Isabel, la castiza
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Está bonita esta obra, de Ángel Marqués Valverde, que ganó el XXX premio de
teatro de la Universidad de Sevilla, dedicado al inolvidable Rafael de
Cózar de...
Hace 12 horas
El cuaderno de José Miguel Ridao
Larga vida, inmortalidad, permanencia, huida del olvido, querencia por lo humano, respeto por lo divino, miedo a las tinieblas, a lo oscuro, a lo incierto, a lo desconocido. Nos empeñamos en engañar al heraldo de la muerte y esquivar su guadaña, pero éste acude puntual a la cita y siega sin compasión, haciendo su trabajo, como ha sido siempre, desde el inicio de los tiempos. Ante lo irremisible buscamos desesperados un asidero, quien tiene fe descansa y pierde el miedo, su largo penar termina en la certidumbre del buen tránsito, de la luz al otro lado, y ya no teme a la guadaña, la aguarda con descaro, desafiante, inmune a su mal aliento, pero a veces duda, y sufre; lo que pase después sólo él lo sabe, o no lo sabe, porque a lo mejor ya no es. Quien se resiste al mensaje divino, o lo acepta sólo a medias, o lo acepta del todo pero no pierde el miedo, es presa del pánico cuando ve que se acerca el mensajero terrible, y llora, y trata de agarrarse a la vida, pero no puede, y deja de existir, o no... Si sigue siendo, es él quien lo sabe; si no, ya nadie lo sabrá. También hay quien no piensa en ese jinete funesto, que sólo lo ve en el último momento, cuando le tira del cabello para no fallar el golpe, y a ésos no les da tiempo a sentir miedo, son los que más han aprovechado su vida, son los más listos, o los más incautos, o los más primitivos, pero son, y su destino es el mismo, y dejarán de ser o no, igual que los demás.
Llevo un tiempo dando vueltas a un fenómeno curioso entre tantos otros que suceden en estos andurriales blogueros. Y tiene mucho que ver con la conocida predicción hecha a principios del siglo XIX por Robert Malthus, que por cierto ha pasado por ella a la posteridad siendo ésta, en mi opinión, la más débil entre sus grandes aportaciones a la ciencia económica. Decía Malthus, más o menos, que los recursos naturales crecen en progresión aritmética (poco a poco), mientras que la población lo hace de forma exponencial, y como se suele decir “esto no se pué aguantá” por mucho tiempo. Nuestro hombre pronosticaba, optimista que era, una autorregulación de la población a base de guerras, plagas y desastres varios.