jueves, 31 de marzo de 2011

Apuntes (LXXXV): Un rato con los chupasangre

Aún siento un rescoldo de miedo cuando me pinchan para sacarme sangre, herencia de aquellos terrores infantiles de penicilina y estreptomicina con agujas esterilizadas a la llama en una especie de lata de sardinas donde el practicante vertía alcohol. Parece que lo estoy oliendo. Recuerdo con todo detalle la cara del practicante de mi barrio, canoso, adusto, con una sonrisa heladora que más que tranquilizarme me angustiaba. En una ocasión, tendría yo seis o siete años, salí huyendo despavorido escaleras abajo y me atraparon ya en la calle como a un conejo huyendo de la escopeta del cazador. También había en el barrio una practicante gorda, rubicunda, con aspecto bonachón y que siempre olía a cloroformo. Ella me resultaba aún más cruel, pues me ejecutaba igualmente pero con la sonrisa en la boca. Creo que se llamaba Loli, o Conchi, o algo así. Su cara es lo que no se me olvida. Tenía cierta amistad con mi madre, y cuando nos la encontrábamos por la calle se paraba a hablar con nosotros con gran espanto mío. Yo permanecía agazapado, receloso, y no respiraba hasta que la veía marchar ufana con sus andares de oca. Todavía tiemblo al recordar esas torturas que comenzaban cuando el médico, también amigo, también paternalista, me recetaba unas dosis de inyecciones, que se compraban en la farmacia y venían envueltas en una caja grande, casi lujosa, innumerables ampollas que prometían otros tantos gritos de dolor, alineadas como si fueran misiles que tenían como diana infalible mi pobre culito dolorido.

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Y ahora estoy aquí, en el centro de salud (no existe nombre más aséptico), aguardando a que me saquen sangre, y engaño mi miedo escribiendo en el diario.

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Los recuerdos de la infancia son de lo menos literario que existe, pero los adornamos tanto, los teñimos con una pátina de melancolía tan hermosa y entrañable, que se convierten en historias de aventuras o relatos líricos de los que somos los protagonistas.

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Panero, Gil de Biedma, Foxá... poetas marcados por la sombra fascista, por el sino político de su patria, como lo fueron Alberti, Cernuda o, de manera póstuma, Lorca y Miguel Hernández. Poesía impura por comprometida, o eso dicen quienes no los leen. Alma desnuda, como todos. Vida, amor, belleza y dolor. Poesía limpia que se mira en el espejo de Juan Ramón.

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Al escribir en el cuaderno quedan los tachones como testigo del trabajo literario; se ve el armazón del texto. En el ordenador, sin embargo, lo borrado desaparece; todo es inmaculado; se ve únicamente el resultado, como los pasteles de un obrador expuestos en el mostrador, mientras detrás de la puerta cerrada se perciben apenas los sudores exhalados en una madrugada de trabajo duro y noble.

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Ya me han pinchado, y yo aquí como un tonto contándolo en el diario. Entré con aprensión, extendí el brazo izquierdo, me palparon un rato y me dijeron que me descubriera el derecho. Nada. Consulta con la otra enfermera; parece que hoy mis venas no están precisamente rebosantes. Encuentran una pequeñita y me dicen, ante mi horror, que lo van a intentar. Trato de bromear, y les digo que anden con cuidado no vayan a ensartarme la vena. Me miran con lástima. Aprieto los dientes, cierro los ojos y el puño y siento, más que un pinchazo, una desagradable y dolorosa invasión en mi antebrazo. Esparadrapazo. Ya está. Me despido, un poco avergonzado pero contento, no de mi gallardía, sino de que todo ha terminado.

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Sí que ha cundido mi periplo vampiresco. Me alegro mucho de haber traído el cuaderno. No se hubiera perdido nada para la posteridad, así entendida como algo homérico, pero sí para mi posteridad y la de mi diario.

miércoles, 30 de marzo de 2011

Apuntes (LXXXIV): De neologismos


Ni duele ya, ni volverá a doler. Una continua inquietud, un desasosiego insano que carcome el ánima. Un agujero incómodo que vacía el aire y lo corrompe.


