lunes, 9 de noviembre de 2009

Pobreza y felicidad

Ayer fuimos al campo de una amiga en Alájar. Cada vez que voy allí me da mucho que pensar. Tienen una casita con una sala de unos quince metros cuadrados y dos pequeñas habitaciones de unos ocho metros cada una, y arriba hay un "doblao" para guardar el grano. Ahora la tienen de lugar de recreo, aunque el padre de mi amiga sigue yendo allí todos los días a cultivar su huerta y cuidar de las cabras. Sin embrago, este hombre, de poco más de 70 años, se crió allí con sus tres hermanos, pasando los inviernos "ajumao", porque la leña era de pésima calidad. Su madre hacía el pan en un pequeño horno de leña que aún está allí, ahora sucio, y el suelo estaba hecho de boñigas de vaca recogidas frescas y dejadas secar hasta endurecerse. Los niños iban descalzos, porque no tuvieron zapatos hasta bien pasada la adolescencia, y para ir al pueblo había sólo un burro, que usaba el padre. Los demás iban a pie durante más de una hora.

Parece que estoy pintando un panorama desolador, ¿verdad? El de los primeros años de la posguerra, común a muchas zonas de España. Pero lo más curioso es que este hombre recuerda su niñez como una de las épocas más felices de su vida. Al tener una huerta, comida no les faltaba, y para qué querían más. Mientras que en el pueblo lo estaban pasando realmente mal, con mejores casas pero con hambre, él se veía feliz en su campo, y cuando más tarde se casó y se fue a vivir a otra finca vecina igual de modesta, era feliz vendiendo sus hortalizas por los alrededores, aunque tuviera que levantarse al alba y volviera a lomos de su burro al caer la noche.

¿Y cuál era el sistema económico de la España de aquellos años? Pues una Economía de subsistencia, el mismo que hay ahora en gran parte del mundo. ¿Eran más felices ellos que nosotros? Él afirma que era muy feliz, siempre que no pasara necesidad. Entonces, ¿el capitalismo ha traído la infelicidad? Tampoco es eso: ¿cuántos niños morían?, ¿cuántas miserias se pasaron?, ¿cuánta incultura? Eran felices a su manera, pero no podemos compararnos. Sin embargo, no puedo evitar plantearme muchas cosas cada vez que entro en esa casita.

9 comentarios:

Alejandro Muñoz dijo...

En esa casita se sigue derrochando cariño. Tengo fotos preciosas de mi hija allí con las gallinas, los chivitos, etc.

Al padre de tu amiga le pasa como a los indios de Lapierre. Son felices con lo poco que tienen y, además, lo comparten.

Entrañable entrada, José MIguel.

Máster en Nubes dijo...

Está claro que se puede ser feliz con poco. Pero que tu mujer no se muera de un parto, que tus hijos tengan acceso a servicios de salud y no pasar frío en invierno creo que es importante. La miseria es dura y la gente que ha vivido en ella recuerda algunas cosas a veces con cariño y otras con espanto. Y quieren salir de ella, aunque luego se acuerden de cosas buenas. Por eso la gente emigra del campo a la ciudad, y de unos países a otros donde se vive mejor. Ya sé, una cosa es la miseria y otra la pobreza, pero no está tan claro a veces...

José Miguel Ridao dijo...

Me acuerdo de ese día, Álex. Lo pasamos como los indios.

Aurora, esto de la felicidad es tan, tan... tan subjetivo. Lo que sí es verdad es que solemos recordar las cosas buenas y olvidar las malas, como mecanismo de defensa.

Dos abrazos.

Liliana G. dijo...

¡Cuánta verdad José Miguel! Mi padre me contaba de su niñez con igual amor. Mi abuelo era sereno en un molino harinero y pocas cosas tenían, pero las que tenían las disfrutaban. A su manera eran felices.
Cada tiempo pasado o presente, contiene la felicidad que la persona aprehenda con el sentido del amor a la vida, con la particular visión que abarca lo que él quiere y necesita para ser feliz.
Quizás antes, las utopías estaban más cerca de la realidad, porque quienes las pensaban, también las traían consigo sin tanto planteamiento.

Besos, José Miguel.

José María JURADO dijo...

Antígona dijo que había nacido para el amor, y yo creo que todos nacemos para la felicidad.

Esa felicidad ha de construirse sobre los cimientos del alma y eso no hay dinero que lo compre.

El problema en estos casos es la infelicidad retrospectiva de las personas resentidas, pero ¡también nacen así, no lo tienen fácil tampoco!

marisa dijo...

Yo creo querido amigo, que tal vez todo esté en el "justo medio" que predicaban los ilustrados. Ni la miseria que nos cosifica y nos degrada, ni una abundancia que roce lo esperpéntico y lo insultante.No hace falta vivir entre cloacas ni nadar en oro.Yo prefiero tener un poco menos si es por el bien común ( siempre y cuando no me tomen el pelo, claro:))Creo en el bien común y en el progreso social, y en el bienestar mínimo que debe tener todo ciudadano para poder ponerse a buscar la felicidad donde buenamente quiera.Me gusta ese concepto ilustrado y humanista que reza en la primera constitución americana:todo hombre tiene derecho a ser feliz.Y todos debemos avanzar para que así sea.
Un beso

José Miguel Ridao dijo...

¡Qué palabras tan bonitas y acertadas, Liliana! Te agradezco de veras que las traigas a mi cuaderno. No lo había pensado, pero es verdad que muchas utopías son realizables. Si no las alcanzamos es porque no queremos.

Totalmente de acuerdo con lo que dices, José María. Todos hemos nacido para la felicidad. Mucho me estáis enseñando hoy...

Gracias a ti también, Marisa. Completas la lección con esa cita tan bien traída de la primera constitución norteamericana.

Un abrazo ilustradísimo.

Joaquín dijo...

Es perfecto, el relato. Los sistemas económicos (y políticos, y sociales) son contingentes. Lo necesario es poco. Ahora que estoy tecleando, se me ha venido a la cabeza el relato de Marta y María.

José Miguel Ridao dijo...

Pues también es muy oportuno ese pasaje del Evangelio, Joaquín. No creo que haya nada más importante que la felicidad. Muchos saben esta lección elemental, pero pocos la ponen en práctica. Gracias a ti también por traerlo.