lunes, 28 de marzo de 2011

Apuntes (LXXXII): Miedo del tiempo


El miedo te va minando por dentro; destruye tu autoestima y aniquila la felicidad. Es el sentimiento más ominoso que puede albergar un hombre, y difícil de apartar.


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Por muy tolerante que crea uno ser, siempre existe un componente visceral, un rechazo irracional a ciertas personas o instituciones. Yo diría que existe un gen de la intolerancia, que cuando se desarrolla en exceso conduce a problemas como el racismo, el fundamentalismo religioso o el anticlericalismo militante.

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El otro día Gonzalo estaba quejoso, doliéndose del brazito. Lola le cambió la venda a la hora del baño y se puso contentísimo, como si se le hubiera puesto un brazo nuevo. Los niños pequeños encuentran la felicidad primaria, ésa que nos está vedada a los adultos, que debemos inventarnos a cada instante las más extrañas formas de felicidad, generalmente caras y superficiales.

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Ignacio tiene los ojos grandes y expresivos, y sólo necesita que le escuchen y le mimen. Si lo haces, es el niño más dulce del mundo.

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La clave es disponer tú del tiempo, y no que el tiempo disponga de ti.


Imagen superior: Pablo Picasso. Guernica (detalle). 1937

6 comentarios:

Liliana G. dijo...

Es que el miedo, racional, es un herramienta de supervivencia, José Miguel, si no lo tuviéramos, allí estaríamos enfrentando a algún tigre de Bengala o saltando un precipicio por deporte. Todo en su justa medida, claro.

También es lógico que no toleremos a todos, como tampoco podríamos amar a todos y así hasta el infinito. Pero si hablamos de discriminación, fundamentalismo y fanatismo, ya estaríamos hablando de trastornos de la personalidad, faltaría más.

Tus hijos son un prodigio, Ridao, ¿hay algo en estado más puro que un niño?

Del tiempo no opino porque salgo trasquilada...

Besos porteños.

P.S.: ¿Sacerdotisa y sacerdotiso? Bueno... ¡pero sin sacrificios humanos!

J.M.F.R dijo...

El miedo y el tiempo.
Ambos se complementan.
Cada uno genera al otro y lo alimenta, en un vórtice cada vez más asfixiante y alienador.
Ambos no son más que escenarios de cartón-piedra.
Ambos son humo.

Un abrazo, tocayo

Teresa, la de la ventana dijo...

Es cierto que el miedo es lo peor. Hasta lo más duro es soportable si no te atenaza el miedo.

Creo que, en parte, por esa razón los niños saben ser felices con tanta facilidad. Porque no tienen miedo. Os tienen a vosotros, a los padres todopoderosos, para ocuparos de cualquier cosa mala, y están tranquilos. Por eso es algo que se queda en el camino. Porque crecemos. Y los padres se humanizan. Y conocemos el miedo. Y el miedo termina siendo sólo nuestro.

José Miguel Ridao dijo...

Sí, Liliana, pero lo malo es el miedo persistente, ése que te envuelve como una sábana. En lo de la tolerancia lo has clavado. Y gracias por lo de mis niños. Te desposeo del título de sacerdotisa, y te asigno el de poetisa.

Hola, tocayo. Mejor que sean humo, y no niebla, aunque me temo que eso no se puede elegir.

Está muy bien visto lo de los niños, Teresa, y cuando tienen miedo les dura muy poco, como en las pesadillas. Me da miedo eso de que el miedo sea sólo mío.

Abrazos.

Mery dijo...

Te leo y me viene que ni pintado por una experiencia que acabo de tener hace unos días. Hay personas que deberían tener presentes entradas como ésta (ojalá te leyeran)

Me encanta ver la vida en los ojos infantiles. Quizás por esa felicidad de la que hablas.

Un abrazo

José Miguel Ridao dijo...

Qué curioso, Mery. A mí me gusta que me lean. No sé, es lo que me hace seguir escribiendo. Vanidad, quizá...

Un beso.