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Lluvia fina, niebla y melancolía evocan siempre la eterna letanía verleniana, como decía Sawa.

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Me gusta inventarme nuevas palabras, neologismos, para decirlo en fino, y seguro que muchos puristas pondrán peros a esta inofensiva afición, a lo que respondo: 1. Los elijo a conciencia, pensándome bien cada letra. 2. El cuaderno es mío, y hago lo que quiero. 3. Me hace ilusión.

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Si yo fuera un neologismo me sentaría como un tiro que los señores académicos me incluyeran en el diccionario de la RAE. Sería algo así como la primera vez que me hablaron de usted al ir a comprar el periódico... o mucho peor, como cuando llega el momento en que una mujer joven se levanta para cederte su asiento en el autobús.

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Nunca entenderé el interés que tiene contemplar una obra durante horas a través de la malla verde que proteje el recinto.

martes, 29 de marzo de 2011

Apocalypse Soon (no indicado para aprensivos)


La gráfica de arriba recoge el crecimiento de la población mundial en los últimos ocho mil años, una fracción muy pequeña del tiempo que llevamos habitando la Tierra, y apenas un suspiro entrecortado desde que el big hizo bang. Como se puede apreciar, hasta aproximadamente el año 1800 el crecimiento fue lentísimo. La revolución industrial lo aceleró considerablemente hasta mediados del siglo XX, pero en los últimos años el crecimiento ha sido vertiginoso, una rampa casi vertical, lo nunca visto, ni en las subidas más espectaculares de las bolsas de valores. La gráfica es impactante, y la lección que se ha aprendido al estudiar este tipo de gráficas, independientemente de lo que midan, es clara e infalible: un crecimiento de ese calibre es insostenible; todo lo que sube baja, antes o después, y si es fuerte la subida más dramática será la caída. Sería vano jugar a futurólogos, pero es claro que en relativamente pocos años vamos a asistir a un caos poblacional, que se traducirá en caídas bruscas, posibles repuntes; incluso, por qué no, en el fin de nuestra especie. El viejo Malthus tenía razón: hemos roto el orden natural con nuestra audacia técnica, con nuestro disfraz de superhombres.

No es que me haga ilusión dar estas noticias, pero la estadística no miente, aunque sea por una burda aproximación que predice el final pero no el camino. No nos debe quitar el sueño, pero tampoco sirve de nada engañarnos. No viviremos para verlo, y espero y deseo que nuestros hijos tampoco.

Nota para el optimismo: Al fin y al cabo, ¿qué diferencia hay entre el fin de nuestra raza y la muerte individual? Polvo somos, y, quién sabe, también espíritu inmortal.

This is war! - C'est la guerre!

Apuntes (LXXXIII): Ilusiones perdidas


Redacto estos apuntes directamente en el ordenador, más por pereza que por otra cosa. Fuera el agua cae con rabia, golpeando el techo del patio como si estuviera llamando para entrar en casa, en esta casa nueva que es ahora mi refugio y mi prisión, penumbra entreabierta a ese mundo amable, incierto y cruel, insensible al paso trémulo de las ilusiones perdidas.

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Hay dos tipos de personas: las que hablan mucho de sí mismas y las que escuchan a las que hablan mucho de sí mismas.

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Madame Monet sostiene el parasol envuelta en la ventisca imaginada por su esposo, mientras su hijo emerge del verdor como un querubín de mejillas sonrosadas. Posan ambos para la gloria postrera de museos congelados en su asepsia, construidos con millones de monedas de oro, incapaces de conservar el arte enterrado en el jardín de Giverny.

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Nos equivocamos al tratar de ganar a otros para nuestra causa, precisamente porque la causa es nuestra, y no de ellos.

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Resulta extraño y en cierto modo inquietante conocer en persona a aquéllos a los que se ha leído, y con los que únicamente se ha mantenido un breve contacto epistolar.


Imagen superior: Claude Monet. Mujer con sombrilla. 1875

lunes, 28 de marzo de 2011

Apuntes (LXXXII): Miedo del tiempo


El miedo te va minando por dentro; destruye tu autoestima y aniquila la felicidad. Es el sentimiento más ominoso que puede albergar un hombre, y difícil de apartar.


