En aquellos días la lluvia era distinta;
llegábamos a casa con los rostros mojados,
oliendo a tierra.
Vestíamos la luz con nuestras risas,
y a la tarde mirábamos pasar
filas de niñas con sus uniformes
rojos y azules, igual que nuestros sueños.
Parece mentira tanta dulzura.
Por la noche jugábamos al fútbol
como héroes, sin salir de la cama,
y poníamos esposas a los malos
para luego amanecer radiantes,
dispuestos a bebernos la mañana,
en aquellos días…
Ya no quedan buenos a este lado de la calle,
las noches se han poblado de jinetes
que pisan con sus cascos nuestros ojos
llenos de cieno,
y nadie viene en nuestra ayuda.
El sol asoma por detrás del bosque,
amanece,
hace tanto frío, duele tanto…
y nadie viene en nuestra ayuda.
Me gusta, Monsieur Ridao.
ResponderSuprimirMersí bocú...
ResponderSuprimirA mí también me gusta, Ridao.
ResponderSuprimirY a mi también me gusta mucho
ResponderSuprimirUn beso
I remenber Wilfred Owen.
ResponderSuprimirEnrique, Ángeles, ¡gracias por los ánimos!
ResponderSuprimirSactamente, Matín: Disabled. The giddy jilts. En realidad es un tributo a Owen, ese poema me marcó. Pero esto es otra guerra.
Abrazos.
Hermosos versos... Pero inquietantes.
ResponderSuprimirUn saludo.
Gracias, alegre. A mí la poesía me inquieta. Un abrazo.
ResponderSuprimirPedazo de corazón puesto en este pedazo de poema.
ResponderSuprimirUn beso
te lo agradezco de veras, lo he puesto todo en este poema, precisamente.
ResponderSuprimir