crecían sus remordimientos, porque no sabía cómo corresponder al cariño incondicional que le entregaban. Hasta que llegó un día en que entró en el cuarto su hijo pequeño, y él no lo oyó, absorto como estaba en la composición de uno de sus mejores poemas, con la cara iluminada de felicidad. Y el niño llamó a su madre, y a su hermana, y los tres contemplaron incrédulos cómo Nadie reía, y hacía gestos de alegría, y en lugar de tirar la cuartilla al suelo la guardaba en un cajón. Fue en ese preciso momento cuando Nadie descubrió los ojos que le miraban, y supo que ya nunca volvería a estar solo.

7 comentarios:

Marisa Peña dijo...

Pues escribamos, y respiremos, y esperemos que siempre haya detrás unos ojos amados que nos miren...un beso enorme Ridao, me quedo leyendo un rato.

Alejandro dijo...

Fuiste cruel con su bautizo. Al llamarlo Nadie, se cumplió que nadie leyera sus textos.

Menos mal que hemos comentado nadie menos dos, eximio José Miguel.

José Miguel Ridao dijo...

Siempre los hay, Marisa, aunque sean los de los que nos quieren.

Álex: ¿Ti da cueeeen? Voy lanzado hacia el eximiato. La próxima vez cuelgo un ensayo de cien páginas sobre la influencia del cuñado de Chesterton en los escritores españoles actuales y... ¡0 comments!

Abrazos.

Mery dijo...

Aquí llega otra comentarista.

No sé por qué me imaginaba yo que el poder curativo de la escritura íba a hacer resurgir al Ave Fénix e tu relato.
Estás muy fructífero, J.M. cada día mas (para nuestro deleite).
Un beso

José Miguel Ridao dijo...

Gracias, Mery. Esto va por rachas. Un beso.

Anónimo dijo...

Es cierto, un deleite leerte, bueno, me despido.
Te hago una pregunta un poco fuera, es posible utilizar la imagen que tenés del tintero?

José Miguel Ridao dijo...

Gracias. Por supuesto, es todo tuya. Tengo entendido que cualquier imagen se puede usar siempre que no haya ánimo de lucro.