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Por muy tolerante que crea uno ser, siempre existe un componente visceral, un rechazo irracional a ciertas personas o instituciones. Yo diría que existe un gen de la intolerancia, que cuando se desarrolla en exceso conduce a problemas como el racismo, el fundamentalismo religioso o el anticlericalismo militante.

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El otro día Gonzalo estaba quejoso, doliéndose del brazito. Lola le cambió la venda a la hora del baño y se puso contentísimo, como si se le hubiera puesto un brazo nuevo. Los niños pequeños encuentran la felicidad primaria, ésa que nos está vedada a los adultos, que debemos inventarnos a cada instante las más extrañas formas de felicidad, generalmente caras y superficiales.

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Ignacio tiene los ojos grandes y expresivos, y sólo necesita que le escuchen y le mimen. Si lo haces, es el niño más dulce del mundo.

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La clave es disponer tú del tiempo, y no que el tiempo disponga de ti.


Imagen superior: Pablo Picasso. Guernica (detalle). 1937

domingo, 27 de marzo de 2011

Jolie de couleur


- Elle est jolie?


- Très-jolie, de couleur surtout; on dirait qu'elle se débarbouille le matin avec la palette de Watteau.


- ¿Es guapa?

- Muy guapa, sobre todo de color; se diría que se lava la cara por las mañanas con la paleta de Watteau.

Diálogo del libro Scènes de la vie de Bohème, de Henri Murger.

Imagen superior: Nymphe de Fontaine. Jean Antoine Watteau. ca. 1717-18

viernes, 25 de marzo de 2011

De sectas: Un nuevo amanecer


Está tan arraigado en España el gregarismo que somos capaces de crear una secta de adoradores de la cerveza, y no ando muy desencaminado, pues aquí en mi tierra más de uno mataría por defender a la Cruzcampo ante los ataques de cervezas foráneas, sin saber que esta marca ya no pertenece a Sevilla ni a España, y encima han puesto a dieta al pobre de Gambrinus para ponerse a tono con estos tiempos modernos en que los gorditos no son bien vistos, ni siquiera si su barriga es cervecera. Esto de las sectas tiene su miga; en primer lugar está su definición: el diccionario de la RAE decepciona en este caso, pues las identifica con una doctrina religiosa más o menos diferenciada. No creo que a un protestante, por poner sólo un ejemplo, le agrade que le digan que pertenece a una secta. La Academia no incluye en su definición el claro carácter peyorativo que tiene este término. Creo que todos sabemos de lo que estamos hablando cuando nos referimos a una secta: se considera como algo dañino, donde han "lavado el cerebro" a sus miembros, que siguen de modo automático las consignas dadas por su líder o por su doctrina, y hacen del proselitismo una de sus principales misiones, pues las sectas tienen vocación de universalidad: su doctrina es la única verdadera, y es preciso hacer salir de su error a los partidarios de otras facciones.

La mayoría de las sectas son de origen religioso; algunas de ellas derivan de una doctrina principal, como por ejemplo de la religión cristiana o musulmana, y hacen interpretaciones distintas, apartándose de la ortodoxia y creando nuevas religiones, como pueden ser los mormones o los testigos de Jehová, aunque volvemos al mismo problema terminológico: no creo que a un mormón norteamericano de los que recorren España para captar adeptos le agrade saber que su religión es considerada una secta. El mismo derecho tiene él a considerar una secta al catolicismo. También existen sectas en el seno de una religión, que tienen sus propias pautas de comportamiento sin salirse de la doctrina oficial. Se me ocurren al menos dos de ellas dentro del catolicismo, y de nuevo hay que tener mucho cuidado con el uso que se hace de la palabra, que puede ofender a sus miembros. Hace poco leía a Trapiello en uno de sus diarios cómo fue invitado a dar una conferencia a una universidad privada, y al contar su experiencia hablaba de que le recibieron los de "la secta", término impecable con el DRAE en la mano, pero con su puntito (o su puntazo) de mala leche, dada la organización de que se trataba.

