lunes, 26 de septiembre de 2011

El loco de Alájar


Desde hace años merodea por la parte de Alájar un loco silencioso, inquietante y, cuando uno sigue sus pasos, digno de la mayor lástima. Lo vi por primera vez hace tiempo, en el antiguo camino de herradura que va de la aldea de Los Madroñeros a Linares de la Sierra. Lo divisé de lejos, en dirección a Linares, sucio y desastrado, con unas barbas negras que le llegaban casi hasta las rodillas. Iba yo andando solo, y me dio cierto reparo cruzarme con alguien de esas trazas. Miraba al frente con obstinación. Al pasar a mi lado le saludé, y ni siquiera se inmutó: siguió andando con la mirada fija, como si yo fuera una piedra más en el camino. Algún tiempo después lo volví a ver, esta vez en Los Madroñeros. Había ido yo caminando a esta aldea, deshabitada y perdida entre las sierras, y lo encontré frente al muro de una casa. Era mediodía en el mes de agosto, y el hombre iba vestido con una gruesa pelliza de lana. Tenía los ojos cerrados y se balanceaba rítmicamente hacia delante y hacia atrás. Parecía que llevaba mucho tiempo en ese estado. Pasé junto a él y, como era de esperar, no advirtió mi presencia. Permanecí un buen rato por allí, y cuando marché de vuelta a Alájar lo dejé en el mismo estado en que lo encontré. Preguntando en el pueblo, me contaron que vivía solo en una casa de la aldea, sin hablar con los pocos que por allí se acercaban. El día de la Virgen de la Salud, en que los antiguos habitantes acuden a rezar un rosario a la virgen y a recordar tiempos entrañables, el hombre se asomaba sin dirigirse a nadie, y los niños corrían asustados. Alguien me contó que caminaba todos los días el recorrido entre Los Madroñeros y Linares, entraba en una tienda del pueblo y compraba, no se sabe con qué dinero, yogures, de los que se alimentaba en el camino de vuelta. De hecho, el sendero estaba lleno de envases de yogur esparcidos por todos lados. Me lo volví a encontrar alguna vez de noche en la carretera que va de Linares a Alájar, llevándome un buen susto, pues de repente los faros le iluminaban inmóvil al borde del asfalto, con los ojos cerrados y ese extraño bamboleo. Al pasar de vuelta al cabo de las horas me lo encontraba exactamente en el mismo sitio y en la misma posición. Nadie sabe a ciencia cierta dónde duerme, ni cómo se alimenta, pero lo cierto es que ya sea de día, de noche, con un frío gélido, con el tórrido calor del verano o bajo la intensa lluvia que suele caer por la zona, el hombre aguanta de pie horas y horas, sin inmutarse, como si fuera una bestia pero sin heno que comer.

Este verano ha estado rondando por Alájar. Me dijeron que lo encontraron un amanecer de julio tiritando violentamente en una calle del pueblo, a pesar de ir vestido con su ropa de abrigo habitual. Alguien le dio comida, o más bien la puso a su lado, y le ofrecieron un almacén donde refugiarse y pasar las noches. Este fin de semana lo he vuelto a ver, con las mismas barbas y la misma ropa, parado en la calle en ese trance extraño, recuperando de vez en cuando la consciencia, si es que vale en este caso la expresión, y andando sin rumbo Dios sabe a dónde.

Me asombra profundamente que esta persona haya sido capaz de pasar tantos años sin hablar con nadie, y que no haya enfermado mortalmente viviendo de ese modo a la intemperie, y también me asombra que en los tiempos que corren se permita vagar por los campos a un desgraciado como éste, sin que nadie haga algo por remediar su situación, o al menos ofrecer un diagnóstico, internarlo en un hospital... algo que evite este triste espectáculo, como sacado de historias antiguas de locos de la Edad Media, un espectáculo que en cierto modo es fascinante, por lo que muestra del misterio insondable que aún vive en el alma de los hombres. Sólo en un sitio como Alájar puede aún vivir una persona así sin parecer del todo extraña. Alájar es un pueblo de leyendas, y la que hoy cuento es una más de ellas, impensable en el siglo en que estamos; triste, pero también misteriosa y extrañamente cierta.

6 comentarios:

Sombras Chinescas dijo...

La locura es una mera cuestión de estadísticas, de separarse del centro de la campana de Gaus. Seguro que él también opina que el resto no está en su cabales.

Al encontrarte a solas con él, no se puede afirmar con puridad quién es el loco.

Saludos.

Dyhego dijo...

¿Y el Loco de la Colina no lo ha entrevistado aún?
Salu2.

No cogé ventaja, ¡miarma! dijo...

Déjalo ahí Ridao, seguro que es feliz a su forma y más si no se mete con nadie.
Si lo llevas a nuestra vida, o a la que nosotros consideramos normal, seguro que lo matas y además de loco será infeliz.
Dios lo guarde y alumbre.
Un abrazo

José Miguel Ridao dijo...

Eso que dices lo he pensado muchas veces, Sombras. Siempre he creído que la locura y la cordura es cuestión de mayorías numéricas.

Si es que el tío habla menos que el Loco, Dyhego...

Así sea, Rafael, pero a mí me da que ese hombre sufre.

Abrazos, amigos.

Blimunda dijo...

A mí me da pena, aunque si me lo cruzara también me daría un poco de miedo. Y no sé valorar si sería mejor para él estar ingresado en algún centro.
Pobre hombre...

José Miguel Ridao dijo...

Tienes razón, Blimunda, igual duraría poco allí, pero impresiona verle en ese estado.