El viajero mira andar a las mulas, tirante el aparejo en la cuesta arriba, flojo y como descansado en la cuesta abajo. Las mulas andan moviendo las orejas a compás, haciendo sonar las campanillas de bronce del pretal. Martín llama pretal al collarejo. —Esta se llama Catalana; el delantero se llama Pantalón. Por Valdenoches, los picapedreros parten la piedra. Están negros como tizones y llevan un pañuelo debajo de la gorra para empapar el sudor. Trabajan despacio, rendidamente, y se defienden los ojos con un cuadradito de tela metálica, atado con unas cintas a la nuca. Camilo José Cela: Viaje a la Alcarria
La crónica del viaje a la Alcarria de Cela data de 1946. Cada vez que leo descripciones de nuestro paisaje físico y humano de esta época, hasta los años 50 del siglo pasado, me entra añoranza de un tiempo que no he vivido sino en sus últimos suspiros. Un tiempo en que las máquinas no habían cambiado en nada la vida del hombre sencillo, que seguía arando la tierra con la ayuda de mulas y bueyes, compañeros inseparables durante milenios. Un tiempo en que la única manera de transportar mercancías era el empleo de carros de largas lanzas que circulaban a paso de tortuga por caminos polvorientos. Una vida en que las noticias llegaban con retraso de días, o incluso de meses, el tiempo que tardaban en cruzar el océano. Una vida rutinaria y monótona para la mayor parte del pueblo, que seguía aferrado a la tierra. La principal ocupación de las mujeres era lavar la ropa en la fuente o en el río, y así se les iban las horas, entre bromas y sudores, cuidando a los hijos, y al llegar a casa debían disponerlo todo para el marido que llegaba del campo con sus pantalones de pana y su camisa blanca abotonada hasta el cuello, oliendo a sudor honesto. Una vida que ninguno querríamos ahora para nosotros, acostumbrados al golpe antológico que ha dado el progreso a nuestros menesteres, rompiendo en unos años decenas de siglos de tradición, sufrimiento, miseria y pureza. Sobre todo, pureza.
Progresar y avanzar, desgraciadamente y aunque debieran, no siempre van unidos. Mejorar, querer mejorar es lícito, pero en ello se nos va el recordar. Evitar, pretender evitar la miseria y el sufrimiento es humano, pero no lo es olvidar a quienes lo padecieron para que no fuese una obligación para nosotros. Las tradiciones... esas van cambiando con el tiempo. Para los de nuestra generación algunas siguen vivas en nuestros padres. Para nuestros hijos? sólo son "historias y batallitas". Pero la pureza... esa la podemos seguir encontrando mi señor Ridao. Seguro. Ha de serlo.
Ojalá, Maile, pero veo poca pureza en la vida urbana, en la sociedad tecnológica. Cada vez nos alejamos más de la tierra, y pienso que eso lo vamos a pagar.
Recuerdo de pequeño, cuando iba al pueblo de mis padres y mis abuelos -yo nací ya en Sevilla-, y montaba en los burros con mis primos -ellos sí, nacidos y criados en el pueblo-, las cántaras en las angarillas camino del pozo a por agua, el olor, también honesto, de las bestias, del esparto, de la lentitud...
A mí no me importaría vivir en aquellos olores. Me bastaría con algunos cientos de libros y una conexón a internet... Y no creas que lo descarto en un futuro.
Yo también he visto de niño las cuadras con las mulas de mis tíos en el campo, y el agua se sacaba del pozo. Y más patente todavía lo veo en Alájar: las casas conservan los aros de hierro para atar a las bestias, y tienen una disposición curiosa: bestias y hombres entraban por la misma puerta; a la derecha se bajaba al establo, y a la izquierda se subía al piso principal. Todavía están los pesebres en esos sótanos. Da pena, la verdad. Yo me iba a vivir allí con los ojos cerrados. Eso sí, con la conexión a Internet, como tú dices, que ese progreso no me importa. Ah, y me llevaría miles de libros (en el ridáider, claro).
Por eso le decia, mi señor Ridao, que el progreso que suponen la urbanización y la tecnología no siempre significa un avance aunque sea de un paso hacia adelante en la dirección correcta. Algún día el círculo se cerrará y volveremos al principio... es ley natural y todos queremos, e intentamos, recuperarla con el paso de los años cuando todo, menos la pureza, nos sobra.