Un sectario nunca reconocerá que pertenece a una secta, pues considera su doctrina como la única realmente válida. Así pues, cabe otorgar al resto de la sociedad la facultad para determinar qué organizaciones son sectas y cuáles no. Como se trata de un asunto muy espinoso, prefiero no entrar en detalles sobre las sectas que yo detecto en el panorama civil y religioso; supongo que una secta se nombra por aclamación, aunque tampoco las mayorías tienen que estar en lo cierto. Se suele decir que los miembros de una secta tienen una venda en los ojos, unas orejeras como las de los burros que sólo les hacen mirar en una dirección, sin usar el razonamiento más allá de los límites de su credo. Hay que respetarlo; no me importa cruzarme con androides programados para creer, siempre que me respeten a mí, y ahí está precisamente el problema de las sectas: el fanatismo, que en ocasiones hace uso de la violencia, como se observa en muchas sectas nacidas del islam, ahora y antiguamente, como por ejemplo la famosa secta de los Asesinos, fundada en el siglo XI.

Por supuesto, también hay sectas fuera del ámbito religioso, y algunas son de lo más curioso. Siempre según mi opinión, veo claramente una secta en los seguidores de la empresa informática Apple, que comercializa los productos Macintosh. Son una legión en aumento, que hace cola días antes de que salga al mercado la última versión del i-phone o el i-pad, y no atienden a razones cuando se les asegura que otros productos pueden ser tan buenos o mejores que los suyos. El icono de la manzanita es sagrado, y pobre del que ose vilipendiarlo. Otra secta bastante simpática es la del robot de cocina Thermomix. En este caso tienen hasta una estructura piramidal, muy típica en las sectas, de modo que se organizan reuniones de mujeres donde una de ellas hace una demostración del aparato, deslumbrando a sus amigas, que a su vez se convierten en fuentes de captación de nuevas acólitas. Ponen en marcha toda una parafernalia para adorar al dios Thermomix, con sus páginas web, foros, convivencias... no hay más que ver la portada del cuaderno que entregan con la compra del aparato, en la imagen superior: una Thermomix flotando en un cielo anaranjado, como el sol que todo lo alumbra en ese "nuevo amanecer" que experimentarán las afortunadas compradoras.

Existen muchas más sectas de este tipo, aparentemente inofensivas, pero que condicionan nuestra vida más de lo que creemos. Yo animo desde aquí a que me digáis algunas más, a ver si entre todos podemos construir un diccionario de sectas, al que daremos un carácter anónimo, para evitar ataques de los fanáticos.

jueves, 24 de marzo de 2011

Apuntes (LXXXI): Desorden en el diario


Hay personas que están tan centradas en sí mismas, en su valía, en su originalidad e independencia, que necesitan imperiosamente a los demás.


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El desorden es objetivamente malo para el ser humano, por mucho que digan los desordenados para autoengañarse. La paz interior que proporciona una mesa de trabajo despejada, una cama bien hecha y un cuarto bien arreglado proporciona unos beneficios inestimables; incluso diría que favorecen la consecución de la madurez. Yo reconozco que soy un auténtico desastre, pero últimamente, tras mucho reflexionar he descubierto las dos recetas mágicas para lograr el orden: 1. Buscar un sitio para cada cosa; 2. Procurar colocar cada cosa en su sitio en el mismo momento en que la dejamos de usar. Ya sólo me queda poner en práctica mi remedio; no creo que sea tan difícil, con un poco de disciplina -¿dónde venderán ese mejunje-?

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Dentro de poco no habrá en casa pañales, ni chupetes, ni carritos, ni cambiadores. Seguro que somos tan tontos que echaremos de menos todos esos chismes.

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No me cuesta agarrarme a un argumento para escribir, o más bien ponerme a escribir y ver cómo el argumento se va desplegando milagrosamente por delante de mi pluma, y alcanzo pronto velocidad de crucero relatando historias y dando vida a personajes. Sin embargo, casi nunca lo hago; prefiero centrarme en este diario incierto que avanza a trompicones sin rumbo, sin principio, sin final.

