miércoles, 12 de enero de 2011

Terror en el hospital


El pasado lunes me sucedió uno de los episodios más estrambóticos que recuerdo. Estaba con mi familia en la habitación de un hospital donde operaban a mi padre (todo fue bien, gracias a Dios), y entró una limpiadora con aire misterioso provista de unos rollos de papel higiénico. Nos miraba a hurtadillas, y finalmente preguntó si hacía falta papel para el baño. Le dijimos que entrara a comprobarlo, y tras hacerlo se marchó. A los dos o tres minutos entró de nuevo con sus rollos de papel y volvió a escudriñar nuestras caras con cierto disimulo, hasta que finalmente se dirigió a mí con estas palabras:

- Cuando usted pueda venga a hablar conmigo, por favor.

A estas alturas todos nos habíamos olvidado de mi padre, al que un enfermero se llevaba en esos momentos en una camilla rumbo al quirófano, y centrábamos nuestro interés en el motivo de tan misterioso requerimiento. Yo no las tenía todas conmigo, pero hice de tripas corazón y salí al pasillo. Enseguida vi el carrito de la limpieza junto a la habitación de al lado. Allí charlaban con aire conspiratorio la limpiadora y una señora. Al verme, la primera hizo un gesto a la segunda y ésta me invitó a pasar. Salió la limpiadora y quedé solo (o eso creía yo) con ella. Podría tener unos cincuenta y cinco años, de rostro curtido, seguramente por el trabajo en el campo, pelo rubio y ojos azules, con una expresión muy dulce. Se dirigió a mí en estos términos:

- Verá usted, resulta que hace un rato pasé por delante de su habitación y, al estar la puerta abierta, oí la conversación que mantenían. Así he sabido que necesita alguien para trabajar en su casa, y me he permitido el atrevimiento de hablar con usted. Al no saber cómo hacerlo, he pedido ayuda a la limpiadora.

Quedaba resuelto el misterio del papel higiénico. La maniobra de aproximación me resultó un tanto extraña, pero como he visto cosas más raras tampoco le di mayor importancia, y además era cierto que necesitaba con cierta urgencia a alguien para trabajar en casa. Así, le dije:

- ¿No trabaja usted ahora?

Ella me indicó con un gesto la cama que había a su lado, en la que no había reparado. Entonces, mis ojos se posaron en la cosa más terrorífica que han contemplado nunca. Allí yacía lo que en algún momento (y lo digo con pena) había sido un ser humano. Se trataba de una anciana cuyo rostro estaba totalmente apergaminado, de un color violáceo, con la boca torcida en una mueca grotesca y una sonda cogida milagrosamente a través de su nariz. Ni en las películas de terror, ni en mis peores pesadillas he visto algo tan espantoso, y lo tenía ahí, a dos palmos, y no era una momia inerte, sino que al parecer respiraba y su corazón latía. La buena mujer me dijo:

- La cuido desde hace ocho años, pero ya se está acabando.

- ¿Y qué tiene? Dije yo, por no callar.

- Gangrena. Le van a cortar la pierna, pero su corazón no resistirá la operación. Tiene más de noventa años.

Ella me decía todo esto con una voz dulcísima, entre resignada y triste. Yo no daba crédito a lo que estaba oyendo y, sobre todo, viendo. Como no sabía muy bien el modo de salir de aquel atolladero, le pregunté por su experiencia, referencias y demás, y le dije que podríamos concertar una entrevista. Al preguntarle cuándo, me señaló a la enferma y dijo tristemente:

- Vamos a ver qué nos dice el médico.

Insistió en darme su número de teléfono, lo cogí y escapé de allí con los pelos de punta. Al llegar de nuevo a mi habitación estaban todos expectantes, como es lógico - a todo esto, cuando mi madre volvió de acompañar a mi padre al quirófano vio que yo no estaba, preguntó a la limpiadora y al verme charlando seriamente con una señora se pensó que eran malas noticias de mi padre y un poco más y se muere del susto-. Yo empecé a contar la experiencia, y cuando llegué a la descripción de la pobre enferma en la cama los gestos compungidos se mezclaban con algunas tosecillas sofocadas con un pañuelo. Pero cuando alcancé el desenlace, y referí que la señora estaba esperando un parte médico para incorporarse en mi casa, las risas reprimidas se volvieron carcajadas generalizadas. Mi hermano Jorge y yo nos revolcábamos por el suelo, literalmente descojonados.

¡Qué gran invento, la risa!

