En una época de crisis como la que vivimos se suele olvidar que la principal preocupación del hombre, el fin al que debemos dirigir nuestra vida, es la felicidad. Resulta obvio que la felicidad plena es incompatible con una situación de miseria en la que no se tengan cubiertas las necesidades básicas, pero si contamos con un mínimo de recursos está a nuestro alcance el ser felices. Todos hemos visto a personas que tienen mucho menos dinero que nosotros, que andan por el mundo ligeros de equipaje, y precisamente por eso tienen la ilusión dibujada en el rostro. Se ve muy bien en los niños: más reían y más jugaban los chavales que apenas tenían nada que los hijos de los ricos, siempre seriecitos con sus trajes limpios mirando cómo jugaban los demás. El problema es que ahora todos los niños tienen mucho, y desprecian los juguetes, luego pierden la ilusión, y con ella gran parte de la felicidad. De los adultos ni hablamos: en este mundo de mentira que nos hemos inventado en los últimos años donde comprarse un coche de lujo era tan fácil como conseguir un motocarro en los años 60 no cabe la felicidad, sino el ansia por consumir, por poseer, por ser más que los demás, cosa que nunca se va a lograr totalmente, y en cualquier caso sería una felicidad hueca, postiza, de menor ley que la del humilde campesino que cambiaba su mula por el flamante cachivache de tres ruedas. En este marco sólo tiene oportunidad de realizarse quien cuenta con una cultura amplia, un espíritu cultivado que le permita disfrutar de algo tan sencillo como un buen libro, o la contemplación de un amanecer detrás de las montañas. Para ése no hay crisis, mientras pueda seguir nutriendo su cuerpo, que del alma ya se encarga él. También serán felices los espíritus puros, no contaminados por el materialismo de nuestros días, pero de ésos van quedando pocos, ni siquiera en las zonas rurales.
Muchos filósofos y sociólogos dicen que nuestros esfuerzos vitales deben dirigirse a un fin elevado como puede ser la contribución al desarrollo de la sociedad, pero los hombres no son hormigas, sino seres independientes, cada uno con unas opiniones distintas sobre la vida, vertebrados históricamente en torno a la familia como unidad de cohesión y equilibrio interno. Es cierto que pertenecemos a una sociedad, pero ésta no debe ser sino el marco en que transcurre nuestra vida, un marco que debemos perfeccionar para estar cómodos en él, pero que en ningún caso ha de constituir el fin último de nuestros desvelos. No debemos olvidar que la felicidad está en nuestro interior, y también en nuestro entorno más cercano. Lo demás es pura contingencia; una contingencia necesaria, pero contingencia al fin y al cabo.
Muchas veces "perder" es "ganar". Yo siento sana envidia de la familia de mi hermana. Andan siempre pelados, pero son como un imán para la gente por la felicidad que exhalan. La casa justa para tanta familia, y la puerta siempre abierta para quien quiera pasar.
Luego sorprende que quienes menos tienen, andan consolando y animando a los que tienen más porque estos últimos, en el fondo, se sienten unos desgraciados.
Lo dicho, ¡lo has clavado!
(Por cierto, de crío íbamos en el 600 familiar, padres, hijos, mi abuela y un par de jaulones con periquitos y canarios. La baca a reventar. Ninguno nos sentimos traumatizados. Menos "sillitas" homologadas, menos control, y más autonomía personal).
Individualismo y socialización son dos realidades que tienen un complicado encaje. No creo que estemos por encima de la sociedad que nos acoge, protege, desintegra y da sentido, y no lo creo porque, en esencia, somos animales sociales, como cualquier antropólogo de medio pelo aprende en primero de carrera.
Que dentro del todo social que nos conforma quepa el centrifuguismo caracterizador del individuo yo, también, pero con todos los matices necesarios, que en esto no conviene mezclar churras con merinas, por más que ambas tengan lana...
Y aquí vendría a colación también el orteguismo más clásico, aquél de la circunstancia del individuo, porque es el condicionante externo el que nos caracteriza de modo más acertado, aunque los más pobres no tengamos circunstancia ni nada...
En fin, Ridao, que estoy de acuerdo contigo, lo que pasa es que me gusta llevarme la contraria.
Anda que no, Paco, a cucharadas, los cinco minutos más placenteros que un hombre puede tener después de la leche en polvo.
Muchas gracias, Rafael. Lo del 600 es un clásico, o ya más moderno el 850. En el 124 cabía el manso, más que en los monovolúmenes de ahora. A mí también me admira la gente como tu hermana, quisiera ser así, pero hace falta energía vital, que no se compra, faltaría más.
Javier: no me mientes a Ortega que acabo de terminar la España invertebrada y un mojón muy gordo pa él, me ha defraudado. Aquí el debate está en la importancia que se concede a la sociedad, desde el máximo que se da en el socialismo y el fascismo hasta el mínimo de Robinson Crusoe, que no es deseable, claro. Yo me quedo con lo mínimo de sociedad que pueda, pero es cierto que heredamos unas circunstancias que no siempre son una bicoca. A ver qué hacemos con la suegra, un poné...
¡¡Predicador!! me has jodido el invento, Bacalao, si predico y la gente me sigue he creado una secta, lo contrario de lo que defiendo en esta entrada. Hay que ver que uno se coge los dedos en cuanto se descuida.