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Mi diccionario andurrialero ha recibido una visita desde Islandia. Voy a tener que emular a Arias Montano, y hacer una biblia políglota pagana y andurrialense.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Trapielleando

Llevo un tiempo metiéndome mucho con Trapiello, pero en realidad es de boquilla; estoy enganchado a sus diarios, que escribe con un estilo desenfadado y muchas veces cáustico. Casi siempre habla de su relación con la literatura, con editores, con otros autores... (¿de qué iba a escribir si no, él que confiesa trabajar dieciséis horas diarias?). No deja títere con cabeza. Aunque de vez en cuando hay palabras amables para algunos de los que se cruzan en su camino, casi siempre les dedica párrafos cargados de veneno. Me pregunto qué sentirán los retratados cuando lean el diario, unos años después del suceso que se relata. Algunos son encuentros muy esporádicos, por ejemplo con el propietario de un negocio que no le trató con la consideración debida a su plebeya excelsitud, con el señor de Baeza que ha consagrado su vida a reproducir a escala pétrea los monumentos de su ciudad o con unos operarios municipales a los que ofreció sin éxito diez mil pesetas si trepaban a un árbol para cortarle una flor de magnolio (también habla de que su quehacer literario es "pobrete", por lo que a uno le sorprende tamaña magnanimidad). Uno piensa que a más de uno le entrarán ganas de estrangularle, por muchas iniciales que ponga para camuflar sus víctimas, porque ésa es otra, utiliza unas letras supuestamente misteriosas y después da pelos y señales del retratado. Por ejemplo, pone a parir sin piedad a un tal O.P., dice que es mejicano, que recibió el Nobel y que ha creado un estilo octaviopacístico. Y así con muchos personajes, a los que somete a tortura diarística con efectos retardados, recreándose no sólo en sus defectos literarios, sino también cebándose en detalles personales como lo gordos que están o el dinero que gastan en antidepresivos. Uno, qué quieren que les diga, se lo pasa pipa leyendo estas lindezas, y tratando de adivinar, wikipedia en mano, quién se esconde detrás de cada inicial, eso sí, todo con un estilo impecable (dejando aparte la abundancia de unos), pero también siente uno cierta tristeza ante el muestrario de miserias desplegado, que confirma la podredumbre del gremio de los que enarbolan la pluma, los que critican a los plumíferos y los que consagran sus dineros a revestir de celulosa las ocurrencias del personal. Y uno tiene la certidumbre de que el autor de estos diarios no es ajeno, ni mucho menos, a tanta purulencia. Ante este panorama, uno no siente demasiados remordimientos al dedicar al ínclito escritor leonés estas humildes entradas, fruto (y no es coña) de la admiración de uno por su obra.

Setas indigestas


Por si alguien no lo sabe, en Sevilla están terminando de instalar una especie de setas mastodónticas y ultramodernas en pleno centro histórico, junto a edificios centenarios. Esto podría ser más o menos discutible, con un debate entre los mal llamados vanguardistas y los bien llamados rancios sevillanos, pero cuando conocemos el coste de los puñeteros honguitos, con un presupuesto inicial de cincuenta millones de euros que se ha multiplicado por dos por arte de birlibirloque ("imprevistos", le llaman nuestros amados políticos municipales), hasta la bonita cifra de cien millones de leuritos, ya no hay debate que valga. No hay más que comparar el pretendido "valor añadido" de esta obra para la ciudad con su coste de construcción más el de mantenimiento de tamaño engendro, que como es tan moderno requerirá unos cuidados propios de cirujanos plásticos. A todo esto hay que sumar la lamentable situación de muchos servicios públicos indispensables para los ciudadanos, así como el creciente desempleo causado por la crisis. Las setas de la Encarnación no son otra cosa que un monumento a la obscenidad, a la incompetencia y a la impunidad de unos mandamases públicos que gastan el dinero de los sevillanos en algo que sólo beneficia a la empresa constructora y al ultralaureado arquitecto alemán que las diseñó, que el pobrecito no tiene para comer.

P.S. Digo yo que alguien se llevará algún regalo calentito (y no churros, precisamente), pues son muchas manos las que se encargan de contratar tantos detalles de una obra como ésta. Con el manejo de cien millones de euros habrá algunos leaks, que goterán lentamente en las relucientes calvas de los munícipes. Que baje Julian Assange y lo vea.


