martes, 17 de julio de 2012

La chispa de la vida


Acabo de descubrir, no sin cierto contento, que me he vuelto adicto a la Cocacola. A la vejez, burbujas coloradas. Yo, que cuando me dieron a probar un cigarrillo juré no volver a tragar ningún gas que no estuviera mezclado con líquido, por no hablar de los porros, que me tumban con olerlos a dos leguas. Yo, que de pequeño me comía las chucherías con indiferencia, casi por compromiso y por la inercia de pasar el rato en el cine de verano; yo, que iba a acabar con el cártel de Medellín si mis genes se extendieran por la Tierra; yo, digo, no puedo pasar ahora al llegar a casa sin un gran vaso de Cocacola con sus cubitos de hielo y hasta su rodajita de limón. Ayer, sin ir más lejos, un desajuste en la logística doméstica dejó mi frigorífico desabastecido del mejunje yanki y anduve todo el día mustio, deambulando por la casa sin una meta que cumplir, metido en la cabeza el rumor de los cubitos de hielo entrechocándose nadando en el sustrato negro. A punto estuve de bajar a comprar más provisiones a horas intempestivas, pero me frenó mi dignidad, aún me resisto a que ese líquido, por muy delicioso que sea, gobierne mi vida. Hoy tengo la nevera llena, pletórica, Cocacola en todos los formatos: latas, botellines, envases de uno, dos litros... cada una de las presentaciones tiene su encanto propio y merece la pena degustarse.

La Cocacola debe beberse en vaso grande, con una capacidad de al menos 400 cl, de modo que quepa de manera holgada el contenido de una lata y tres cubitos de hielo grandes, de los que venden en las gasolineras. El vaso ha de ser de cristal grueso y forma alabeada, más estrecho por la base y abombándose ligeramente a media altura para terminar en una boca ancha, generosa. Antes de beber se debe coger el vaso por su parte inferior y agitarlo de modo que el hielo tintinee y dé vueltas, creando el ambiente adecuado para una óptima degustación. A diferencia de lo que ocurre con los vinos, la nariz no juega un papel importante en el disfrute de la Cocacola. Es en boca donde se produce el efecto mágico que la ha hecho merecedora de un prestigio imperecedero. Nada más inundar nuestra cavidad bucal, se produce una explosión de sabores y sensaciones, donde juegan un papel esencial las nobles esencias de la zarzaparrilla, con reminiscencias del Far West. El efecto se mantiene durante unos segundos interminables; podría decirse que se detiene el tiempo desde que el líquido moja nuestros labios hasta que baja por el esófago. El retrogusto aparece de inmediato, y prolonga la sensación de placer, de modo que un solo sorbo nos franquea el paso a un paraíso de caricias para los sentidos.

Jamás debe caerse en la tentación de mezclar la Cocacola con líquidos menos nobles como el whisky, ron o muchos otros que ciertos ignorantes tienen por costumbre utilizar para ingerir esos horrendos mejunjes que llaman cubatas. La Cocacola debe degustarse sola, en toda su pureza y calidad, tocada tan sólo por el prístino hielo hecho de agua pura. Incluso hay quien le echa vino, corrompiéndola impunemente. También hay que estar muy alerta ante posibles fraudes, que se observan con frecuencia en establecimientos de hostelería. Así, no es infrecuente que uno se siente en la barra de un bar, pida con emoción su bebida favorita y el camarero venga con un sucedáneo infame, un bebedizo que tiene cierto éxito al rebufo del original, pero que se parece a éste tanto como el ying al yang que sale en su patético logotipo.

Podría seguir cantando las excelencias de tan excelente bebida, pero no quisiera que se pensara que recibo desde Atlanta algún tipo de compensación dineraria, cuando lo que me mueve es la más pura filantropía y el deseo de compartir uno de los medios más sencillos y económicos que tenemos para estar lo más cerca que nunca llegaremos de la felicidad.

¡A vuestra salud!         clink-clink-glu-glu-glu-¡Ahhhhh!

3 comentarios:

Manuel Martínez Barcia dijo...

A mí ya me advirtieron de lo pernicioso de las mezclas, de las adicciones que producen las cocas y las colas, sobre todo si se aspira el pegamento encapuchao, todo en la misma sopa.
También que las burbujas no son bajo el tapón felicidad, sino sólo CO2 con cafeína que te abren el gas y sales como una Kawa a punto de volar, pero yo no hice caso... Y ahora veo chispas de la vida en los lugares mas insospechados, como si fuera yo algo más que un adicto al vicio cotidiano de leer la Blogueína y reír, sin más desilusión que la ausencia de la firma del autor, y por dedicatoria la silueta de un pivón en la contraportada.

(Por si nadie te lo ha dicho, Ridao, eres un mago genial,la fórmula de vida más sencilla para ser de la existencia un instante feliz; humor, vitalidad, juventud sin peligro y alma efervescente.)

Gracias por ser.

Paco Principiante dijo...

Bienvenido al club...

José Miguel Ridao dijo...

Un honor tus palabras, Manuel, las guardaré como oro en paño, sobre todo la juventud sin peligro; incluso con peligro me la habría quedado.

Somos muchos, Paco. Conozco a uno que es capaz de beberse una botella de dos litro a morro de un tirón.

Abrazos roteño-levanteños.