23 comentarios:

Marisa Peña dijo...

La risa lo conjura todo, y es la peor pesadilla de los engreídos y de los estirados. Como diría el poeta, la risa nos pone alas...
Ay Ridao, la realidad supera siempre a la ficción.
PS.Me alegro que lo de tu pader no haya sido nada grave.

Marisa Peña dijo...

"Padre" quería decir, :)

José Miguel Ridao dijo...

Muchas gracias, Marisa. Que sigamos riéndonos de nuestra sombra.

José Miguel Ridao dijo...

Es verdad, yo me río de los engreídos en su cara. Se cogen unos rebotes...

No cogé ventaja, ¡miarma! dijo...

Pues menos mal que os rompió por reir ya que lo que cuentas es un drama de mucha categoría.
Desgraciadamente he tenido mucho tiempo en hospitales y se ve, en ellos, cada caso que a veces parece un corral de comedias.
Un abrazo y me alegro que lo de tu padre no haya sido nada.

Dyhego dijo...

Monsieur RIDAO:
En los momentos más duros o tristes, por efecto de la tensión, suelen darse situaciones que provocan risas salutíferas.
Me alegra saber que tu padre está mejor.
También pienso en esa señora, que aprovecha cualquier situación para encontrar trabajo.
Salu2.

José Miguel Ridao dijo...

Muchas gracias, Rafael y Dyhego, y sí, menos mal que nos dio por reír. La historias de los hospitales son terribles, y yo creo que la gente las puede soportar gracias a la charla y a algo tan humano como el humor.

Dos abrazos.

Juanma de la Torre dijo...

Pues con la risa contagiosa que tiene Jorge, terminaríais con dolor de barriga. Me alegra mucho que la operación saliera bien, José Miguel.

José Miguel Ridao dijo...

Muchas gracias, Juanma. Ya me dijo Jorge que estuviste al tanto.

Alejandro dijo...

Contrátala, José Miguel, ya sabes que es de las que no abandona el barco hasta que se hunde.

Hace un rato hablamos con Lola. Me alegro de que todo ande bien por casa, salvo la logística.

Y lo siento por este comenterio, el que hace diez y te imposibilita de nuevo llegar a eximio.

Paco dijo...

Jo, Ridao, me ha gustado mucho tu relato. La risa, como bien han dicho antes otros "CHOPEROS", surge cuando menos te lo esperas, y a veces en situaciones bastante delicadas. Tu historia con tu hermano me ha recordado una historia que me pasó con uno de mis hermanos. Si me permites, te la cuento: Somos tres hermanos, soy el mayor, y me llevo 4 años con el que me sigue. Normalmente es con él con quien siempre he tenido la normales y frecuentes peleas entre hermanos. Con el que sigue me llevo 12 años, y siempre he ejercido un papel protector. Pues en una de nuestras peleas, cuando mis padres no estaban en casa, en una discusión que ya no recuerdo ni cómo ni porqué, pegamos un puñetazo a la puerta por dentro de la habitación, y literalmente la agujereamos. Se nos pasó la mala leche de momento. Siempre, a pesar de todo, hemos mantenido cierto control en estos casos. De enfrentarnos, pasamos en décimas de segundo a colaborar, y nos pusimos los dos a maquinar que haríamos para que no se enterasen nuestros padres. Convinimos que la mejor solución era emplear una pegatina de publicidad lo bastante grande para que tapara el hueco que había dejado el puño en la puerta. La colocamos y cruzamos los dedos para que pasara lo más desapercibido posible. Afortunadamente ninguno de los dos reparó demasiado, y a lo más que llegó mi madre a decir en varias ocasiones es "Niñooo, que no me gusta que coloqueis pegatinas en las puertas, cualquier día os la quito todas!!" y nos mirábamos complices con los dedos cruzados. Desgraciadamente mi madre falleció algunos años más tarde, y solo otros tres años después lo hacía mi padre. Fue un mazazo para nosotros. Recuerdo que estaba sentado en el tanatorio bastante perjudicado, y pensando la que se me venía encima, siendo el mayor, y con dos hermanos 4 y 12 años más pequeños que yo. Cuando mi hermano, el de las peleitas, que como vereis ahora, tiene un humor negro "mortal", y adivinado lo que estaba pensando, se acerca y me dice: "Paco, no te preocupes más, ya veremos, además, por lo menos no se han enterado de lo de la puerta" Me quedé unos segundos que no sabía por donde salir, y del llanto, pase casi a la carcajada ante la ocurrencia de mi hermano. Hijo de su madre (de la mía también). Que carajo. Será posible. Me tape la cara con la mano y empecé a convulsionarme de la risa. La gente se creía que estaba llorando más. Y mi hermano me seguía con el mismo estilo. Pasabamos del llanto a la risa, y viceversa. O puede que hiciesemos las dos cosas a la vez. Llanto y carcajada. Este hermano que tengo... Tiene esas cosas. Tengo varias de ese humos negro que padece, y nos hace padecer. Ya está. Siento la extensión, pero lo quería compartir contigo, y con quien lo leyese. Gracias por recordármelo. La risa, que gran invento. Un saludo afectuoso.