P.P.S. Se me olvidaba: los políticos están gastándose un pastón en turnos dobles y horas extraordinarias para inaugurar las setas justo el día que marca como límite la ley electoral. Eso sí, después continuarán las obras durante al menos tres meses.

martes, 22 de marzo de 2011

Apuntes (LXXX): ¿Crisis?



Me resultan graciosas, por lo patéticas, las declaraciones de mucha gente famosa y adinerada, del tipo de "... En estos tiempos duros de crisis nos toca apretarnos el cinturón", como si la crisis fuera con ellos. Y cuando esta declaración la hacen los gerifaltes de la confederación de empresarios españoles desde sus butacones de cuero y fumándose un veguero ya es que me mondo. Y cuando es Emilio Botín quien lo dice, que lo hace mucho, me da tal ataque de risa que temo por mi vida.

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Cuando un religioso comete un delito que atenta contra la ética más cercana a su credo, como por ejemplo una comunidad de monjas que atesora cientos de miles de euros debajo de una losa del patio de la clausura (el delito es presunto y doble: manejo de dinero negro -se atenta contra la ley- y atesoramiento -se atenta contra la ética cristiana-), se le señala con el dedo mucho más que si se tratara de un delincuente común, lo que por lo general levanta airadas protestas entre los fieles de esa religión. Una reacción lógica, la primera, y poco justificable, la segunda.

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El libro de Murger Scènes de la vie de Bohème es ameno y, a ratos, ingenioso. No parece escrito hace casi doscientos años. Su lenguaje es actual y las situaciones que narra podrían darse hoy en día, salvando las diferencias en las costumbres. Lo mismo sucede, ahora que lo pienso, con el Lazarillo de Tormes. Y es que la picaresca es inmutable e inmortal.

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No recuerdo la última vez que reí a carcajadas.

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Ayer por la mañana, amago de tragedia. Gonzalo dio un manotazo a la cafetera grande recién hecha y le cayó encima todo el café hirviente, gracias a Dios no en la cara, sino en el brazo. Salimos corriendo hacia el hospital, y la quemadura, como sospechábamos, era importante. Le curaron, y el pobrecito no se quejó en todo el tiempo. A mí se me cortó el cuerpo viendo su bracito en carne viva y las ampollas en la mano. Habrá que hacerle sus curas y no dejar que le dé el sol en el brazo durante un año. Doy gracias; podía haber sido peor.

lunes, 21 de marzo de 2011

Un calvo


Aprovechando que hablaba ayer de la calvicie, quiero dejar hoy un calvo bien grande al que me lea y se dé por aludido. Me explico: pocas cosas me molestan en este mundo, y ésta que cuento no es la mayor, pero sí curiosa y hasta divertida. Se trata de que por muchas cosas que uno haga, siempre me consideran un principiante, y soy contemplado con desdén, con las narices apuntando hacia arriba, por las glorias nacionales que cultivan las artes que yo oso atacar. Uno se considera una persona polifacética, no como Trapiello, que sólo sabe escribir, y esa pretendida virtud juega en cierto modo en mi contra, pues no me he dedicado a fondo a ninguna actividad. Así, por ejemplo, en mi faceta profesional de economista tengo buen expediente académico, saqué las oposiciones de instituto y también trabajo como profesor asociado de universidad. Además, tengo publicados varios libros de texto y divulgativos (como verán, aprovecho para tirarme un buen pegote). Pues bien, todo ello no me otorga mucho prestigio: mis colegas universitarios me ningunean por ser profesor de instituto, y los escritores sobre temas de Economía, bien en el ámbito académico o el profesional, miran con displicencia mis publicaciones, por estar dirigidas a principiantes. Otro ejemplo: hace unos quince años ingresé en un coro polifónico y, gracias a mi afición por la música, aprendí rápido y tomé clases de canto. Al año de comenzar llegué a cantar en dos ocasiones con el coro del Teatro de la Maestranza de Sevilla, una de ellas la maravillosa Sinfonía nº 2 de Mahler, Auferstehung. También acudí dos veranos consecutivos a un curso especializado en música antigua en la ciudad de Daroca (para este último párrafo se puede aplicar aquello del Pisuerga y Valladolid y tal...). El ambiente en esos cursos era irrespirable; estaba rodeado de bachitos, haendelitos y palestrinitos, que además de componer tocaban todos la viola da gamba, el sacabuche, el corneto y la trompeta de sus muertos renacentistas. Ni me miraban a la cara, los tíos. Continuando mi periplo artístico, me dio hace poco por escribir, pero no de Economía, sino mariconadas literarias como poemas y prositas anenazadas, para lo que me abrí este blog, y sois todos testigos. Bueno, pues aunque no me lo dicen, los escritores "de verdad", y la verdad en literatura está hecha de celulosa, me tienen por un arribista, y yo les diría que sí, que bien arriba he llegado. ¿Pero qué se habrá creído éste, que empezó a escribir antes de ayer? ¡Y tiene la desfachatez de llevar un diario infulado! ¡Y se inventa palabras, como infulado! ¡Y cita a Pessoa! A mí, por decirlo finamente, todo esto mayormente me la súa, pero no deja de ser curioso como fenómeno costumbrista, como testimonio del carácter del artista celtíbero, agarrado al terruño, practicante del nacionalismo literario más galopante, por detrás y por delante (es lo que tiene ser poeta...).

