Gritones
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*En azul, 1925, Wassily Kandinsky*
El alboroto de los medios de comunicación, las lucecitas de colores de la
publicidad, el estruendo de las sirenas, l...
Hace 1 día
El cuaderno de José Miguel Ridao
Desde aquí proclamo que odio el culto al trabajo, y desconfío de los que me aconsejan trabajar sin desmayo para mejorar, en mi vida o en mi escritura. No comprendo a esas personas obsesionadas con su trabajo, celosas del mismo, máquinas de incrementar los beneficios de su empresa, esclavos de la productividad. Yo mido la productividad no en piezas por hora, sino en felicidad por segundo. No vendo mi tiempo al engranaje capitalista, aunque le rindo gustoso mi tributo, que me permite ser feliz. Miente quien dice que es en el trabajo donde se realizan las personas; me asustan los que anteponen su profesión a todo lo demás; detesto el culto al dios empresa. ¡El dinero me aterra! Sí, me aterra como instrumento de odio, como vehículo de la ambición, como cuña que penetra en los hombres y los despedaza en partes autónomas que sólo piensan en producir, en trabajar, en ganar, en vivir lo que no es vida para morir sin entender el sentido de sus afanes. El trabajo es un castigo divino, ésa es la mayor verdad que se extrae del Antiguo Testamento. No hay nada más apetecible que vagar por un paraíso pródigo e infinito, gozando de los dones celestiales. ¿Molicie? ¿Aburrimiento? Eso sólo lo sienten los hombres contaminados por el virus maldito del dólar, que no vislumbran nada más allá de su jaula monetaria. El resto sería feliz, e incluso ellos, si nunca hubieran tocado el dinero, si hubieran nacido a un mundo virgen de euros y cuentas bancarias, ellos también vivirían en la gozosa holganza de los seres primigenios, produciendo sólo amor, felicidad y arte, los dones más grandes a los que un hombre puede aspirar.
Cierro este fin de semana meta-maricona-bloguero con una entrada dedicada a los pegotes blogueros, esas flores que todos nos echamos en nuestro propio blog, y el que esté libre de pecado que lance el primer comentario insultante. Estos manjares de la vanidad revisten muy diversas formas. Una, muy usada, se produce ya en el mismo perfil, donde muchos blogueros incluyen su vida y milagros, trabajos, pluriempleos, tropecientas publicaciones y hasta condecoraciones recibidas en el transcurso de su exitosa vida; en fin, no me cebaré más. También están los que dan estos mismos detalles, aparte de en el perfil, en el primer apartado de la barra lateral del blog, por si no se había enterado alguien. ¿Y qué me dicen de las fotitos del perfil? Eso da para una entrada, que seguramente haré, pero las hay de todas clases: intelectualoides con el dedo índice en la sien, aparentando ser un actor o actriz de Hollywood -ay, ese photoshop-, fotos de hace treinta años -ejem, ejem-, incluso los hay tan tontos que salen en la foto con un sombrero bebiendo y fumando, cuando ni fuman, ni son juerguistas ni na de na. Y después está esa moda nueva de incluir en el blog los libros que se están leyendo. Conozco casos que dicen leer diez libros a la vez en tres sitios distintos y en varios idiomas, incluyendo el Ulises de Joyce, que todo el mundo sabe que no hay cojones de leerlo ni siquiera en español. En fin, la de fantasmas que tenemos que aguantar. Así de pronto, en una mañana de domingo escaqueándome un momentillo de mi mujer que está montando unos muebles de Ikea rodeada de los cuatro niños -¡Voooooooy, cariño!- no se me ocurren más ejemplos, mirad en vuestros propios blogs y veréis cómo encontráis varios.
Ayer hablé de los contadores, pero... ¿qué me dicen del módulo de seguidores, eehhhn? Eso sí que es una cagada como la copa de un pino. Y pensar que hay quien se cree que tiene mucha gente pendiente de él por el número de fotitos que decoran su blog...
Quien más quien menos, y yo el primero, tenemos en el blog un contador para las visitas que recibimos. Puede parecer que es una herramienta útil para calibrar la popularidad de nuestro blog, aunque hay mucho que decir sobre esto. En primer lugar, vamos a dejarnos de tonterías y reconocer que lo ponemos ahí para ronear ante nuestros colegas blogueros: que si hemos llegado a 100.000 visitas, o 500.000, o hay quien pasa del millón... Si lo que queremos es saber cuánta gente nos visita hay estadísticas internas en el mismo google; no hace falta plantificarlo en el blog. Además, esto tiene truco: no es lo mismo una visita que un hit, que sería cada vez que se pincha en el blog. Casi todos los contadores lo que muestran son los hits; si pusieran las visitas el número sería sensiblemente inferior y no luciría tanto. Pero lo que más me llama la atención es que el número de visitas a nuestro blog puede venir por diversos motivos. Es cierto que entra gente para leernos, pero en mi blog aterrizan a través de google infinidad de internautas buscando las cosas más diversas. Un ejemplo claro es mi entrada del 5 de enero, donde puse un poema para los Reyes Magos. Automáticamente empezó a entrar gente tecleando "Poesía para Reyes Magos" y cosas parecidas, lo menos cincuenta, y se infló mi cifra de visitas del día. A esto hay que añadir un montón de visitas diarias que me llegan buscando imágenes de billetes de 500 euros, a cuenta de mi entrada número 500 del blog. Otros llegan buscando sonetos y haikus de cumpleaños, una traducción del poema de Auden "Funeral Blues" (debo de ser a estas alturas el traductor de referencia), músicas de Shakespeare y muchas cosas más, como por ejemplo los que teclean la palabra "meadas" con fines pornográficos y aterrizan en una entrada de lo más inocente.
Ayer, mientras esperaba a que un relojero realizara una reparación, me salió mi lado economista (Mr. Hide) y me puse a reflexionar que estas tareas estaban condenadas a desaparecer, porque hoy en día podemos consultar casi siempre la hora en el teléfono móvil, o en el ordenador cuando estamos trabajando, por lo que los relojes se están convirtiendo en un mero objeto de adorno. Supongamos que desaparecen por falta de utilidad. Entonces ya no habría fabricantes de relojes ni relojeros, al desaparecer la necesidad. Pero si hay menos necesidades la sociedad tendrá más recursos, pues el esfuerzo que antes se destinaba a la fabricación de relojes se podría desviar hacia otras actividades más útiles. Obviamente, lo mismo que he dicho de los relojes se podría aplicar mucho más claramente a una multitud de actividades económicas que son superfluas y, en muchos casos, creadas artificialmente por las empresas a través de los esfuerzos de marketing (y pensar que a mí -¡ay!- me toca enseñar marketing en la universidad...). Digo más: cada vez es más factible y barato fabricar productos y prestar servicios necesarios y que, de verdad, mejoran la calidad de vida de las personas (incluyendo, por supuesto la alimentación). Si todos los esfuerzos productivos se destinaran a estos bienes desaparecería el hambre en el mundo. ¿Donde está el fallo, entonces?