José Miguel Ridao dijo...

Hemos hablado con ella, Álex, pero no le venían bien los horarios. Ya sé que has estado al tanto tu también. Gonzalo está en casa, durmiendo como un bendito, y yo aquí espiritao, traduciendo a Verlaine. En fin...

Paco, te tengo que decir que me has emocionado. Tu hermano y tú, a pesar de las peleítas, estáis ahí para lo que haga falta, seguro, y esa risa en el tanatorio... es grande, sí señor. Ojalá tarde en llegar el momento, pero me gustaría que uno de mis hermanos me hiciera reír entonces, más que nunca.

Un abrazo con palmetones en la espalda.

Liliana G. dijo...

Muchas veces los nervios nos hacen reír que no quieras, es un excelente mecanismo de autodefensa.
Pufff, qué horrible momento, José Miguel. Menos mal que la risa, además de ser un bálsamo, afloja hasta el alma. A ver si yo no lo voy a saber...

Que se mejore tu padre lo antes posible, Ridao.

Besotes.

edy dijo...

Me ha gustado tu relato real,en tiempos de crisis hay que recurrir a cualquier agurcia,el paro niño que es mu malo,jajaja.

Pasare por aqui de vez en cuando,tambien ,me ha gustado tu sitio,no soy de las que me hago seguidora,facilmente,si no,lo voy hacer en realidad,pero si entrare a comentarte,amenazo con volver,un saludo.

José Miguel Ridao dijo...

Muchas gracias, Liliana. Deberías ser profesora de risoterapia.

Por favoer, edy, no te hagas figurante, después de lo que dije el otro día. Tú cumple la amenaza de volver, que aquí cabemos los que haiga farta.

Dos besos.

Mery dijo...

No hay boda sin lágrimas ni entierro sin risas. Qué haríamos los mortales sin esos exabruptos tan necesarios.
Total, que ya nos contarás cómo acaba la historia en su día.

Un abrazo

José Miguel Ridao dijo...

Al final entrevistamos a la señora pero no le venía bien. No sé si está libre ya. Miedo me da de pensarlo.

Un beso.

soylapaqui.com dijo...

Ridao,la muerte siempre está junto a la vida,yo tengo una residencia de ancianos en Marbella,y allí he visto de todo.

José Miguel Ridao dijo...

Yo es que no estoy acostumbrado a estas cosas, Paqui.

bambu222 dijo...

Hola José Miguel,hospitales y ambulatorios son una fuente inagotable de anécdotas y experiencias que dan para mucha literatura.Y junto a la tragedia el humor que siempre nos salva.
Tremenda historia la que nos cuentas.
Ah,que se mejore tu padre.
Abrazo.

José Miguel Ridao dijo...

Gracias, bambu; ya está casi recuperado del todo. Desde luego, los hospitales son una fuente de literatura. Lo malo es que cuando se está allí se le quitan a uno las ganas de escribir. Un abrazo.

Rocío. dijo...

Me alegro Ridao,de que lo de tu padre no sea nada.Anda que no te lo pasas tu bien en el hospital,y encima ofreces trabajo,está bien saberlo,así cuándo me quede en el paro,me trinco de tu brazo,nos vamos de visitas hospitalarias,y seguro que salgo colocá,bueno Ridao,con tu permiso,ya que veo,que ofreces un puesto e trabajo,y como yo curro en los medios,mañana,lo hago publico en el telediario,y te mando pa yá,a los 4 millones de paraos,¡que buena gente gente ere Ridao,y que bien te lo pasa en los hospitales.
Un beso perpetuo.

José Miguel Ridao dijo...

Te tomo la palabra, Rocío. Dales la dirección de mi blog, que les haré entrevistas públicas para que os enteréis todos. También necesito un mantenedor de ambercas para el período estival.