Podría poner más ejemplos de actividades que he acometido con entusiasmo para toparme con las miradas furibundas de sus maestros: ajedrez (los ajedrecistas son para darles de comer aparte, un día escribiré una entrada), tenis, y algunas más que se han perdido en mi memoria de aficionado. Hoy quiero dedicar a todos estos monstruos de sabiduría, a estos cancerberos del Parnaso, un pedazo de calvo, y como me da vergüenza hacerme una foto le cedo el placer a Bart Simpson, uno de mis héroes más admirados.

domingo, 20 de marzo de 2011

Apuntes (LXXIX): Calvicie trascendente


Decididamente, nacemos con el chip que valora la importancia de las cosas totalmente desconfigurado de fábrica. Se le estropea a uno el coche y se nos viene el mundo abajo; se viene el mundo abajo de verdad y nos apresuramos a coger sitio frente al televisor con un paquete gigante de palomitas.


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Claro que todo eso tiene una explicación muy sencilla: la intensidad con que nos afecta un suceso es directamente proporcional a su cercanía a nosotros, e independiente a su importancia objetiva. Así está el chip, así nos luce el pelo, así va el mundo.

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Y hablando de pelos lucientes e importancias relativas, nunca he entendido esa obsesión de los humanos por el pelo; debe de ser una especie de fuerza ancestral que nos hace desear volver a nuestros orígenes simiescos. Yo, que no me caracterizo precisamente por lucir lanas, tan sólo le veo ventajas a mi escasez capilar. Ya de por sí tengo poco pelo, pero hago todo lo posible por llevarlo muy corto. Me ahorro varios minutos al día en peinarme; también tardo menos en la ducha lavándome la cabeza, además del consiguiente ahorro en champú; los piojos huyen despavoridos ante el panorama desolado de mi cráneo; las sábanas amanecen libres de esos molestos pelillos que no salen ni con un centrifugado ultrarrápido; no padezco depresiones por unas entradas de más o de menos, como tantos adonis y apolos de pacotilla; me evito el trance ridículo de dejarme un manojo de pelánganos a un lado y pasarlos airosamente hacia el otro a la manera anasagástica; y, lo mejor de todo, mi autoestima sube una barbaridad al ver a tanta gente agobiada por su pelo, cuando a mí me importa un pimiento; me hago la ilusión de que yo soy más listo que ellos.

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Y, después de todo, al final tos calvos...

