Aún siento un rescoldo de miedo cuando me pinchan para sacarme sangre, herencia de aquellos terrores infantiles de penicilina y estreptomicina con agujas esterilizadas a la llama en una especie de lata de sardinas donde el practicante vertía alcohol. Parece que lo estoy oliendo. Recuerdo con todo detalle la cara del practicante de mi barrio, canoso, adusto, con una sonrisa heladora que más que tranquilizarme me angustiaba. En una ocasión, tendría yo seis o siete años, salí huyendo despavorido escaleras abajo y me atraparon ya en la calle como a un conejo huyendo de la escopeta del cazador. También había en el barrio una practicante gorda, rubicunda, con aspecto bonachón y que siempre olía a cloroformo. Ella me resultaba aún más cruel, pues me ejecutaba igualmente pero con la sonrisa en la boca. Creo que se llamaba Loli, o Conchi, o algo así. Su cara es lo que no se me olvida. Tenía cierta amistad con mi madre, y cuando nos la encontrábamos por la calle se paraba a hablar con nosotros con gran espanto mío. Yo permanecía agazapado, receloso, y no respiraba hasta que la veía marchar ufana con sus andares de oca. Todavía tiemblo al recordar esas torturas que comenzaban cuando el médico, también amigo, también paternalista, me recetaba unas dosis de inyecciones, que se compraban en la farmacia y venían envueltas en una caja grande, casi lujosa, innumerables ampollas que prometían otros tantos gritos de dolor, alineadas como si fueran misiles que tenían como diana infalible mi pobre culito dolorido.
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Y ahora estoy aquí, en el centro de salud (no existe nombre más aséptico), aguardando a que me saquen sangre, y engaño mi miedo escribiendo en el diario.
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Los recuerdos de la infancia son de lo menos literario que existe, pero los adornamos tanto, los teñimos con una pátina de melancolía tan hermosa y entrañable, que se convierten en historias de aventuras o relatos líricos de los que somos los protagonistas.
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Panero, Gil de Biedma, Foxá... poetas marcados por la sombra fascista, por el sino político de su patria, como lo fueron Alberti, Cernuda o, de manera póstuma, Lorca y Miguel Hernández. Poesía impura por comprometida, o eso dicen quienes no los leen. Alma desnuda, como todos. Vida, amor, belleza y dolor. Poesía limpia que se mira en el espejo de Juan Ramón.
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Al escribir en el cuaderno quedan los tachones como testigo del trabajo literario; se ve el armazón del texto. En el ordenador, sin embargo, lo borrado desaparece; todo es inmaculado; se ve únicamente el resultado, como los pasteles de un obrador expuestos en el mostrador, mientras detrás de la puerta cerrada se perciben apenas los sudores exhalados en una madrugada de trabajo duro y noble.
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Ya me han pinchado, y yo aquí como un tonto contándolo en el diario. Entré con aprensión, extendí el brazo izquierdo, me palparon un rato y me dijeron que me descubriera el derecho. Nada. Consulta con la otra enfermera; parece que hoy mis venas no están precisamente rebosantes. Encuentran una pequeñita y me dicen, ante mi horror, que lo van a intentar. Trato de bromear, y les digo que anden con cuidado no vayan a ensartarme la vena. Me miran con lástima. Aprieto los dientes, cierro los ojos y el puño y siento, más que un pinchazo, una desagradable y dolorosa invasión en mi antebrazo. Esparadrapazo. Ya está. Me despido, un poco avergonzado pero contento, no de mi gallardía, sino de que todo ha terminado.
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Sí que ha cundido mi periplo vampiresco. Me alegro mucho de haber traído el cuaderno. No se hubiera perdido nada para la posteridad, así entendida como algo homérico, pero sí para mi posteridad y la de mi diario.