Yo creo,que la felicidad la lleva uno consigo,y no es nada que te de ni el dinero ni nada material,tu o eres feliz o no lo eres,y todo depende de tu actitud,yo soy múuuuuuu feliz y eso sin tené ná,pero mi vida me parece maravillosa,y yo una maravilla del universo,así que ya está to dicho,ale a estar contentos,que por ahora aún es gratis.Un beso
Mas razón que un Santo. Gracias a Dios sí sigo notando un cierto desapego materal en zonas rurales, de manera que me contagio cuando voy al pueblo de mi madre. Allí me sobra la ropa, el maquillaje, hasta cierta comida. En lo que a mi respecta, yo me siento muy felíz con la música, no te digo nada cuando voy al Auditorio. Tengo pendientes un par de entradas al respecto.
En fin, lo dicho, que tienes mas razón que un Santo. Un beso
Se te nota tela, Rocío, sigue así, que eso es un don.
Es verdad, Mery, la música alimenta más que un chuletón de Ávila, aunque tampoco hay que despreciar a este último, quizá lo ideal sea escuchar a Bach zampándote el chuletón acompañado de un buen Ribera.
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8 comentarios:
Ridao,
completamente de acuerdo contigo. Sobre todo en lo de los niños (tanto juguete y tanto juguete). Y en que no sosmos hormigas, pues todavía más.
Con lo feliz que soy yo con un bote de leche condensada...
Un abrazo.
JM, ¡lo has clavado!
Muchas veces "perder" es "ganar". Yo siento sana envidia de la familia de mi hermana. Andan siempre pelados, pero son como un imán para la gente por la felicidad que exhalan. La casa justa para tanta familia, y la puerta siempre abierta para quien quiera pasar.
Luego sorprende que quienes menos tienen, andan consolando y animando a los que tienen más porque estos últimos, en el fondo, se sienten unos desgraciados.
Lo dicho, ¡lo has clavado!
(Por cierto, de crío íbamos en el 600 familiar, padres, hijos, mi abuela y un par de jaulones con periquitos y canarios. La baca a reventar. Ninguno nos sentimos traumatizados. Menos "sillitas" homologadas, menos control, y más autonomía personal).
Individualismo y socialización son dos realidades que tienen un complicado encaje. No creo que estemos por encima de la sociedad que nos acoge, protege, desintegra y da sentido, y no lo creo porque, en esencia, somos animales sociales, como cualquier antropólogo de medio pelo aprende en primero de carrera.
Que dentro del todo social que nos conforma quepa el centrifuguismo caracterizador del individuo yo, también, pero con todos los matices necesarios, que en esto no conviene mezclar churras con merinas, por más que ambas tengan lana...
Y aquí vendría a colación también el orteguismo más clásico, aquél de la circunstancia del individuo, porque es el condicionante externo el que nos caracteriza de modo más acertado, aunque los más pobres no tengamos circunstancia ni nada...
En fin, Ridao, que estoy de acuerdo contigo, lo que pasa es que me gusta llevarme la contraria.
Un abrazo.
Por fin el predicador.
Me ha encantao, Bacalao XVI(diecisao)
Saludos predicadores
Anda que no, Paco, a cucharadas, los cinco minutos más placenteros que un hombre puede tener después de la leche en polvo.
Muchas gracias, Rafael. Lo del 600 es un clásico, o ya más moderno el 850. En el 124 cabía el manso, más que en los monovolúmenes de ahora. A mí también me admira la gente como tu hermana, quisiera ser así, pero hace falta energía vital, que no se compra, faltaría más.
Javier: no me mientes a Ortega que acabo de terminar la España invertebrada y un mojón muy gordo pa él, me ha defraudado. Aquí el debate está en la importancia que se concede a la sociedad, desde el máximo que se da en el socialismo y el fascismo hasta el mínimo de Robinson Crusoe, que no es deseable, claro. Yo me quedo con lo mínimo de sociedad que pueda, pero es cierto que heredamos unas circunstancias que no siempre son una bicoca. A ver qué hacemos con la suegra, un poné...
¡¡Predicador!! me has jodido el invento, Bacalao, si predico y la gente me sigue he creado una secta, lo contrario de lo que defiendo en esta entrada. Hay que ver que uno se coge los dedos en cuanto se descuida.
Abrazos circunstanciales.
Yo creo,que la felicidad la lleva uno consigo,y no es nada que te de ni el dinero ni nada material,tu o eres feliz o no lo eres,y todo depende de tu actitud,yo soy múuuuuuu feliz y eso sin tené ná,pero mi vida me parece maravillosa,y yo una maravilla del universo,así que ya está to dicho,ale a estar contentos,que por ahora aún es gratis.Un beso
Mas razón que un Santo.
Gracias a Dios sí sigo notando un cierto desapego materal en zonas rurales, de manera que me contagio cuando voy al pueblo de mi madre. Allí me sobra la ropa, el maquillaje, hasta cierta comida.
En lo que a mi respecta, yo me siento muy felíz con la música, no te digo nada cuando voy al Auditorio. Tengo pendientes un par de entradas al respecto.
En fin, lo dicho, que tienes mas razón que un Santo.
Un beso
Se te nota tela, Rocío, sigue así, que eso es un don.
Es verdad, Mery, la música alimenta más que un chuletón de Ávila, aunque tampoco hay que despreciar a este último, quizá lo ideal sea escuchar a Bach zampándote el chuletón acompañado de un buen Ribera.
Dos besos chuleteros.
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