Me encantaría seguir viviendo en los últimos sesenta y primeros setenta del siglo pasado. Creo que todo era más de verdad y eso que yo, particularmente, no lo tuve demasiado fácil.Un abrazo
Hace años-tampoco tantos- se trabajaba mucho, muchísimo, pero a la vez todo era mas simple. Si pudiéramos poner en una balanza los pros y los contras no sé qué se inclinaría mas, porque cada época tiene lo suyo...
Me hago eco también de quien comenta mas arriba lo del olor a boñiga...¡si es que es verdad!
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9 comentarios:
Progresar y avanzar, desgraciadamente y aunque debieran, no siempre van unidos.
Mejorar, querer mejorar es lícito, pero en ello se nos va el recordar. Evitar, pretender evitar la miseria y el sufrimiento es humano, pero no lo es olvidar a quienes lo padecieron para que no fuese una obligación para nosotros.
Las tradiciones... esas van cambiando con el tiempo. Para los de nuestra generación algunas siguen vivas en nuestros padres. Para nuestros hijos? sólo son "historias y batallitas".
Pero la pureza... esa la podemos seguir encontrando mi señor Ridao. Seguro. Ha de serlo.
Ojalá, Maile, pero veo poca pureza en la vida urbana, en la sociedad tecnológica. Cada vez nos alejamos más de la tierra, y pienso que eso lo vamos a pagar.
Un abrazo.
"...oliendo a sudor honesto".
Recuerdo de pequeño, cuando iba al pueblo de mis padres y mis abuelos -yo nací ya en Sevilla-, y montaba en los burros con mis primos -ellos sí, nacidos y criados en el pueblo-, las cántaras en las angarillas camino del pozo a por agua, el olor, también honesto, de las bestias, del esparto, de la lentitud...
A mí no me importaría vivir en aquellos olores. Me bastaría con algunos cientos de libros y una conexón a internet... Y no creas que lo descarto en un futuro.
Un abrazo melancólico
Yo también he visto de niño las cuadras con las mulas de mis tíos en el campo, y el agua se sacaba del pozo. Y más patente todavía lo veo en Alájar: las casas conservan los aros de hierro para atar a las bestias, y tienen una disposición curiosa: bestias y hombres entraban por la misma puerta; a la derecha se bajaba al establo, y a la izquierda se subía al piso principal. Todavía están los pesebres en esos sótanos. Da pena, la verdad. Yo me iba a vivir allí con los ojos cerrados. Eso sí, con la conexión a Internet, como tú dices, que ese progreso no me importa. Ah, y me llevaría miles de libros (en el ridáider, claro).
Un abrazo.
Por eso le decia, mi señor Ridao, que el progreso que suponen la urbanización y la tecnología no siempre significa un avance aunque sea de un paso hacia adelante en la dirección correcta.
Algún día el círculo se cerrará y volveremos al principio... es ley natural y todos queremos, e intentamos, recuperarla con el paso de los años cuando todo, menos la pureza, nos sobra.
Besos puros, mi señor.
Mi mujer me mira raro cuando le digo que el olor a boñiga de vaca no me es tan desagradable, me trae algunos recuerdos...
Me encantaría seguir viviendo en los últimos sesenta y primeros setenta del siglo pasado. Creo que todo era más de verdad y eso que yo, particularmente, no lo tuve demasiado fácil.Un abrazo
Hace años-tampoco tantos- se trabajaba mucho, muchísimo, pero a la vez todo era mas simple.
Si pudiéramos poner en una balanza los pros y los contras no sé qué se inclinaría mas, porque cada época tiene lo suyo...
Me hago eco también de quien comenta mas arriba lo del olor a boñiga...¡si es que es verdad!
Un beso
Maile: ojalá ese círculo sea virtuoso.
Anda que no, Paco, y a "moñiga", mejón toavía.
Lo auténtico, Rafael, cada vez cotiza menos.
Es verdad, Mery, la simpleza: la vida no es este tinglado tan extraño que nos hemos montado.
Abrazos.
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