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Escribo apuntes intrascendentes tratando de engañar mi sentido trascendente de la vida, del que no puedo escapar aunque emplee toda la ironía del mundo y vuelva las cosas del revés. El mejor antídoto contra el existencialismo no es el humor, sino la risa espontánea, pero esa medicina no se receta, ni se compra en ningún sitio.

sábado, 19 de marzo de 2011

Augen


Nunca oí una palabra de su boca. Ella sólo me miraba con esos ojos del color de la miel, y yo no podía apartar la mirada. Trataba de huir, buscaba el cielo, las montañas, los pájaros que revoloteaban por encima de nuestras cabezas, pero siempre volvía a esos dos agujeros negros que me querían tragar. Yo le hablaba mucho, le decía que me contara cosas de su vida, que me dijera al menos su nombre, que ni siquiera eso sabía después de tanto tiempo como pasábamos juntos, y sus ojos eran los que me respondían, cambiando ligeramente la tonalidad, del oro al verde pasando por todos los matices que pueden salir de la paleta de un artista celestial, y también me hablaba con el brillo de sus pupilas, que se encendían y apagaban con una velocidad asombrosa, y despedían chiribitas que me hacían cosquillas en los labios. Un día me la encontré llorando, y cuando le alcé la cara por ver qué le pasaba, la pena de su mirada me atravesó el corazón como si fuera un puñal afilado y hermoso. A la mañana siguiente ya no estaba allí, y la busque en vano por la casa, por el pueblo, por los montes. Nadie la había visto. Ya no la busco, sé que es inútil, ella es invisible como un hada. Sueño con sus ojos todas las noches, y por la mañana lloro como un niño al recordar su ausencia.

viernes, 18 de marzo de 2011

Apuntes (LXXVIII): Novillos mercuriales



Hace ya mucho tiempo que me entero de las noticias por los periódicos digitales. El otro día cogí con ganas en una cafetería un periódico de papel para leerlo a conciencia, y disfruté realmente de su lectura, a pesar de que cuando llegué a las páginas deportivas me di cuenta de que se trataba de un ejemplar del día anterior .

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Lo de las musas y la inspiración es verdad, pero si hay que escribir un poema, se escribe.

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La modestia sólo es falsa cuando la exhibe un necio.

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Leyendo a Trapiello ayer por la noche he asistido a las riñas de gallos entre escritores y críticos que tienen lugar en el ruedo patrio. Se despliega todo un muestrario de puñaladas traperas, ofensas, egoístas insufribles, ajustes de cuentas y cuitas patéticas que ocupan buena parte del tiempo de los escritores, incluido el antes citado. Mucho predicar que el arte está por encima de las miserias humanas para caer en el mismo defecto que se critica. No es un asunto nuevo, desde luego; no hay más que recordar a Quevedo y a Góngora, pero no por ello deja de ser lamentable que se malgaste de ese modo el talento. Está visto que el gusano de la vanidad contamina a las mentes más preclaras. Por mi parte, me agrada leer a los escritores que están por encima del bien y del mal o, al menos, que se toman con humor los inevitables ataques de los envidiosos. Es un espejo donde me gusta mirarme.

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Ayer no acudí a la tertulia de los Mercuriales y hasta siento remordimientos. Sentía por la noche un extraño cosquilleo en el estómago, como si alguien se estuviera acordando de mí para bien o para mal. Ha habido buenos momentos esta semana en el chat que formamos en el correo electrónico, y me hubiera gustado reírme en compañía.

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El tema propuesto para la tertulia de ayer era el humor en la literatura, y la causa de que éste tuviera mala fama y fuera algunas veces denostado. Yo tengo mi teoría al respecto: el sentido del humor es una virtud escasa, y los críticos literarios no suelen estar adornados por ella. Es sabido que los hombres poco inteligentes desprecian los dones que ellos no poseen, luego es frecuente encontrar críticas adversas sobre libros inteligentes escritos con sentido del humor, a los que tachan de frívolos e intrascendentes. Yo mismo he sufrido una crítica de estas características a mi libro Blogueína en una revista de prestigio, donde se hablaba de la "sal gorda" que vierto en mis páginas del blog. Se presta especial atención a las entradas donde me río hasta de mi sombra usando a veces un lenguaje soez, pasando por alto otras entradas reflexivas de contenido profundo. He comprobado que si uno (¡hola, Trapiello!) escribe de forma desenfadada aparecen como fieras los eruditos intransigentes para revelarme como un escritor mediocre con injustificables concesiones a la galería. De lo que no se dan cuenta es de que no es tan sencillo escribir de esa manera sin perder (¡olé mi inmodestia!) la calidad. Ande yo caliente...