lunes, 14 de marzo de 2011

Apuntes (LXXIV): Antonio Azorín y el milagro japonés



Escribo en una cafetería llamada Neyda, en la calle Japón, urbanización Nueva Heliópolis, barrio de Sevilla Este. No hay un solo nombre auténtico en esta nómina desarraigada y triste. Lo que antes era bosque, campo o huerta es ahora refugio de exiliados, morada de hombres sin memoria.

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El drama se reproduce. The show must go on.

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Hace escasamente setenta años Japón era un pueblo vilipendiado por todas las naciones del mundo. Una potencia beligerante, que buscaba en los pueblos vecinos los recursos naturales de los que carecía, y no dudó en someter por las armas a cuantos se resistían a su avance imperialista. En unos meses se cumplirá el septuagésimo aniversario de su acción más audaz, el ataque por sorpresa a la poderosa flota norteamericana del Pacífico en Pearl Harbor. Unió sus destinos al demonio nazi y le sobrevivió en unos meses, pero sufrió un castigo mucho más cruel: Hiroshima es desde entonces sinónimo del horror y del apocalipsis llevado de la mano del hombre, y en la bahía de Nagasaki, escenario de los amores desgraciados de Butterfly y tocada por el genio de Puccini, enmudecieron los pájaros al unísono, y reinó el silencio más atroz. Pocos años después de la hecatombe el pueblo japonés renació de sus cenizas, apretó los dientes, olvidó a sus héroes negros de la guerra y volvió la mirada a occidente, para imitar su prosperidad capitalista. También los haijin renacieron, y las geishas volvieron a cultivar la ceremonia del té. Todo eso se logró unos años después del horror de los hombres. ¿Qué no se conseguirá tras el castigo de la naturaleza?

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Azorín es un autor injustamente olvidado. Su estilo preciosista es atrayente, a pesar de lo pretendidamente aburrido de su lectura. Hay escritores de los que se aprende y, sobre todo, se disfruta más por la forma que por el fondo. Es cierto que en sus obras no "pasa" nada, pero en la auténtica literatura no tienen por qué suceder muchas cosas; es suficiente con que se transmita belleza, y Azorín lo consigue en un grado elevado. Su prosa es rica y asombrosamente descriptiva; rezuma sabiduría y humanidad. Acabo de terminar la lectura de Antonio Azorín; Castilla será la próxima estación.

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Últimamente estoy notando un cambio al escribir, y es que busco en cada momento la palabra justa, como si fuera la pieza de un puzle. Esto me ocurre desde hace unos meses, pero se ha acentuado al leer a Azorín. Mi compañero mercurial José Manuel Gómez, que propuso hablar de este autor en la última tertulia, cuenta que en una ocasión preguntaron al maestro cómo podía escribir con tanta perfección, y él respondió que era sencillo: poniendo una palabra después de otra.

3 comentarios:

Julio dijo...

Y otra más....
Un abrazo, Ridao. Llevas razón, tu prosa cada vez es más fina (sin mariconeo)

Aurora Pimentel Igea dijo...

No hay más que ver las imágenes y oír qué está pasando tras la tragedia, JM: ni un acto de saqueo o pillaje en todo Japón. Admirables, otro milagro.

José Miguel Ridao dijo...

Muchas gracias, Julio, eres un amigo.

Yo también estoy admirado, Aurora. ¡Y cómo estaban preparados de antemano! Claro es que nosotros somos el pueblo de la improvisación, y nos choca más.

Abrazos.